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Durante muchos años, miles de seres sobrenaturales fueron cazados hasta la extinción. Hoy, existe un "rayo de esperanza", situado en alguna zona de japón llamado "Éadrom", donde es posible la convivencia entre seres sobrenaturales y humanos. Cubierta por un manto de protección, la también llamada "Ciudad de la Luz" sirve de hogar para muchos que aún lo creen posible, otorgándole educación a las jóvenes promesas sin importar su raza en uno de los institutos más grandes de todo Japón: el Instituto Takemori.
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Lady Heid sonreía como nunca antes. Cruzó las piernas envueltas de largas y finas medias negras mientras su vestido de color rojo adornaba su escultural cuerpo. Ya no podía recordar la vez que había estado tan animada desde la segunda guerra mundial, era como una niña en una dulceria, solo que no eran precisamente dulces lo que estaba a punto de comprar.

Entonces ¿Cree que con eso sea suficiente?— Preguntó sin ningun tipo de miramientos. Generalmente las personas solían disimular o se ponían minimamente nerviosas cuando sobornaban a alguien. Ella estaba más allá de todo eso.

El hombre frente a ella parecía derretirse sobre su propio asiento. No importaba cuanto aflojase el nudo de su corbata, se sentía tan tenso cual condenado a la horca. Miró el portafolio que había abierto frente a él , sobre el escritorio. Un orfanato no manejaba tanto dinero... Aunque lo más probable es que nadie en la ciudad manejase tanto dinero como el que estaba viendo ahora.  Volvió a tirar del nudo de la corbata.

—Bueno...— tartamudeó pateticamente para luego llevarse el vaso de agua a la boca por enésima vez, cuando se dio cuenta de que estaba vacío lo dejó nerviosamente sobre el escritorio— Nosotros...no hacemos ese tipo de...

Lo que usted haga me tiene sin cuidado, señor...— se dio cuenta de que ni siquiera había preguntado el nombre de la otra persona. Tampoco es que le interesara— Mire, sus motivos y su orfanato no me interesan en lo más mínimo, asi como lo que haga con el dinero que le ofrezco. Solo deme lo que quiero y yo le doy algo que sé que quiere. Todos salimos ganando. Así funciona el mundo.

Claro que así funcionaba el mundo. Era la ley del más fuerte, la voluntad de los poderosos, un despliegue de poder más allá de lo que un director de orfanato podría siquiera soñar. No se trataba de algo ilegal, la ley solo se impone a aquellos que no pueden pagarla y para Lady Heid la linea de lo legal y lo ilegal habían perdido su significado hace tiempo.

—Es que... —dijo el director, dignandose a hablar—La adopción lleva muchos papeleos, en especial en esta ciudad. Vay muchas trabas judiciales que...

Bueno, eso podría haberlo dicho antes— chasqueó los dedos y una de las sirvientas que la acompañaba dejó otro maletín, tan grande y lleno como el anterior— Calculo que con eso será más que suficiente para que los tramites se hagan...de inmediato.

Una hora despues, los papeles que decían que el joven Elias Roth era hijo adoptivo de Gullveig Heid estaban totalmente firmados y sellados. Las visitas de inspección a domicilio se habían hecho misteriosamente satisfactorias, papeles legales totalmente sellados y chequeados con sus respectivas copias, meses y meses de burocracia se habían resumido a unos pocos minutos, la psicóloga tampoco fue problema, pues tenía muchos menos escrúpulos que el director y se conformó con una ínfima parte del dinero. Bendita codicia.

Gullveig se encontraba en el asiento trasero de su auto marca Bugatti, aguardando a que el muchacho que hace un dia había intentado robarle, y que ahora acababa de adoptar, saliese por las decrepitas puertas de ese humilde y ruinoso orfanato. No era cuestión de bondad o caridad, tales cosas no le importaban en lo más mínimo a la famosa Lady Heid, solo satisfacer un delicioso capricho que se había vuelto una especie de obsesión: Adueñarse del niño que se había atrevido a robarle a un demonio.

Se encontró preguntándose en como deberia comportarse cuando lo viese. Ahora Lady Heid, la dueña del monopolio de ropa, entretenimiento y de una fortuna que haría sonrojar a todo Dubai acababa de ser madre de un pobre ladronzuelo. La cosa no podia ponerse mejor. Ya podía hacerle honor a su raza. Gullveig era lo que muchos expertos llamaban un demonio madre. Es decir un demonio femenino tan antiguo que estaba más allá de toda medición humana. Era imposible calcular su edad, no tanto por su cantidad, sino por su concepción misma. Gullveig era tan antigua que el calendario actual ni siquiera había sido pensado, la forma de medir los soles y las lunas que cuantificaban su existencia se habían perdido con el paso de los milenios, sin embargo, cuando la puerta del orfanato se abrió y la demonio pudo ver su mercancía acercándose al vehículo el tiempo se detuvo para ella.

