Bienvenido a la ciudad de Éadrom, donde la alianza entre humanos y seres sobrenaturales se hace cada vez más fuerte y posible ¿O no?
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Febrero 2019
Durante muchos años, miles de seres sobrenaturales fueron cazados hasta la extinción. Hoy, existe un "rayo de esperanza", situado en alguna zona de japón llamado "Éadrom", donde es posible la convivencia entre seres sobrenaturales y humanos.

Cubierta por un manto de protección, la también llamada "Ciudad de la Luz" sirve de hogar para muchos que aún lo creen posible, otorgándole educación a las jóvenes promesas sin importar su raza en uno de los institutos más grandes de todo Japón: el Instituto Takemori.

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Tema Privado No siento más el abrazo de tus ramas...

Mensaje por Jen y Morfeo el Miér Ene 23, 2019 9:22 pm

No siento más el abrazo de tus ramas... Thumb-1920-573779


Jen




Me encontraba de rodillas sobre un cojín roto, probablemente roído por ratones y desgastado tras tanto tiempo a la intemperie. Con la cabeza baja y los ojos entrecerrados mi vista se perdía en el infinito, atravesando aquel suelo de madera sucia, lleno de hojas secas y ramas de árboles, un suelo que dejó de limpiarse desde hace mucho tiempo. Frente a mí un pequeño altar de piedra maciza. Por él escalaban unas finas enredaderas que ocultaban casi por completo las letras grabadas sobre el material. En la parte de arriba había un pedestal ya vacío, donde seguramente antes se colocaban iconos religiosos que pasaron a ser alabados en otro lugar. La luz del exterior entraba por las vidrieras de los laterales del templo, y, aunque muchas de ellas estuvieran rotas, se podían apreciar los motivos sagrados pintados en ellas. Sin embargo, los años habían hecho mella en aquel edificio, me preguntaba cómo sería cuando aún alojaba a personas que venían a motivar sus creencias.

Respira…uno…dos...tres…— Con aquellas palabras recitadas en un tono bajo, tratando de hablar a lo más profundo de mí ser, intentaba concentrarme en relajar mi cuerpo, calmarlo ante el temor de lo que suponía para mí una tarea inalcanzable. Los recuerdos de aquel día se me hacían vagos, en mayor parte porque siempre había intentado olvidarlo, mantenerlo alejado para que no supusieran una barrera entre mi aprendizaje y yo. Pero era obvio que no podría deshacerme de ellos por completo y el hecho de vivir en Éadrom me recordaría que ese había sido el resultado de mi fracaso como mago — ...Flora…— Saqué aquello en un suspiro, casi como una leve caricia al indómito ambiente que me absorbía. El tacto y la tranquilidad eran clave en la magia primigenia de la naturaleza. Los cambios que suponían en el mundo no se desarrollaban de manera repentina y violenta, sino en un perpetuo crecimiento a paso de tortuga, imperceptible a simple vista pero fácilmente reconocible con el tiempo. Y así se mostraba en mi magia, solo algunos hechizos requerían fuerza e intensidad, el resto era como cantar una nana a un bebé mientras este se quedaba alegremente dormido en su cuna. Pero mi conjura no surtió efecto, como era de esperar. La pequeña planta que se había hecho paso por una grieta del suelo de madera no mostró ningún cambio. Mis brazos se desplomaron sobre mis muslos y me incliné hacia delante, cansado. ¿Cuántas veces lo habría intentado? ¿Cuántos hechizos habría repetido sin éxito? La cuenta se había escapado de mi memoria desde que era tan larga que se complicaba la tarea de recordarla. Ni siquiera podía dañarme a mí mismo, como aquel día. Ni eso…ni una simple señal…

En fin…— Suspiré con pesadez. Estaba triste, a pesar de que siempre ocultara la realidad de mis poderes. Últimamente el hecho de no poder encontrarme con mis raíces me hacía decaer. Era como una necesidad que poco a poco urgía. Como el sentimiento de un pájaro enjaulado al ver de lejos la ventana que lo lleva a la libertad, al cielo que tanto añora. Me sentía de esa misma manera, atrapado en algo que desconocía. Me erguí sacudiendo el polvo de mi ropa, inclinándome para recoger la botella de agua que había traído conmigo — Esperaba sacar algo de este lugar…— Mientras giraba la tapa observaba de nuevo la bonita arquitectura de aquel lugar asediado por la vegetación. Aquella era la imagen de lo que el poder de la naturaleza podía llegar a hacer, arrasar con todo — Es una pena que haya fallado así…— Mis labios se humedecieron con el paso del agua que bajaba rauda por mi garganta. Entrecerré mis ojos mientras saciaba mi sed, pero un crujido despertó mis sentidos. Sabía distinguir a la perfección el sonido inofensivo de la madera al caer en el bosque, de un conejo correteando sobre la hierba o de un pájaro posándose en una rama, pero aquel crujido se alejaba de todo eso. Debía estar alerta en todo momento, pues alguien como yo, quien no podía ni ejecutar magia simple, era carne de cañón en una región llena de seres sobrenaturales. Tapé la botella de nuevo, lentamente, tratando de no hacer ningún movimiento brusco mientras me volteaba para identificar aquel sonido. Bajo el marco pétreo de la entrada del templo e iluminada por la luz del exterior, una figura femenina me observaba atentamente. Era totalmente desconocida y, pese a ello, podía notar una extraña aura rodeándola que desprendía una sensación extraña pero llena de presencia. Me limité a quedarme allí, al lado del cojín que había estado usando hacía unos minutos, y tras unos segundos de silencio me atreví a lanzar la pregunta.

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