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Durante muchos años, miles de seres sobrenaturales fueron cazados hasta la extinción. Hoy, existe un "rayo de esperanza", situado en alguna zona de japón llamado "Éadrom", donde es posible la convivencia entre seres sobrenaturales y humanos. Cubierta por un manto de protección, la también llamada "Ciudad de la Luz" sirve de hogar para muchos que aún lo creen posible, otorgándole educación a las jóvenes promesas sin importar su raza en uno de los institutos más grandes de todo Japón: el Instituto Takemori.
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Kenzo sintió el aire frío de la noche en el rostro al quitarse el casco de la moto, la parte más cruda del invierno ya había pasado pero el clima aun era fresco y eso se notaba especialmente cuando se ponía el sol. Había aparcado la moto en la parte trasera del bar, como tenía por costumbre, una hora antes de la hora de apertura. Siempre le gustaba ir con tiempo para asegurarse de que estaba todo en orden antes de que fuesen llegando los empleados.

Guardó el casco en el compartimento bajo el asiento del vehículo, y las llaves en su bolsillo. Luego abrió el bar y se adentró para ver que todo estaba tal y como lo habían dejado el día anterior. El local marchaba bien, los ingresos al fin comenzaban a subir luego de las duras primeras semanas, y aun si bien todavía les quedaba un trecho por recorrer al menos ya no estaban en números rojos. La clientela que se pasaba por allí había aumentado, no solo clientes nuevos, sino también algunos que poco a poco se estaban convirtiendo en regulares, atraídos por el buen ambiente, la música… y las bebidas.

Habían pasado tres semanas desde que contratase a Alice, y habían sido unas semanas un tanto ajetreadas. Al par de días de comenzar a trabajar casi se había arrepentido de contratarla, no podía creer que todos los días surgiese un tema u otro por el cual discutiesen o acabasen intercambiando una mala mirada… uno podría pensar que siendo su jefe la joven se mordería más la lengua, pero incluso así no eran pocas las veces que se le escapaba algún comentario. Desde las vestimentas inadecuadas -hasta que fuese regular no pensaba encargarle un uniforme a medida, pero no por ello se había esperado que acudiese con faldas tan “atrevidas” o prendas tan ligeras-, hasta la actitud con los clientes -demasiado cercana con los que le caían en simpatía y demasiado tajante en cuanto alguno se sobrepasaba un poco-, estaba claro que aquella era un demonio de mujer para él.

Pero aprendía rápido y le echaba ganas. Era el único motivo por el que seguía allí, la había visto mejorar con cada día que pasaba, preocuparse por estudiar y aprender las preferencias de los clientes que se salían de su repertorio, y de algún modo parecía que a la clientela usual le caía en gracia su actitud jovial y cercana. Él no le veía el encanto en ese sentido, solo veía a una mujer descarada y caprichosa… totalmente opuesto a su ideal de mujer. No obstante cumplía su trabajo, y mientras hiciese eso Kenzo no la echaría, pues sabía separar el trabajo de lo personal.

Andaba justo pensando en que solo le quedaba una semana de prueba cuando escuchó la puerta de la entrada trasera abrirse. Se asomó desde su despacho con curiosidad, eran las siete y cuarto así que todavía faltaba más de media hora para la llegada usual de los empleados. Entonces la vio, en mitad del pasillo, a Alice cargando con una maleta y un aspecto notablemente peor arreglado de lo que acostumbraba ella, con lo coqueta que era— Llegas pronto —recalcó, con su tono neutral de costumbre, como quien dice la hora. Su mirada se centró en la maleta que cargaba un par de segundos, y luego de nuevo en ella. Siendo denso como era, Kenzo no captaba que estaba pasando, pero tampoco era tan tonto de ver a un empleado llegar con una maleta y no preguntarse qué había ocurrido— ¿Todo bien? Te ves… —hizo una pausa, por no soltar la primera cosa que se le pasase por la cabeza, pero el resultado no fue mejor por ello— “desmejorada”.
Matsuoka Kenzo
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A partir del momento en que la fémina aceptó aquel empleo tentativo, las cosas se pusieron bastante activas, y el tiempo parecía volar demasiado rápido. Tal vez fuera por el empeño que la mujer ponía por ganarse el puesto ya que, aunque ella estaba en la barra, aun así seguían llegando solicitudes por el puesto de barman. Más competencia para la inglesa que se sentía abrumada por cumplir con las expectativas de un hombre tan exigente como el japonés.

El trabajo en la barra era extenuante, el bar poco a poco iba ganando clientes, y no es que Alice se tomará la atribución de hecho ni siquiera le pasaba por la cabeza que fueran sus tragos o  su presto y agradable servicio el que se ganara a los clientes. En sí el bar tenía en atractivo diseño, Kenzo había contratado meseras de buen ver y el ambiente era bastante amigable. Por supuesto, la inglesa era una chica de por sí sociable por lo que no se le dificultaba interactuar respetuosamente con  los clientes los cuales en su mayoría sólo acudían a relajarse o refrescarse la garganta sin llegar a embrutecerse por el alcohol, simplemente disfrutaban de la bebida y la compañía.