Hola, mi amor— dijo cuando la puerta se abrió para recibir al niño. Gullveig estaba vestida lo más despampanante posible. Con su vestido rojo de amplio escote, sus largas medias y un cuerpo de infarto—. Acercate y dale un beso a mami.

Sonrió con malicia. Había pedido estrictamente que el muchacho no supiese quien lo iba adoptar. Le gustaban las sorpresas. Cuando estuvo el muchacho subió al auto y se sentó a su lado, no pudo reprimir el impulso de acariciar su cabello hasta su mejilla. Era como un gatito, de ojos profundos y serios, pero a la vez tan envueltos de misterio y encanto.

Cuando lo tuvo en manos recordó como el chico había intentado robarle mientras visitaba el centro comercial. Algunas veces dejaba el auto para caminar sola por esos lugares casi como cualquier ciudadano. Era su forma de salirse de su papel de millonaria por un rato. Y eso lo hacía más delicioso aún pues cuando le había capturado luego de que intentase robarle, ella estaba aún vestida como una ciudadana. Menuda sorpresa se llevaría al saber que ahora era hijo de una de las mujeres más poderosas de la ciudad.

No te preocupes, no tendrás necesidad de robar nunca más... Aunque eso no significa que no puedas hacerlo si lo deseas. Ahora me perteneces, pequeño Elias, mamá cuidara de ti...— susurró mientras acercaba sus labios a los ajenos para luego alejarlos en el ultimo segundo— Vamos, iremos a mi departamento. Bueno... A uno de ellos ¡Tenemos tanto por hacer!
Gullveig Heid
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“A nosotros jamás nos agarraron ¿Verdad?~”

   
“Verdad”                                                                                                                       “Verdad”
“Verdad~”

Sus tonos de voz burlones y chillones al unisonó, sus risas molestas de ardillas endemoniadas le hacían poco más sangrar los oídos. Llevaban así desde ese día en que, totalmente vencido, volvió al orfanato de la mano de la inquietante mujer a la que había intentado robarle en el centro comercial. ¿Podía culparlos? En aquel lugar espantoso y carente de cualquier entretenimiento, no había nada mejor que hacer y quien las hacia sin dudas las pagaba, de algún modo. En cuanto a él…Realmente había sido un estúpido al dejarse llevar por lo que allí consideraban un “juego de niños”, tan solo intento demostrar fallidamente que merecía un lugar en lo alto de esa infantil jerarquía con la que aquel grupo de niños salvajes se manejaba.  

Sentado de delante de un piano vertical que no solo le quedaba enorme, si no que también se caía a pedazos, levanto el atril que funcionaba como tapa y bruscamente aplasto las teclas descoloridas y roídas produciendo un sonido estruendoso y horrible, pero que funciono bastante bien para que se hiciera por fin el silencio una vez las cuerdas acabaran de vibrar dentro de la alta caja de madera.  Si no lo había terminado de romper con eso, aquel vetusto aparato tenía sin dudas más vidas que cualquier gato callejero. Pero por increíble que pareciese en múltiples aspectos, cuando encadeno las pocas notas de una melodía que había oído en la radio, aun en la disonante naturaleza de un objeto que no recibía el mantenimiento que merecía, sonó prácticamente precioso.  Aunque para el niño al que la música en cuestión no le gustaba, tan solo tapo un sonido desagradable con otro.

—Al menos a él lo han adoptado —Canturreo una de las niñas que había llegado al demacrado salón en compañía de su sequito, como siempre atraídas por el negado y agradable sonido.

—¿Qué demonios? ¿De donde sacaste eso? —Respondió enseguida uno de los niños abusones mientras los demás no entraban en sí de la sorpresa. Y a lo que Elias solo echaba la cabeza hacia atrás con expresión de gran disgusto. Lo que faltaba en esa jaula eran justamente esas pequeñas arpías que no sabían hacer mas que sembrar la discordia. Ese orfanato era realmente lo que parecía, un nido de ratas en pleno crecimiento…

—Lo hemos oído recién del director, se lo llevaran hoy mismo incluso ¿No es cierto, Elias? —Dijo otra de las pequeñas con cierto desdén —Robas, te pescan y encima consigues casa, eres un maldito —Dijo otro de los muchachos al pasarle por detrás a Elias y pegarle sin mucha delicadeza en la parte trasera de la cabeza.

