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Eran las diez de la noche y en silenciosa procesión, un grupo se disponía frente al desvencijado portón del cementerio. “Paraje de paz” sonaba un nombre bastante obvio para un terreno tan vasto y lúgubre, aunque el sonido de las criptas derruidas por el tiempo solo evocaba un lastimero recuerdo de las únicas y pomposas visitas que solían llegar allí. El pronóstico indicaba que la noche iba a ser estrellada, y sin embargo, el cielo nocturno se vio cubierto de espesas nubes que amenazaban con llover torrencialmente. Acompañados del cuidador del lugar, Stella junto a su tutor forense conformaban una curiosa comisión investigadora: detectives y fuerza policial de raso que llevaban instrumentos para la misión, repasaban los detalles del trabajo:

- Muy bien, todos sabemos por qué estamos aquí, aunque solo repetiremos lo fundamental: va a ser en completo anonimato el procedimiento. Sin teléfonos, ni cualquier aparato que pueda transmitir lo que vamos a hacer.

Los puntos que unían a Maris con la historia que se tejía esa noche, tenía relación con una investigación pendiente que, por razones externas, volvió a salir a la palestra noticiosa, manchando varios nombres de por medio y arrastrando muchas incongruencias protocolares. Básicamente hablaba de un delincuente, con un amplio prontuario, al que se le adjudicó la responsabilidad de perpetrar un gran robo, sin embargo, la causa de la muerte, las circunstancias y la negligente recolección de videncias, dejaron su muerte como una leyenda, provocadora y tentadora, que llevaba entrelíneas la historia de que su fortuna seguía allí, esperando por él. Luego del tedioso discurso del encargado del operativo, Stella, alzando la mano, concluyó:

- Entonces, lo que tenemos que hacer es, exhumar el cadáver ¿y ya?
- Si – en un tono desmotivado, el encargado de la investigación se dirigía a la estudiante, quien, en un par de palabras destruyó todo el ímpetu que transmitía el jefe.
- Entonces ¿Dónde está la retroexcavadora?
- Maris, eso ya está adentro del cementerio. Hubo un entierro hace poco y no han movido la maquinaria – de forma elegante, su tutor tomaba cada palabra y transmitía en el grupo un dejo de misterio.
- ¿Y no sería más fácil hacerlo de día?
- Realmente, sí. Pero por razones de fuerza mayor, nos han pedido que actuemos con la mayor discreción posible.

Mientras buscaban razones para sostener en el intertanto la razón de tanto misterio, el cuidador abrió la reja, dejando pasar al grupo, los que, al momento de tocar suelo santo, guardaron un sepulcral silencio. Ya adentro los diez integrantes dilucidaron la distribución de las lápidas: las más antiguas estaban adelante, mientras que, las del interés colectivo se disponían hacia atrás y los alrededores, entre mausoleos y lápidas más modernas.

- Sigh… Pues, bien. Ya estamos adentro. Recuerden lo importante: iremos en grupos de cinco hacia los extremos del cementerio. Cualquier lápida o inscripción que parezca sospechosa, la deben hacer saber de inmediato – y fue ahí, que un oficial entregó a cada miembro una mochila.
- Qué hay adentro – murmuró la italiana, escudriñando en la oscuridad: por el tacto notó que había una linterna, una libreta de anotaciones, un lápiz y un walkie talkie – Entonces, ¿va en serio esto de no usar teléfonos?
- Así es – respondió de forma castrense el encargado – nadie dice ni una palabra de la búsqueda. En cuanto encontremos la lápida, daremos aviso al grupo contrario y Smith irá por la retroexcavadora – fue ahí que, triunfal, el policía tintineó las llaves, indicando su posición y rango en el grupo. – Recuerden que el nombre de quien buscamos es “ Willow Jenner”, también conocido como “El gato”.

La tensión del momento, se quebró luego de escuchar el apodo del infeliz al que había que desenterrar - ¿Vamos a sacar a un “gato” de la tierra?- dijo entre risas una joven oficial. Luego de la mofa del teniente, la paz del grupo no volvió a ser interrumpida, en la frente de cada uno, el nombre de “Willow” o “el gato” comenzaba a ser el tesoro a encontrar. – Es hora de separarse. Tenemos hasta las 4 de la mañana para tener noticias y hasta las cinco para salir de aquí. Si no hay más preguntas, empecemos. De forma breve y cortante, el teniente y los otros miembros del cuerpo policial se dirigieron a la derecha, mientras que Stella y toda la rama forense tomaban rumbo hacia la izquierda, siendo guiados por la intensidad de cinco linternas encendidas.