Parece que a alguien le salieron los negocios bien ¿no, Roy? —charlaba amenamente la muchacha con un hombre que se había vuelto cliente asiduo.

¿Se me nota tanto? —respondió aquel con una sonrisa impregnada en los labios que no podía disimular—. Conseguí convencer a los inversionistas y cerrar el trato.

Sirvió la rubia de bucles el trago del varón, y este elevó la copa en señal de celebración hacia ella. Momentos similares se presentaban de cuando en cuando en el bar cada vez que Alice atendía, aunque esta siempre tenía la precaución de no intimar con nadie ni aceptar invitaciones a salir. Se encargaba de dejar bien en claro que una cosa era ser amable, y otra muy distinta dar pie para ir más allá. En general, eso bastaba para mantener a los Don Juanes a raya.

Sin embargo, no todo marchaba realmente bien en la vida la de muchacha, pues sus preocupaciones principales continuaban a pesar de tener un empleo, aun si este era temporal por ahora. Al estar a prueba, no había un contrato como tal, de manera que el salario no estaba estipulado y lo que recibía de Kenzo se asemejaba más a la ayuda que recibe un practicante que a un salario real. No es que se quejara, de hecho hasta el momento no había mencionado nada a Kenzo sobre sus problemas financieros pues continuaba con la esperanza de que al final del mes, superaría la prueba y se haría oficialmente del puesto para de una vez poder poner sus pagos al corriente. Sin embargo, no contaba con uno de esos imprevistos que siempre llegan cuando uno menos se lo espera y termina arruinando los planes.

Después de seis meses de retraso en la renta del departamento, la casera cumplió el ultimátum y pidió a Walker que desocupara el lugar porque ya tenía a alguien más a quien arrendarlo. La muchacha había aportado dinero, por supuesto, sin embargo sus "abonos" no habían alcanzado la cuota total de la deuda. Ahora, la chica se encontraba con sus pertenencias en la calle, sentada sobre una de las dos maletas con la ropa que tenía, y una bolsa de mano sobre el regazo. En sí el mero hecho de ser echada ya era bastante vergonzoso pero, ver a los transeúntes mirarla con extrañeza cada que pasaban frente a ella fue lo más humillante que le había pasado en toda su vida. Suspiraba cabizbaja y casi a punto de rendirse. ¡Al diablo con las habladurías! Eso era nada en comparación con lo que le esperaría cuando regresara a Inglaterra como cachorro asustado.

Pero como uno de esos misterios de la vida —uno de tantos— mientras Alice acariciaba la idea de rendirse y devolverse a su patria, una buena vecina compadeciéndose de la muchacha le tendió una mano amiga. Era una mujer como de cincuenta años, regordeta, quien tenía un negocio de pasteles muy cerca de ahí. Le ofreció un lugar muy pequeño en el segundo piso donde tenía su pastelería para que guardara los pocos bienes de los que se había hecho la inglesa, mientras esta encontraba un nuevo lugar donde quedarse. Se trataba de un cuartucho donde normalmente se guardaban los utensilios de limpieza, por lo que era realmente muy pequeño. Solo una cama, un ropero y una estufa pudieron ser acomodados ahí dentro, junto con una de las dos maletas donde llevaba su ropa la inglesa.

Le agradezco mucho señora Kinomoto, es usted muy amable —agradeció profundamente la muchacha sumando aquellas reverencias que los japoneses solían realizar—. No se preocupe, ahora mismo me doy a la tarea de buscar un departamento nuevo —sonreía ella mostrando un estoicismo envidiable. Palabras que tranquilizaron a su vecina que realmente estaba preocupada por la extranjera.

Con una maleta en la mano derecha y el bolso en la izquierda, la muchacha desdibujo la sonrisa previa y se echó a andar deambulando por la ciudad. Lo de menos era encontrar un departamento en renta, el problema era que seguía sin suficiente dinero para costearlo. ¿Qué podía hacer con unos cuantos yenes en el monedero?. Muchas personas al pensar en su futuro, realmente no saben qué desean o qué esperar de el, pero el caso de Alice era mucho peor, ni siquiera sabía donde pasaría la noche aquel día cuyas manecillas del reloj seguían avanzando indiscriminadamente, aumentando con cada tic tac la ansiedad de la joven que por primera vez en la vida se sentía perdida, sin rumbo, frente a un camino incierto y nubarroso.

La luz del sol empezó a hacerse débil y algunas estrellas comenzaron a titilar en el firmamento, sin mencionar que una solitaria nube gris dejó caer una brisa suave pero fría sobre la ciudad.