—¿Y que si es cierto? Volveré aquí en una semana o dos como la ultima vez, si te preocupa el que vayas a extrañarme, tarado... —Respondió entonces de muy mala gana quien se había mantenido en silencio hasta ese momento. No era del tipo de niño que se hacía querer, y tal cual se los dijo; era probable que aquella familia de ingenuos lo devolviera al orfanato al cabo de un tiempo. Los niños ante el tono de voz de la contestación contraria, ofendidos y ciertamente tristes de la suerte ajena, lo abandonaron de uno en uno en el momento en que uno de los adultos les interrumpió para enviar a Elias a buscar las pocas pertenencias que tenia para poder marcharse. Si, no existía la amistad como tal, pero llevaban mucho tiempo teniéndose únicamente los unos a los otros. Al menos, Elias estaba completamente seguro de que volvería para bien o para mal.

Hasta que cruzo la puerta del orfanato y la vio asomarse del auto que de tan lujoso podría haberlo dejado ciego, sonriente como si estuviese allí para comérselo en venganza…

—Estas de broma… —Ahora era él quien no podía creer lo que tenia delante de sus ojos.  Ni ingenua familia, ni mucho menos…quien le había adoptado era para su sorpresa la misma mujer a la que había intentado robarle ese día… ¿la misma? Tenia que ser definitivamente una broma, desde el auto que la llevaba, hasta sus ropas…y como él después de todo no era mas que un crio, inevitablemente acabo por sonrojar la tez bronceada de sus mejillas luego de mirarle quizá demasiado. No era para nada una madre convencional como las que había visto desfilar por el orfanato en el tiempo que estuvo allí —Hm…olvídalo, yo no hare nada de eso —Respondió impertinente ante las palabras de la mujer que ni dulce le sonaban, sino más bien a que se estaba burlando de él dentro de aquel disfrute por un plan diabólico salido a la perfección.  

Elias, a mala cara y cargando en sus cosas en una mochila, le dio vuelta el rostro y rodeo el auto para subirse por el lado contrario. No le quedaba de otra tampoco, más que quizá aceptar de momento el ¿castigo? por haberse metido con la persona equivocada.

Se mostro arisco ante la caricia que aquella mujer le dio y aún más ante la osadía que cometió de acerarse tanto. Con el ceño fruncido al igual que sus labios, cruzo los brazos por sobre la mochila que había acomodado en su regazo y se recargo en la puerta del coche para ver vagamente por la ventana —No necesito que cuiden de mí, y eso…—En cuanto al robo —Solo era un juego estúpido…y recuerdo haberle pedido disculpas ya, señora... —Se limitó a responder de modo que le faltaba tan solo gruñir cual animal desconfiado e irritado por pura incertidumbre, y es que…vaya mujer más rara, adoptando y pretendiendo encariñarse con el niño que intento robarle. Eso ya no le daba mucha confianza al chico…
Elias Roth
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Le enterneció el hecho de que el niño pensase que quería aprovecharse de él. En realidad… Si, quería hacerlo, pero no de la forma en el que el niño creía. No podía importarle menos si le gustaba robar o no. Pero era mejor así, era de carácter fuerte, rebelde como un gato callejero. Le gustaba, le generaba una sensación extraña que recorría su vientre, similar a mariposas.

Vaya, vaya… Con que esas tenemos— dijo mientras no podía evitar soltar una pequeña risita. La chica que hacía de chofer también soltó una pequeña risa disimulada. Una mujer de apariencia adolescente con traje negro le miraba con ojos maliciosos a través del espejo retrovisor. Su mirada recordaba a la de un can entrenado para atacar que se contenía solo por orden de su amo pero que a su vez se relamía impaciente pensando en si obedecer o no— Pon tu mirada en el camino— dijo Gullveig fríamente. La conductora cambió a una expresión totalmente calmada y obedeció de una forma que parecía poco natural. Volvió a recordar a cuando los animales obedecen una orden de forma automática.

Quizás hemos comenzado por el pie izquierdo— explicó la dama de rojo más calmadamente, aunque su expresión de deseo no había cesado en lo más mínimo. Pues, mientras hablaba, contemplaba el rostro del chico como si fuese una obra de arte— Mi verdadero nombre es Gullveig Heid, aunque me suelen llamar Lady como mote artístico. Que me conozcas o no es irrelevante realmente… Solo debes saber que tu y yo nos divertiremos de formas que serán imposibles de imaginar. Ya veras que nos llevaremos muy bien a medida que nos conozcamos.

De pronto un acelerón brusco hizo que los pasajeros cabecearan levemente.

