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Durante muchos años, miles de seres sobrenaturales fueron cazados hasta la extinción. Hoy, existe un "rayo de esperanza", situado en alguna zona de japón llamado "Éadrom", donde es posible la convivencia entre seres sobrenaturales y humanos. Cubierta por un manto de protección, la también llamada "Ciudad de la Luz" sirve de hogar para muchos que aún lo creen posible, otorgándole educación a las jóvenes promesas sin importar su raza en uno de los institutos más grandes de todo Japón: el Instituto Takemori.
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PERMANENT LINKel Sáb Mar 02, 2019 6:09 pm
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No se avistaba un gran castillo levantándose por encima de las calles coronando el centro del espectáculo con su majestuosa figura elegante. Miró a la derecha, ni rastros de guardias vestidos de metal pavoneándose entre la muchedumbre luciendo sus insignias orgullosos en el. Ahora a la izquierda, mudos e invisibles estaban los estandartes que debían anunciar con honor las tierras pertenecientes al rey o a las ordenes que lo salvaguardaban de amenazas como lo era él. Es lo primero que notó de la nueva ciudad una vez que salió de la zona prohibida.

Podía tener la apariencia de un ciudadano cualquiera y por eso le es sencillo mezclarse con ellos; sin embargo logra percatarse de efímeras miradas alteradas que se dirigen directamente a la marca en su frente y luego bajaban hasta sus guanteles para regresar al frente o a su costado si estaban acompañados. No reacciona a ellas pero esta al tanto. Regresó un par de pasos atrás al percatarse de que uno de esos aparatos de transporte están parados a un lado del camino, lo mira con detenimiento sin realizar movimientos llamativos ni exagerados; siempre manteniendo un porte de protocolo. «¿Y los caballos?» Se preguntó atisbando su reflejo en el vidrio negro antes de volver a caminar con la duda revoloteando en sus pensamientos.

Su sentir se asimilaba a recuerdos en donde su presencia se debía estrictamente al cometido de conquista. Nuevas tierras vastas inexploradas, los mandamientos ensimismados tanto en su meta que no contemplaban ni de soslayo la idea de exploración de las mismas. Ahora era diferente. Estaba simplemente él por parte de los mandamientos, y lo más relevante, tampoco poseía alguna clase de orden del señor demonio para llevar acabo. ¿Qué más podía hacer si no era mirar un poco?. Acepta que podría estar expandiendo el sufrimientos por esas mismas calles, cambiar súbitamente las risas y charlas de los muchos pobladores a alaridos despavoridos arruinando la aparente tranquilidad que se extendía por los caminos mucho más de lo que le gustaría. Aún así, Sehn no podía negar que a pesar de que todo volará en mil pedazos afuera, culpa de sus compañeros, él permanecía apacible junto a una taza de té. Y todo corresponde al poder de los mandamientos, en pocas ocasiones debían entrar en combate los Diez juntos, pero todavía así, el mandamiento de la piedad siempre debía estar al tanto de todos los movimientos realizados, listo para brindar las ordenes exactas. Era un caballero pasivo en el campo de batalla, invisible a los ojos de los enemigos a no ser que fueran directamente a su encuentro.

Aquel pensamiento le presentó deseos de una bebida tibia, por lo que su mirada pasa a estar atenta a las tiendas. Después de pasar varias de muchas formas, y diferentes adornos en las entradas o productos exhibidos en las vidrieras, una que tiene la imagen de una taza humeante justo en la ventana parece adaptarse a su necesidad. Entra, se sienta en una de las mesa que tienen la mejor vista y pide un café. En la espera se limita a observar de forma cauta el lugar, ordinario con una pincelada sutil de elegancia; al ser miembro de la realeza demoníaca se siente con el derecho de poder juzgar en base a su propio criterio elevado. No se centra ni por un segundo en ninguno de los demás clientes, no es proclive a la observación de otros seres y mucho menos, por supuesto, de tan intrascendentes humanos.

La dependiente trae la taza, la deja con mucho cuidado sobre la mesa, cuestiona si puede ser de más ayuda. Niega con un movimiento de su cabeza, ella se marcha, entonces Sehnris toma la pequeña vasija del asa para elevarla a su boca. Aguarda unos segundos para captar el aroma, deleitarse con ese primer momento único de paz y tranquilidad después de su encierro maldito. Lo bueno dura poco, eso dicen y era cierto, Sehn baja la taza sin haber degustado el líquido para observar por la ventana; prestando atención a su entorno. Un bullicio, antes imperceptible, ahora lo perturbaba. Atribuyó aquello a la hora del día en la que debía estar, se aventuró a suponer que era el mediodía seguramente y por eso ahora los habitantes de la ciudad comenzaban a adentrarse en esa pequeño pero cómodo lugar.  

Habla— «Piensa» —Chad habla—
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