Lo que faltaba —sonrió tristemente después de detener el paso, y volviendo a ponerse en marcha hasta que inconsientemente se vio en las cercanías de su lugar de trabajo. Después de casi un mes yendo y viniendo de ese establecimiento, parecía que sus pies se habían acostumbrado al camino trayéndola justo frente a sus puertas, aunque aun no estaba abierto al público.

Alice leyó el letrero con el nombre del bar, después se encogió de hombros y usando su llave de servicio la usó para entrar. De todas formas, no tenía otro lugar a dónde ir, y a pesar de su propio predicamento, debía presentarse a trabajar. El mes de prueba estaba por terminar y estaba segura que Kenzo esperaba sólo un error para echarla. Ella no podía arruinarlo, no ahora cuando más lo necesitaba. Aunque estuviera triste, sin dinero y sin un lugar donde dormir, debía trabajar con una sonrisa en los labios y palabras amables a los clientes, pues ni a ellos ni a Kenzo les importaba que la muchacha estuviera en la vil calle.
Una vez dentro del bar, la voz áspera del dueño no se hizo esperar. Honestamente era lo último que hubiese deseado Alice, pero tampoco resultó extraño, después de todo Kenzo era casi siempre el primero en llegar y el último en irse. Había que darle crédito por ser un empresario muy dedicado a su trabajo a decir verdad.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo a la muchacha cuando aquel la descubrió, con semblante cabizbajo o como él mismo lo había calificado: desmejorado. Sintió un rubor acentuarse en su rostro de tez clara que no disimulaba, bajó la mirada azulada hacia a el suelo y después la desvió hacia la izquierda. ¿Mentir o decir la verdad? Honestamente lo menos que quería en ese momento era tener otra discusión por diferencias de opinión con el señor Matsuoka. No tenía temple, no se sentía con las suficientes fuerzas como plantarle cara como solía hacerlo. Y ya se imaginaba que le llamaría la atención por haber manejado tan mal sus finanzas. ¿Qué hacer entonces?

Yo… —trataba de actuar normalmente, aunque quizá no lo conseguía hacer del todo bien, pues titubeaba al armar ideas en su cabeza—. Eh-hhh… tengo trabajo rezagado —esbozó una sonrisa entrecerrando los ojos para evitar el contacto visual—. S-sí me lo permite, me gustaría hacerlo todo esta noche. Es decir, tras mi jornada de trabajo quisiera hacer aseo y separar los frutos secos en frascos,  además de ordenar las bebidas y limpiar las copas…

Inventó cuantas cosas se le vinieron a la cabeza para darle razones a Kenzo para que le permitiese pasar la noche en el bar, sin necesidad de confesar que no tenía hogar al cual volver. Su excusa barata no arreglaría su problema pero al menos le daría unas horas más para encontrar una solución pero, ¿qué respondería Kenzo? Pues si bien explico sus motivos para quedarse y cerrar ella misma el local, eso no explicaba en absoluto la presencia de la maleta.

¡Iré a cambiarme de inmediato para comenzar!

Con su típico tono entusiasta, la rubia salió corriendo tratando de ocultar la maleta tras de sí, yendo directo hacia una pequeña bodega de limpieza que utilizaba de vestuario. Una vez se alistó, dejó ahí mismo el bolso y la maleta y se presentó en su área de trabajo comenzando con la labor de separar las copas, lavarlas y limpiarlas meticulosamente, desde donde con mirada disimulada de vez en cuando echaba un vistazo a su jefe que rondaba ocasionalmente el sitio cuando realizaba sus propias labores. Estaba inquieta y nerviosa, no le había dado tiempo a Matsuoka de una respuesta temiendo que esta fuera negativa, creyó que quizá si le daba tiempo a pensarlo durante las horas de trabajo, él pudiera sentirse inclinado a aceptar.


Bares - Kenzo


Alice Walker
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Kenzo alzó la ceja, extrañado por la forma en que le recibió la muchacha. No solo se veía mal, sino que su comportamiento también era extraño, cualquier otro día simplemente le hubiese respondido al instante, e incluso le hubiese echado en cara que le dijese algo así. Sin embargo esta vez fue diferente, cuando le respondió lo hizo de forma vaga y carente de esa seguridad que la caracterizaba -un tanto arrogante según para qué situaciones a su parecer, algo que atribuía a su carácter occidental-, desviando la mirada y esquivando su comentario al centrar el tema en el trabajo.