¡Ten cuidado! — exclamó refiriéndose a la choferesa que inmediatamente obedeció cambiando bruscamente de marcha. Era como si la conductora estuviese hipnotizada o fuese una especie de máquina que obedecía sin darle contexto a la orden—. ¡Hazlo con más cuidado o te comeré! Demonios menores… eficientes, pero aún dejan bastante que desear.

No tardaron en llegar a un rascacielos de porte tan ostentoso como una catedral. La residencia estaba junto a la zona comercial, al lado del shopping más caro y visitado del centro de la ciudad. Aquella zona era un espectáculo de gente rica. Las calles estaban prolijamente asfaltadas sin la más mínima imperfección. Las personas vestían pulcras y costosamente a la moda. Al bajar del vehículo, toda una recepción de sirvientas y encargadas se acercaron a Gullveig para darle un resumen de ventas, acciones y noticias sobre los negocios que seguramente Elias no comprendería. Aunque el chico no pasó desapercibido pues todas las mujeres que se acercaban le dedicaban alguna que otra sonrisa o mirada que, a pesar de no ser condescendientes parecían estar cargadas de cierta malicia, como si sus pensamientos para con el muchacho al verlo no fuesen del todo a menos. Era como si al mirarlo pensasen en comérselo o algo parecido.

¡Basta!— Dijo Gullveig, impaciente mientras que con la mano guiaba gentilmente al niño hacia el ascensor— No quiero ser molestada, que mi secretaria se encargue a menos que sea algo relevante. Estaré en mi departamento y, Ay de todas ustedes, si se les ocurre molestarme.

—¡Si, mi lady!— dijeron todas al unisonó. Todos se comportaban tan raros.

Las puertas de elevador se cerraron. Era grande y su estructura transparente por lo que podía verse un maravilloso paisaje de la ciudad a media que subían. Ya había anochecido por lo que los faroles y las luces hicieron parte del espectáculo.

La demonio se inclinó frente al muchacho, sin darse cuenta de que su escote holgado mostraba más de lo saludablemente recomendable para un menor de edad, pero a ella no le importo en lo mas mínimo. Sin decir nada, acarició la mejilla del menor, mirándolo a los ojos para luego limpiarle con el dedo pulgar una manchita de tierra que ensuciaba su lindo rostro.

Sos tan lindo…— dijo en un susurro tan calmado y casual que pareció sincero— Pero hay que hacer algo con esta ropa gastada y roída—. Vio que en los ojos del muchacho había mucha desconfianza a lo que Gullveig sonrió de forma distinta a otras veces. Parecía… ¿Cálida? — Se que no confías en mí. No lo hagas, serías un tonto si lo hicieses… pero te prometo que nadie te lastimara nunca mas mientras estés a mi lado. Yo cuidaré de ti con todo lo que tengo ¿No es ese el deber de una madre?

Por un momento se hizo el silenció y sin darse cuenta, su rostro se había acercado demasiado al del niño. Como presa de una sensación magnética, sus labios se acercaron lentamente a los ajenos mientras sus ojos se cerraban cada vez más. Pero justo en el ultimo momento, aquel beso inminente fue a parar sobre la frente del niño. Aún no… se dijo a sí misma.

La puerta se abrió de par en par, revelando la habitación más lujosa jamás antes vista por un mortal. El mármol del piso era tan límpido que el reflejo daba una leve sensación de vértigo. Incluso el mueble más simple estaba exquisitamente tallado o esculpido, incluso la lampara más pequeña parecía valer diez veces más que el orfanato. La alfombra roja con bordados tan complejos como un cuadro renacentista, había estatuas, cuantiosas bibliotecas. Parecía un castillo más allá de las nubes, rodeado de ventanas que daban hacia la noche estrellada. Se encontraban tan alto que el paisaje nocturno era de ensueño y las luces de la ciudad eran como un rio de doradas luciérnagas.

Las sirvientas que aguardaban eran todas hermosas, parecían salidas de una agencia de modelos que de una servidumbre y, ellas, al ver a su ama y a al niño que por defecto ahora también le debían lealtad, se inclinaron respetuosamente. Entonces Elías debió haber notado que algunas tenían cuernos.
Gullveig Heid
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Un escenario preocupante. Esas eran las palabras que estaba buscando para describir el momento. En algún punto se había dedicado a dejar de prestarle atención a los seres que le rodeaban, tanto a la mujer sentada a su lado, como a la otra que a cada rato le miraba por el espejo retrovisor. Más, aunque hiciera oídos sordos y pretendiera andarse por las nubes, ese camino en el que se fijaban sus ojos comenzaba a perturbarle lo suficiente como para no dejarle despegar del todo; Los alrededores del orfanato eran un pedazo de tierra desabrido y pobre, un páramo a mitad de la ciudad cuyo vestido gris fue prontamente opacado por el brillo de las luces de las acogedoras casas de un barrio que no pecaba si no de normal, y aun así eran para el niño todo un paraíso. Hubiese estado bien si todo se quedaba allí, pero aquella imagen de ensueño parecía no ser tampoco su destino. Las pequeñas casas y los bonitos edificios fueron pisoteados por una realidad que siquiera podría ser capaz de imaginar dado que jamás se le había permitido el poder aspirar tan alto. Esas que veía ahora no eran casas, a su parecer estaban mas cerca de parecer palacios…