Kenzo no era lo que se decía un “hombre con don de gentes”, más bien todo lo contrario, era torpe para entender lo que le rondaba por la cabeza a la gente de a pie, a los único que parecía comprender era a los criminales -ya que en su trabajo solía trabajar en casos de criminales meticulosos, estos solían trabajar siguiendo una serie de acciones lógicas y calculadas, lo que sí se le daba bien a él-. De esta forma, si bien encontraba extraña la reacción de ella en todo eso, no entendió bien lo que ocurría o si ocurría algo siquiera ¿La chica quizá habría cobrado más conciencia en que debía esforzarse en su trabajo? Si era eso, él no sería quien le quitase las ganas de hacer de un trabajo bien hecho, no obstante no podía permitir que ningún empleado se quedase allí mientras él no estaba presente, tenía esa resolución debido a una extraña mezcla entre desconfianza y el sentido del deber que le indicaba que como dueño del local él debía ser siempre el primero en entrar y el último en salir por aquella puerta.

Aparte, también había una cosa más que le extrañaba ¿Qué pasaba con esa maleta que llevaba consigo? Quizá la joven hubiese intentado ocultarla -de esto él no se percató mucho-, sin embargo era más que visible tras su menuda figura. Kenzo abrió la boca para preguntarle por la maleta e informarle de que él también se quedaría un poco más esa noche, sin embargo la mujer de cabellos dorados no le dio pie a hablar, sino que respondió con un tono más parecido al usual suyo y salió por patas hacia la sala de empleado para cambiarse. Así, el dueño del local se quedó solo en mitad del pasillo, con una mirada de confusión en su rostro fruncido. Al final se resignó y volvió a su trabajo por el momento, ya se ocuparía de Walker más tarde, no quedaba tanto para la hora de abrir y tenía cosas que preparar.

Y así dio comienzo la noche. Fue una noche como cualquier otra, sin nada especial, el número de clientes no estaba nada mal, aunque aun les quedaba mucho por mejorar, al menos se volvían a ver rostros familiares, lo que era una buena señal pues eran los clientes usuales los que al final sustentaban este tipo de lugares, así como los que mejor podían hacerle publicidad luego trayendo a conocidos suyos. Esta noche no hubo ningún percance, nadie montó alboroto por beber más de la cuenta ni se sobrepasó con los empleados, y aunque uno de los nuevos camareros rompió un bar de vasos por accidente, el resto transcurrió en calma.

Mientras iba y venía de su despacho, vigilaba el panorama del local, y hacía inventario del almacén para anotar lo que serían los próximos pedidos, fue echándole también un ojo a Alice. La joven hizo su trabajo como siempre, aún había cosas de ella que no le gustaban pero era indudable que había mejorado mucho en las últimas semanas, no solo haciendo cócteles sino en cuanto al trato que debía mantener con los clientes. Este día, sin embargo, le parecía un poco diferente, mantenía la sonrisa como de costumbre y demás… pero tenía algo raro, como cuando la saludó esta mañana ¿Se lo estaba imaginando o de verdad pasaba algo? Quizá no entendiese tanto sobre la gente, pero por lo general su instinto no le fallaba al decirle que había algo mal.

Dieron las tres de la madrugada y cerraron el local. Los clientes se marcharon, y luego los empleados tras hacer su parte en ordenar el local. Cuando el último de los camareros de marchó solo quedaron Kenzo y la joven inglesa, quien le había dicho con anterioridad que tenía tareas que quería atender en los referente a bebidas, copas y aperitivos. Kenzo no la importunó pues ya le había dicho lo que pretendía, y siguió con su parte del trabajo extra que tenía para esa noche, sin embargo eso solo retrasaba un poco más la hora del cierre total del local.

Una hora más tarde, a las cuatro de la madrugada, Kenzo ya había terminado con todo lo que tenía pendiente. Recogió sus cosas, se ajustó el chaleco de cuero y salió al encuentro de la joven que por allá se encontraba— Voy a cerrar ya, Alice, se acabó la jornada —anunció, con voz alta y clara para que le escuchase desde donde estuviese, él se encontraba de pie frente a la salida trasera—. Sea lo que sea que quede por hacer puedes terminarlo mañana. No te juzgaré mal por eso, descuida —continuó, pensando que quizá la preocupación de ella fuese que considerase que tenía sus labores descuidadas. Bueno, es cierto que él era muy perfeccionista y estricto, pero de ahí a hacer que su empleada se pasase toda la noche trabajando para ordenar el bar… tampoco era un monstruo. Espero que la joven saliese de donde se encontrase -no sabía si estaba en el almacén o en la sala de empleados, pero en cualquiera de los dos debía de haberle oído, pues en el silencio de la noche su voz firme y potente resonaba con facilidad en todo el local, que tampoco era tan grande-, para así salir juntos y cerrar el local tras ellos. Admiraba que ese día hubiese venido con tanta dedicación, sin embargo no pensaba dejar que se quedase allí trabajando tan tarde, y aún había algo en todo aquello que le daba una extraña sensación que no terminaba de entender— ¿Estas lista para irte?
Matsuoka Kenzo
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Cat

Poco a poco la muchacha, entretenida con sus labores cotidianas, fue dejando de lado sus preocupaciones centrándose mas bien en atender sus deberes del mejor modo posible. La barra se mantuvo ocupada la mayor parte del tiempo, y pocas mesas fueron vistas vacías durante la jornada de aquella noche. Hasta el momento, el ambiente del bar se mantenía entretenido y mayormente saludable —era inevitable que algunos bebieran un poco más de la cuenta, pero hasta para ello Matsuoka ya tenía un buen plan a seguir con tal de salvaguardar la seguridad de los clientes, y de paso librarse de algún inconveniente legal—, a pesar de tratarse de un lugar donde se vendían bebidas alcohólicas. Alice se estaba habituando mucho mejor de lo que habría esperado. Y veía una buena señal que sus bebidas fueran bien recibidas e incluso solicitadas. Los clientes más asiduos incluso llegaba a llamarla por un apodo que la identificaba del resto de los compañeros, haciendo alusión a su empleo de barwoman... bueno, ellos no podían saber que el puesto sólo era temporal. La llamaban por ese apodo ua que Alice evitaba incluso proporcionárselo cuando alguno de ellos se lo solicitaba.

Entre la algarabía del lugar, el trabajo y unas muchas copas, el tiempo transcurrió muy rápido, demasiado para el gusto de la fémina, claro, de haberse percatado de ello  antes que el lugar comenzara a quedarse vacío porque la hora de cerrar estaba próxima y los compañeros meseros empezaban a trapear el piso y limpiar las sillas y mesas como el aseo general y superficial que se hacia antes de cerrar el bar. Fue hasta entonces que la rubia regresó a su cruda realidad, haciendo que la ansiedad y zozobra le inundaran desagradablemente el estómago. Debía ganar tiempo, sabía que tenía que convencer con sus acciones a Kenzo sobre quedarse en el bar. Parecía una misión imposible, pero no tenía más recursos qué utilizar. Con ello en mente se le vio a la cabecita rubia correr de un lado a otro con baldes de agua a través del local. Ya ayudaba a limpiar con un paño las mesas y la sillas de cabo a rabo, así también juntaba la basura y la llevaba a la parte posterior, por la parte de afuera donde se encontraban los contenedores, realizando tareas que incluso no estaban a su cargo con tal de hacerle ver a su jefe que realmente el bar necesitaba una limpieza profunda y que la muchacha bien podía realizarlo en una sola noche. Al principio notó que Matsuoka no había dicho ni pio a pesar de pasar de vez en cuando por donde ella estaba, así que Alice comenzó a sentirse esperanzada. Tanto que una vez el hombre se encerró en su oficina, la muchacha sintiéndose cansada por la hora y extenuada por el trabajo, allá en una mesa arrinconada tomó asiento para tomar un respiro, un respiro que se transformó en un sueño profundo cuando se quedó profundamente dormida sobre la mesa con los brazos cruzados bajo su cabeza haciéndola de almohada. Su rostro parecía demasiado inocente y su respiración era profunda, estaba sumida en el sueño plácido que reporta el cansancio después de un buen trabajo, probablemente habría permanecido así hasta las nueve de la mañana si no fuera porque alrededor de una hora después de haber terminado el servicio del bar, una familiar e imperante voz la arrancó de su plácido descanso.

Primero fue un “no te juzgaré mal por eso”, lo que la hizo parpadear unas cuantas veces, evidentemente desorientada al despertar, aunque no tardó casi nada en caer en la cuenta de que seguía en el bar. Sin embargo, cuando escuchó nuevamente la voz de Kenzo, supo que no podía posponer lo inevitable.

Ah-h… ¡un momento por favor! —al fin respondió poniéndose en pie de un salto.

Corrió a la bodega por su suéter, pues hacia ya un buen rato que había cambiado su uniforme de trabajo. Tan pronto pudo, se dirigió hasta donde su patrón la esperaba de pie. Sus ojos claros vacilaron mirando el semblante del hombre y después, a “eso” que pudiera tener entre las manos, las llaves del bar. Si las extendía frente a ella, significaba que esa noche podría al menos descansar ahí. Pero si no lo hacia...

Al final resultó ser eso último.

Estoy lista, lamento la demora —se disculpó la muchacha en tono apagado, siguiendo los pasos del jefe con rumbo a la salida.  En su situación, era imposible mantener el ánimo en ese momento por más que quisiera. Mientras Kenzo echaba llave, Alice nuevamente miró al cielo y soltó un suspiro de resignación. Guardó las manos en los bolsillos del suéter y caminó algunos pasos al lado de Matsuoka, sólo hasta llegar a la esquina más próxima donde sus caminos se separarían. Estuvo silenciosa durante el breve trayecto, sumida en sus pensamientos y en lo que haría a  continuación.

El amanecer estaba por llegar, y con los minutos que había conseguido dormir, había recuoerado  algo de energía, sólo era cuestión de esperar a que el sol saliera para retomar su búsqueda pero… el problema seguía siendo el mismo: no había dinero para rentar un nuevo departamento. No conocía a nadie en ese lugar, únicamente a Matsuoka, pero no era como si pudiera acudir a él por ayuda, y pedirle un adelanto ¡ni pensarlo!