La mujer de rojo le había hablado de forma tendida y con una calma sublime, y, aun así, aunque odiaba admitir que le había prestado algo de atención, no se preocupó en responderle de inmediato. Su nombre era complicado de pronunciar para él, había intentado modularlo en silencio sin que le viese y el simple hecho le dio un repelús inexplicable a la par que se dejó sobresaltar gracias al susto que se llevó al acelerarse el coche tan bruscamente. Sin dudas, el reto de la mujer a la conductora tampoco se quedó atrás y le hizo alzar las cejas de pura sorpresa mientras se abrazaba a la mochila que entonces temió saliera volando —…Seguro… —Se limito a murmurar. Afirmando las palabras ajenas sin saber exactamente a que se refería, tan solo por el hecho de poner al menos una palabra en esa boca que tanto llevaba permaneciendo en incomodo silencio.

Al llegar a destino y bajar del coche la altura de semejante estructura le hizo respirar realmente pesado. El ambiente apestaba a dinero…y a pesar de ser tan solo un niño, incluso él sabía reconocer lo desubicado que debía de verse en medio de un lugar así. Quizá por ello era que le miraban tanto, después de todo allí no era más que un crio desalineado. Miradas y sonrisas que oscilaban entre expresiones que no podía leer claramente y que lo aterraban de algún modo. Un escenario realmente preocupante, se repitió.

A merced de la dueña de casa, no le quedo más opción que dejarse guiar, llegando incluso a mostrarse agradecido de estar de su lado, claro eso hasta que volvieron a quedar solos en la intimidad de aquel ascensor gigantesco que le regalaba sin dudas la mejor de las vistas de la ciudad y de…

Era imposible obviar ciertas cosas al tenerla ahora tan cerca, y su descuido hizo al chico sonrojar de vergüenza hasta apartar el rostro. No era solo que su escote regalara demasiado, fue su caricia, sus palabras, su forma de mirarle tan distinta. Deseaba contestarle de las peor de las formas posibles ¿Pero que podía decirle con respecto a eso? La mujer tenia razón, su ropa era simplemente un desastre indefendible y dudaba enormemente de como entendiera ella lo que era de verdad el deber de una madre —Yo que voy a saber de eso… —Respondió a su pregunta de mala gana enviando una mirada brusca al suelo al rechistar, pero aquel semblante ofuscado le duro poco ante el siguiente atrevimiento ajeno; Ella no se atrevería a… El muchacho aun mas avergonzado que antes bajo el rostro y cerró los ojos con fuerza, mas todo en vano. Al sentir el beso tan quedo y ciertamente dulce sobre la frente se sintió un estúpido.  


—Haz lo que quieras, si te pasas te juro que me defenderé
—Dijo rendido, avergonzado, sin ánimos de mostrarse mas amenazante de lo que era. Honestamente no sabía cuanto más iría durar en aquel sitio. Tanto lujo estaba volándole la cabeza y le daba hasta mareos. Sus ojos, aunque querían, no podían abarcar tanta cantidad de cosas increíbles —Sospeche que eras alguien de dinero…pero vaya… —Sonó algo bruto, pero tuvo que decirlo. Todo aquello era irreal.

Y menuda sorpresa se llevo cuando vio enfiladas a tanta cantidad de sirvientas. Elias, que podía bien fingir ser un crio desagradable cedió ante la presión de sentirse tan anonadado, y muy cortésmente, con ingenuidad, respondió a sus reverencias con otra. Y si, había notado los peculiares cuernos que adornaban la coronilla de algunas mujeres —A-ah demonios… —El muchacho bien lo dijo a modo de maldición al darse cuenta de lo que había hecho casi sin pensar, pero al notar aquello ultimo... —…no, no lo digo por…ya sabes —Se señalo la cabeza torpemente —Parecía perturbado, pero ciertamente familiarizado —Abandonaban a muchos niños así en el orfanato… —Recordó en voz baja. Creía poder comprender ahora el sentimiento de peligro que había comenzado a llevar consigo.