Señor Matsuoka… —llamó al mayor deteniendo el paso al llegar a la esquina. Luego dio un par de pasos deteniendose justo frente al japonés. Dejó escapar un suspiro de sus labios rosados, dibujo una sonrisa  y prosiguió—. Perdí mi apartamento —soltó en seco, francamente.

Desvió la mirada sin perder la sonrisa, mientras sus manos jugueteaban dentro de los bolsillos. Guardó silencio unos instantes tratando de ordenar sus ideas, sus palabras. No esperaba que Kenzo la comprendiera, ni tampoco quería que malinterpretara sus palabras, por eso se dio un tiempo para pensarlo bien. Sólo un par de segundos que parecieron minutos. Aspiró profundo y después prosiguió volviendo la vista sobre él, quien le aventajaba con varios centímetros.

No pretendo pedirle un adelanto, ni mucho menos un préstamo —no era en realidad una empleada con ese beneficio, y lo que menos quería era que el varón pensará que Alice se aprovechaba de la situación para forzarlo a contratarla con tal que ella le pagara un préstamo. Lo más probable era que ante tal idea, Kenzo terminara despidiéndola en ese mismo momento—. Sólo… —se tomó un segundo para cobrar valor—. No tengo un lugar dónde pasar la noche —era vergonzoso, muy vergonzoso admitirlo y sobre todo ante a él, quien la menospreciaba ya de por sí—. Faltan pocos días antes que termine mi período de prueba. Si tan sólo me permitiera quedarme en el bar esos días hasta que tome su decisión final, hasta que pueda costearme un nuevo lugar…. ¡Nadie se daría cuenta de mi estancia! ¡Mantendría todo ordenado como cada noche! ¡No sería un problema y… y…!. Si al final mi trabajo no sirve, podría descontarme las noches que me haya quedado en el bar.

No hubiera deseado decirle nada, habría deseado con todas sus fuerzas resolver sus problemas ella sola, como siempre hacía, pero sin más recursos… al final le había soltado todo de una vez. Como si no tuviera más escapatoría. Además, no era algo que pudiera ocultar cada que finalizara el día de trabajo y ella inventara cualquier excusa para quedarse un poco más. Bien o mal, al menos Alice sintió que se quitaba un gran peso de encima.

Rascó su mejilla con el índice, se le notaba apenada por su precaria situación aun si se esforzaba por disimularlo. Ella que siempre gustaba de mostrarse perfectamente autosuficiente y competente, ahora debía recurrir a quien menos deseaba por un poco de ayuda.

Bares - Kenzo


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Luego de que la joven le pidiese un momento Kenzo se apoyó contra la pared, sacando la cajetilla de cigarrillos del bolsillo y encendiendo uno mientras hacía tiempo, suponía que la mujer se estaría poniendo su ropa de calle, quizás algo de abrigo visto el frío que hacía estos días, más a esas horas de la madrugada donde ni siquiera un chaqueta de cuero negra le protegía del aire gélido. La joven apareció entonces y él le hizo una señal para que saliese primero del local. La chica obedeció, obviamente, sin embargo había algo en su forma de actuar que se sentía extraño.

Mientras cerraba la puerta del local y se guardaba la llave no se le pasó por alto que había dejado su maleta adentro. No le dijo nada, pues ya había informado a sus empleados que podían dejar algunas cosas en la sala de personal para casos necesidad, pero la mayoría dejaban cosas como una muda limpia, una bolsa de aseo o un paraguas… una maleta entera, en cambio sonaba excesivo ¿Es posible que planease hacer un viaje en los próximos días y necesitase llevársela consigo nada más salir del trabajo? No estaba seguro, pero como no iba en contra de las normas y él no era inmiscuirse en las vidas de otros, no dijo nada más el respecto.

Comenzó a recorrer el callejón trasero del bar, en dirección a donde había aparcado la moto, dejando escapar alguna nube de humo que se mezclaba con el vaho de su propio aliento en la fría noche. Al llegar a la esquina miró a la extranjera y se despidió de ella con un simple gesto de cabeza y un par de palabras— Buen trabajo, hasta mañana —con eso daba por oficialmente concluida la jornada, así que le dio la espalda y se volvió de nuevo hacia la moto, sin embargo el llamado de ella le detuvo en seco.

Cuando escuchó su nombre salir de la boca y vio su pequeña figura plantarse frente a él, no pudo menos que observarla con curiosidad, arqueando una ceja en un gesto inquisitorial, que daba una sensación de seriedad y mal genio que realmente no eran tal. Se había esperado que en algún momento le preguntase acerca de su trabajo, que quisiese resolver sus dudas acerca de si lo conseguiría o no, y si bien era cierto que aún seguía en fase de pruebas, estaba muy convencido de que la acabaría aceptando como empleada, por lo que si ese resultaba ser el problema entonces podría resolverlo fácilmente. Grande fue su sorpresa cuando se topó con algo totalmente diferente.

La rubia le confesó que había perdido su apartamento, no le dio detalles de qué había sucedido exactamente pero a juzgar por el rumbo que estaba tomando la conversación intuía que era más un problema de dinero que el que hubiese ocurrido un accidente o una disputa con la familia o la pareja. Alice estaba pasando un mal rato contándole aquello, aunque el ex policía no era tan consciente de aquella incomodidad, pero sí que estaba atento al panorama que le presentaba. Empezaba a pensar que el motivo por el que había dejado la maleta en el sitio era porque literalmente no tenía otro sitio donde dejar sus cosas, así como no lo tenía para estar ella misma.

Mientras la joven seguía explicándole el panorama, Kenzo se quitó el cigarrillo de la boca y dejó escapar otra densa bocanada al aire sobre ellos, pensativo, estudiando la propuesta de ella ¿Quería que le dejase quedarse en el bar esos días mientras buscaba otro lugar donde quedarse? Dudaba que ningún dueño de un local fuese a dejar a un empleado quedarse en el lugar conociéndolo desde hacía tan poco tiempo, sonaba arriesgado, aunque en su caso veía problemas más graves que el hecho de que ella pudiese robarle.

Dejó que terminase de hablar y entonces ambos guardaron silencio, un silencio expectante y tenso. Kenzo dejó escapar otra bocanada con un gesto lento y parsimonioso, observó como el humo se dispersaba por el aire, y luego de nuevo a la joven— No puedo permitir eso —su respuesta fue directa y tajante, obviamente un rotundo no, que dejó la escena más helada si cabía durante unos segundos. Sin embargo Kenzo hizo algo más, sacó la mano de su bolsillo y con esta la llave del local, para entonces tendérsela a la muchacha—. Toma lo que necesites de la maleta para pasar la noche y metelo en una bolsa. Solo lo necesario, no podemos llevar mucha carga en la moto.

Tras aquel mensaje aparentemente contradictorio le dejó la llave y volvió a darle la espalda a la joven, acercándose a la moto que tenía al lado para comenzar a prepararla, sacando el casco de debajo del compartimento bajo el asiento. Mientras estaba en ello volvió a mirar de reojo a la joven, una mirada aún fría y dura como siempre, pero que de algún modo se sentía más amable— Esta noche la pasaras en mi casa, vamos —concluyó, como si aquella fuese la conclusión más lógica a todo el problema, que para él lo era. Kenzo no podía dejar que la joven se quedase en el bar, pero no por miedo a que le robase, sino porque el local no estaba habituado para vivir en él; no tendría lugar para dormir en condiciones, ni asearse bien, ni cocinar, y eso por no hablar del frío, la calefacción del local era sencilla, y eso se debía a que el lugar se calentaba mayormente por el número de personas en su interior, así que una persona sola en mitad de la noche bien podía acabar enfermando allí. Por otra parte, no podía solo dejarla a su suerte en la calle luego de que había acudido en su ayuda, así que la respuesta al final era obvia.

Apuró el cigarrillo en lo que la joven volvía. Guardó la bolsa con las pertenencias de ella en el hueco bajo el asiento, y le encajó el único casco que tenía sobre aquella rubia cabellera antes de que se montase, sin consultarle siquiera— Abrochatelo bien —ordenó, mientras se acomodaba sobre la moto y la hacía arrancar, esperó a que ella se sentase también a sus espaldas, sintiéndola como un ligero bulto tras él—. Agarrate con fuerza, no querrás caerte —dio un último consejo, y tras eso se puso en marcha a gran velocidad con un repentino acelerón, internándose en la noche en su camino de vuelta a casa, aunque a diferencia de otras veces esta vez no lo hacía solo.
Matsuoka Kenzo
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Alice quedó estupefacta ante la fría respuesta de Kenzo. Sus ojos azulinos se clavaron en los oscuros de él mientras con labios entre abiertos, sintió como la boca se le secaba un poco, quizá debido a la impresión. Ahora tenía, por si acaso no le faltaba... un problema más en puerta qué resolver. Su cabeza, con tantos pensamientos cruzando de un lado a otro, se quedó aturdida por unos momentos de manera que sin chistar solamente tomó la llave de manos del mayor, asintió casi imperceptiblemente con la cabeza y con pasos lentos regresó hasta la puerta trasera del inmueble atendiendo las ordenes de su jefe. ¿Qué más podía hacer en aquellas circunstancias, salvo sacar sus pertenencias de un lugar que no era el suyo?. Se sentía realmente como un gatito perdido en medio de la noche.