—Señora…huh… —Al menos quiso intentar una vez mas pronunciar su nombre, pero el resultado era desastroso. Luego de un gran suspiro, por primera vez busco mirar a la mujer a los ojos —¿Qué eres? —Preguntó finalmente. Ella ya le había cotado quien era, pero el que era algo totalmente diferente. Aquella mujer mas alla de ser o no humana, se veía a leguas que poseía cuanto quisiera, y aquello también llamaba poderosamente su atención. ¿Qué podría querer de un pobre niño huérfano, alguien que ya lo tenía todo?
Elias Roth
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¿Te gusta lo que ves?— dijo Gullveig, ignorando la pregunta del chico, mientras se sentía orgullosa de sus lujos digna de una emperatriz. Cada vez que Lady miraba sus riquezas no podía evitar una sensación interna de orgullo, pero en el fondo también algo de aburrimiento. Tenerlo todo es gratificante hasta que la naturaleza tanto humana como demoniaca se adecuaba al estilo de vida y luego poco a poco todo se tornaba aburrido— Si no puedes llamarme por mi nombre, dime mamá. Ya te lo dije, legalmente eres mi hijo así que no hay vergüenza de que me consideres tu madre.

—Señorita, el baño del joven amo ya está listo— dijo una de las sirvientas.

Muy bien, ya es hora de sacarle las pulgas a mi cachorrito— exclamó mientras que con un pequeño aplauso todas las chicas se abalanzaron sobre el niño para quitarle la ropa. No le dieron siquiera tiempo de quejarse o rechistar mientras que entre risas lo desnudaban y lo llevaban a empujoncitos al baño donde estaba la tina—. Llévenlo a mi baño privado, después de todo es mi hijo.

Las chicas así lo hicieron y llevaron al niño para meterlo a una tina cubierta de agua para luego comenzar a bañarlo con esponjas. Una se encargó de enjuagar su cabello, otro de los brazos, otra del pecho. No tenían ningún pudor en tocarlo, además de que aprecian divertirse tanto como si tuviesen un juguete nuevo.

—¿Qué hacemos con su ropa?— dijo una.

A la incineradora, no las necesitara— dijo Gullveig mientras miraba la escena cruzada de brazos— Cuando el chico estuvo a punto, ordenó que los dejaran solas. Las chicas dejaron todo y se fueron del baño hasta que sus risas se perdieron en la lejanía de la mansión.

Perdónalas, se suelen emocionar fácil— dijo con una risa para luego lentamente, deslizar las tiras de su vestido por sus hombros y descubriendo sus pechos lentamente. Cuando se lo quitó siguió con sus largas medias y por último, su ropa interior. No tardó en estar totalmente desnuda frente al niño—. Me preguntaste anteriormente que era… Supongo que responderé esa pregunta más tarde. Creo que lo más importante sería saber qué haces aquí.

Entró un pie en la tina, haciéndose lugar en el espacio que había detrás del niño para luego abrazarlo gentilmente y hacerlo recostar su pequeña espalda contra sus pechos. Pudo sentir la tensión del joven, pero fue gentil con él.

Aquí podremos hablar en privado, sin que nadie escuche— comentó al ver que se hacía un silencio. La mano de Gullveig fue a la cabeza del niño y acarició esta con cuidado—¿Es muy difícil vivir en un orfanato? No recuerdo una infancia, así que no se lo que se siente ¿Es solitario? ¿Aburrido? ¿Es cierto que se los comen si no encuentran quien los adopte?

Eso ultimo podría parecer una broma o una pregunta inocente, pero la realidad es que en su mundo podría ser mas que probable. De hecho, no tenían problemas en comer humanos, era algo común entre demonios. Podría comerse al niño si quisiese, pero era algo de mal gusto, como una comida de pobres o algo así. Los humanos decían que comer lengua a la vinagreta era algo para la clase social baja, comer humanos podría verse de la misma forma en los demonios.

En fin. La realidad es que te adopté por una razón muy especial…— dijo para luego acercarse a su oído y susurrarle— quiero un esposo. Así es, un novio, una pareja, un señor que sea mi dueño total y absoluto—Gullveig se llevó las manos a las mejillas y puso una cara como si estuviese soñando con príncipes azules y corceles—. Todo esto que ves, el edificio, las sirvientas, el dinero y lo más importante, yo… todo será tuyo si me desposas. Es todo lo que quiero. Alguien que me enseñe lo que se siente ser amada.