Llegó hasta el sitio donde había dejado su maleta, se inclinó en cuclillas hacia ella aun con esa expresión estupefacta impresa en su rostro, y de repente, como si se tratase de un balde de agua fría, por fin reaccionó tardíamente a la respuesta de Kenzo.

¿Toma lo que necesites de la maleta para pasar la noche y meterlo en una bolsa. Solo lo necesario [...]? —balbuceó recordando las palabras del varón—. ¿Qué se supone que significa eso?

Frunció el ceño sin comprender la frase de Kenzo, en cambio, siguió las instrucciones y colocó dentro de una bolsa de plástico —a falta de algo mejor, pues su bolso era demasiado pequeño para ello— un par de conjuntos de prendas de ropa exterior e interior, así como sus productos de higiene personal. Únicamente lo esencial. Tras lo cual regresó a donde había dejado al muchacho, en el aparcadero donde aquel yacía montado sobre su motocicleta. Con paso lento, la rubia se aproximó hasta detenerse a un lado de la moto con la bolsa de sus pertenencias entre sus manos. Tan pronto como Matsuoka le hizo saber su intención, la obviada respuesta de Alice no se hizo esperar.

¡¿Q-Qué dices?! Ah... ¡N-No no no! No creo que eso sea una buena idea —el titubeo en su respuesta evidenciaba la sorpresa y quizá incluso nerviosismo que le había ocasionado la propuesta, que sonaba más bien a una orden como su jefe.

Alice era una chica inglesa, clásica, criada a la antigua. Y eso de pasar la noche en el departamento de un hombre soltero resultaba demasiado moderno para la muchacha que con torpeza dio un par de pasos hacia atrás, antes de que el hombre tomara la bolsa con sus pertenecías en un abrir y cerrar de ojos casi como si la arrebatara. Cosa que descolocó aun más a la rubia quien sólo permaneció mirando como aquel guardaba sus pertenencias en el compartimento oculto de la moto sin dejarle más opción que la de continuar siguiendo sus instrucciones. Aunado al hecho de que casi puso sobre su cabeza de hilos de oro, aquel casco protector.

Tal vez en circunstancias normales, Alice habría respondido con una simple y directa bofetada al rostro del japonés por si quiera sugerir semejante idea —y eso que previamente él la había juzgado de poco tradicionalista—. Sin embargo, la chica estaba en una situación desesperada, y de hecho, si lo pensaba mejor y con más calma, Kenzo tampoco estaba actuando normalmente. Walker se lo notó en el semblante siempre duro, inexpugnable, férreo... ¿había visto un toque de gentileza en sus facciones?

«¡No lo creo!» pensó para sí la joven una vez la moto estuvo en marcha con ella montada justo detrás de Matsuoka, con ambos brazos bien sujetos a la cintura esbelta del muchacho. Se sonrojo un poco al pensar ¿en qué momento pasaron de discutir en la calle después de que él la había tirado al suelo por despistado, a estar viajando juntos con rumbo a su departamento?. Era imposible que sus mejillas blancas no se tiñeran de carmesí, pues le resultaba embarazosa la situación. ¡A lo que lleva la desesperación! Lo único que rogaba al cielo era que sus padres nunca se enteraran de lo que sucedía.

El trayecto en moto no duro demasiado, sin embargo la experiencia fue grata ya que Matsuoka conducía con precaución y respetando las señales de tránsito. Tan pronto llegaron a una zona exclusiva en el centro de la ciudad, Alice admiraba los edificios lujosos y modernos que contrastaban mucho con los que ella podía alquilar. Frente a uno revestido de cristales y de bastantes pisos de altura, Kenzo se introdujo hacia el estacionamiento en donde aparcó la moto, Alice por su parte descendió de la misma aun con esa sensación incómoda en el estómago. Honestamente no le gustaba nada estar ahí. Aunque tampoco significaba que desconfiara de Matsuoka. Por lo poco que conocía de él, era un hombre taciturno, agrío, de mal carácter y encima era consiente que ella le desagradaba tanto como él a ella. Sin embargo, no por eso confiaba plenamente en él. Cualquiera pensaría que la solución de Kenzo ameritaba que la chica estuviera profundamente agradecida por el acto generoso del pelinegro pero... Alice era Alice, y siempre había ese espíritu de rebeldía en su interior.

«Tan pronto intente pasarse de listo, le doy un buen bofetón». Cavilaba para sus adentros sólo en caso de ser necesario, mientras el varón aseguraba su motocicleta sin percatarse de los pensamientos de la muchacha, para después guiarla al interior del edificio usando el ascensor del estacionamiento.

Es un lugar muy lujoso —comentó mirando hacia los números que cambiaban de color, rompiendo el silencio incómodo mientras ascendían en aquel pequeño cubículo hacia determinado piso—. Prometo... no causarle demasiadas molestias —inclinó ligeramente el rostro abrumada y sonrojada. La situación seguía sin agradarle.

Bares - Kenzo


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