Gullveig desde joven siempre lo había tenido todo, después de todo era un demonio. Era brillante, irresistiblemente hermosa, adinerada y todo lo que pudiese desear cualquier hombre. Sin embargo, algunos demonios la evitaban por su poder. otros querian conquistarla a como de lugar pero Gullveig los odiaba...estirados engreidos. Los humanos también, la demonio solo era una cofre del tesoro para ellos, además de un objeto de deseo. Pero Elias era distinto, ya desde el momento en que había intentado robarle había demostrado valentía y su mirada felina era... Aún así, la razón era puramente instintiva, movida por un capricho. Gullveig estaba totalmente convencida de que quería que aquel chico fuese su dueño absoluto. Conocía solo gente de dinero, políticos, empresarios, jóvenes caprichosos. Pero nunca había tenido en sus brazos a un niño salido de la pobreza y la nada. Era único, especial ¿Eso era amor? Tal vez.

En fin. No es necesario que aceptes— dijo mientras abrazaba al niño mas cariñosamente— De hecho, te propondré un trato: Serás mi hijo, te daré estudios, ropa, comida y todo lo que haga falta a cambio pensaras en mi propuesta. Si no aceptas ser mi esposo en un año, no pasa nada… te dejaré vivir solo, con una parte de mi fortuna y no me volverás a ver. Y si aceptas, al finalizar el año nos cazaremos. De cualquier forma, tienes un año entero para pensarlo, así que tomémoslo con calma. Ah, espera, no te he dicho lo más importante… soy un demonio.

Gullveig Heid
DEMONIO

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¿Gustarle lo que veía? Si, por supuesto, mas no dejaba de ser ligeramente extraño. Era para él del todo difícil asimilar, quitando todo lo sospechoso, que de un momento a otra tenía a su alcance más de lo que hubiese podido jamás imaginar que existía en este mundo. Después de haber sido llamado “mocoso” durante gran parte de su corta vida, que se refirieran ahora a él como “joven amo” le daba hasta ganas de reír, pero de los nervios. Era natural que tuviese sentimientos tan encontrados, y que viera inviable el hecho de poder acostumbrarse a ello.

Se hubiese quejado sin falta del deseo ajeno por ser llamada madre, pero encontró mas urgente el defenderse de su acusación —¡Oye, que no soy un perro!  —Tuvo tiempo a chillar antes de que aquel incomodo momento le dejara sin valentía alguna —E-e-espera un momento ¡Pero si puedo quitarme la ropa solo! —Se esforzó por rechistar en lo que buscaba defenderse de las manos inquieras de las damas que pronto lo habían dejado totalmente desnudo, y sin voz ni voto en el asunto. Habría querido seguir gruñendo como la pequeña bestia que realmente era, pero ellas estaban dispuestas a ahogar cada intento de rebeldía de su parte —¡Puedo hacerlo solo! —Llegaba a gritar ofuscado siempre y cuando no echaran agua sobre él para convertir sus palabras en balbuceos inentendibles.

Definitivamente, no podría acostumbrarse a algo así…Y agradeció, vencido, el glorioso momento en que lo dejaron por fin solo.

—Creo que ya las odio —Dijo sin pena a ceño fruncido lo que pensaba de sus muchachas, pero no cabían dudas de que su ira se compartía por igual con aquella que miro la escena en silencio con malicioso temple. Creía que ya había vivido suficiente en las pocas horas que había pasado desde su adopción sorpresa, pero la mujer le demostraría cuanto mas era capaz de crisparle los nervios. Elias simplemente no podía creer su falta de vergüenza al desvestirse de aquella manera delante de él, que como el crio que era se debatía entre mirar y apartar la mirada del cuerpo ajeno cada vez más cerca suyo —Es-esto no puede estar bien —Se quejo, pero era obvio que ella disfrutaría de cada segundo en que se mostraba más y más desconcertado al ver que no conforme con desnudarse, se había metido también dentro de la tina con él. Llevaba unos cuantos minutos sin encontrar palabras para lo que sentía, y menos las hallaría una vez que su pequeña espalda conociera la inquietante comodidad de recargarse sobre sus pechos. Su silencio era quizá respuesta suficiente a lo que le acontecía, mas sus preguntas tan extrañas y de algún modo…fuera de lugar, le sonsacaron una simpática mueca. Odiaba admitir que le había producido cierta ternura que se lo preguntara tan seriamente —…Este…no…no se comen a los niños en los orfanatos… ¿De qué mundo vienes mujer? —Se le escapo preguntar entonces.

Pero no tendría de momento la respuesta que buscaba, no al menos a aquel interrogante. Su confesión lo tuvo sin cuidado alguno. La oyó atento, pero dudaba de estar comprendiéndole correctamente. Ella de verdad parecía decirlo enserio…Desde sus motivos a la sensación que le transmitía; su soledad, su deseo, la inocencia dentro de tanta perversidad. Casi que hasta le apenaba la idea de responderle de forma hiriente —… ¿Amor? ... ¿Es lo único que quieres? —Pregunto en voz alta totalmente confundido. Él incluso había añorado más de una vez lo mismo hasta hartarse. La carencia de tal sentimiento era un vacío desagradable, para un niño debía de ser la condena mas terrible, pero para los que compartieron la misma suerte que él durante tanto tiempo, era un sentimiento fácil de engañar para sofocar su falta al punto de conseguir creerse que era algo que realmente no necesitaban.

El niño respiro profundo y suspiro como si la vida entera se le fuese en ello —Un demonio…honestamente, me sorprende menos eso que todo el resto…todo…eso que…acabas de decir… — Demasiada información para procesar en tan poco tiempo —… Sabes que soy un niño, ¿no? ... ¿Y que lo seguiré siendo dentro de un año también? —Decidió comenzar por recalcar lo más obvio —D-da igual…diablos, que mujer más rara… quizá siquiera te siga gustando luego, podría crecer y volverme horrible —Expresó aun confundido con exagerado ademan ¿Qué demonios se suponía que hiciera? ¿Como debía tomarlo? Si se tomaba un momento para pensarlo con cuidado, y suponiendo que creía en la parte del trato donde ponía que de negarse nada le pasaría, parecía a primera vista que no tenía nada que perder mientras estuviera dispuesto a seguirle el juego.
Elias Roth
HUMANOS

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Te preocupas demasiado para ser un niño ¿Lo sabes? — Comenzó Gull mientras tomaba de una mesita cercana a la tina un frasco de jabón liquido y se llenaba una mano con un poco de él— Cualquier otro niño saltaría en un pie sabiendo que tiene semejante oportunidad, por más remota que sea.

Una vez enjabonadas ambas manos las llevó hacia el pecho y vientre del niño, comenzando a frotarlo. Las manos recorrían de forma lenta y sugerente la piel del muchacho, más similar a las caricias de una amante en la cama que una madre dando sus cuidados.

No tenía por que ocultarlo, el chico le gustaba. Catorce años es una edad mas que suficiente para un chico pero no era solo eso. Gullveig realmente no le estaba diciendo toda la verdad, aunque casi nunca lo hacía, esta vez era un tema más delicado. Podía saber solo con tocar a Elias que algo no estaba bien en su cuerpo y el hecho de ducharse juntos, a pesar de que en parte era para poder estar a solas con el niño, también era para inspeccionarlo físicamente sin levantar tantas sospechas.

Su piel la maravillaba, se lamentó una vez más por tener que vestir al niño. Verlo desnudo todo el tiempo sería muy agradable. Quizás podría hasta ponerle un collarcito y tenerlo como una mascota. Mirándolo dormir sobre el sofá o quizás dejar que las sirvientas jugasen con él aunque tendría que estar segura de que no se lo comerían y eso seria problemático. Tenerlo desnudo sería tentar el hambre de esas demonios y aunque se someterían a sus ordenes, Gullveig no quería tentar a la suerte.


Jujuju... Un pequeño ladronzuelo no debería pensar en tantas nimiedades como lo legal o lo ilegal— pasó una de las manos hasta el muslo izquierdo del infante— Lo cierto es que te mentí, no es amor lo que busco... ¿No crees que sería demasiado simple? Sabes como yo que la vida no es así. Solo quería ver tus expresiones...— dijo soltando una pequeña risita—. Estoy algo decepcionada, creí que te lanzaras sobre mí para hacerme tuya al instante ¿No es eso en lo que piensan los chicos de tu edad? Oh... ¿Un hombrecito apuesto como tú tiene miedo de una chica como yo ? Ah... O quizas...¿O quizas es que te gustan los chicos? ¿Es eso?

Gullveig suspiró decepcionada pensando en que quizas esa era la última opción. Que lastima... No es que le molestase que le gustaran los chicos, pero realmente quería un poquito de diversión con el muchacho y no sería lo mismo de esa forma.

Sintió que al chico le molesto aquel comentario, aunque aún no había llegado a contestarle.

Oh, ¿Me equivoco?— Dijo Gullveig maliciosa— Demuéstramelo... De otra forma comenzaré a darte vestidos de chica, quizás eso te agradaría más. A las sirvientas les gustará una hermanita menor, más a tus amigos del orfanato cuando me pidan las fotos de tu estadía aquí. Ya sabes, para conmemorar tu adopción.
Gullveig Heid
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