-x-

10.45 pm

- Señor…
- ¿Si?
- ¿Por qué…. Hacemos esto, así? – la extrañeza de Maris iba dirigida al ostracismo de la investigación y al recelo del teniente por alguna fuga noticiosa. Con un largo suspiro, el tutor del servicio forense del hospital de Takemori empezó a relatar.
- La verdad es que, toda la historia de “El gato” es un misterio, tú has venido recién este año, pero yo, que he vivido toda la vida aquí, debo decir que, ese hombre era todo un personaje: en los centros médicos no hubo registro alguno, más allá del certificado de nacimiento, no hubo padres ni otros parientes que conformaran el círculo familiar del chico, y así y todo, siempre se le veía acompañado de un hombre mayor, al que llamaba “abuelo”. Y a temprana edad, empezó a crear su prontuario: en la escuela era un suplico para los maestros, y era el invitado obligado a las salas de castigos. Por eso no era de extrañar que, años más tarde, cuando ocurrió el robo a la joyería, todas las culpas se las llevara él.
- Parece que lo conocía muy bien – replicaba Maris, meciendo el halo de luz de una lápida a otra: ya iban por el año de deceso 1960.
- Más de una vez llegó al servicio, por constatación de lesiones
- Pero ¿no que no habían registros médicos?
- Claro, no los hay, las constataciones, en ese tiempo, formaban parte del prontuario policial. Más allá de los moretones y los rasguños, jamás se supo de alguna operación o enfermedad que le aquejara.
- Ya veo… - suspiró la rubia, colocándose la gorra de la chaqueta, en el cementerio, el aire estaba quieto, pero frío, cualquier vaho que se expeliera era notorio, como si las almas se sintieran celosas del calor de los vivos.
- Por lo mismo, también dicen que su muerte es un misterio: de un día para otro, luego del asalto, se le vio flotando en el río.
- ¿El rio? ¿Cómo si fuera un juicio de brujas? – irrumpió la voz de Smith, el conductor de la retroexcavadora, curioso y perturbado.
- Algo así. Además que… Dicen que… Es probable que no haya muerto, que todo esto haya sido un montaje.
- ¿Un montaje? ¿Para qué? ¿Por qué?
- El día que recuperaron el cadáver no hubo más testigos que el forense de aquel entonces, no hubo fotos ni un informe que dejara a todos satisfechos: “Muerte por ahogamiento” decían los diarios y los fiscales. Y cuando se enterró el cadáver, el féretro estaba cerrado, con clavos, nadie vio el cuerpo adentro, como lo hacen todos. Algunos rumorean que, el mismo “Gato” fue quien abrió el caso nuevamente, porque dentro de su ataúd, no hay un cuerpo, sino el tesoro que logró conseguir durante el asalto.
- ¿Un tesoro? – El hombre, intrigado, asintió con la cabeza - ¿Crees que, por eso…?
- Es por eso el anonimato: no quieren que esto se preste a malos entendidos y malas prácticas. Imagínate te encuentras al día siguiente con un montón de ataúdes abiertos de par en par…

Con esa premisa, fue suficiente para que las dudas se Maris se vieran acalladas y en silencio siguieron buscando alguna inscripción para dar con el paradero del susodicho. Sin embargo, al parecer, la leyenda de Willow también había caído en otros oídos. La luz de la linternas del grupo recayeron en un sospechoso que, en cuanto se vio observado, comenzó a correr entre los occisos.

- ¡Oye! – susurro Maris, impávida por la tediosa energía del ambiente, alejándose del grupo y empezando a correr tras el infeliz perpetrador.


Stella Maris
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Algunos días atrás…

Mudarse a una ciudad distinta no era ajeno a Bastian. Si bien había vivido la mayor parte de su vida en el mismo país, trasladarse continuamente se había convertido en parte normal de su crianza. Viajar en tren, en metro, en autobús, a pie. Incorporarlo todo y formar una rutina era la clave, pensaba, que mantenía cuerdo a un hombre en un mundo retorcido. Formar una base sólida, que las maravillas puedan salpicar, pero no manchar verdaderamente. Era curioso pensarlo, para un hombre que vivía de esas maravillas.
La nueva ciudad traía sus propios retos, pero estaba seguro de que solo podía abrazarlos si se mantenía fijo en la roca sólida de su rutina. Esa no había cambiado.

A las seis treinta de la mañana salía a correr. No antes, no después, tantas mañanas como le era posible. Corría durante cuarenta minutos exactos, prestando atención a sus alrededores: buscaba una ruta que pudiera incorporar a su vida: un escenario para colocar las bases de las rutinas simples y pequeñas que le ayudarían a despejar la mente. Sin embargo, las maravillas seguían persiguiéndolo.
Fue al cuarto día de su llegada dio con el sitio perfecto: cerca del camino al cementerio. Lo notó casi de inmediato. Sospecharía, tiempo después, que era la oscuridad la que llamaba a quienes han mirado en su dirección. Ya no se podía evitar.
Durante los siguientes días, recorrió la ruta, girando la cabeza para mirar en lejanía las rejas, los muros y las zonas más alejadas que le permitía su ruta. No la modificó jamás, desde luego. El cementerio era parte del escenario. Había cosas que comenzaba a reconocer: la reja donde había una enredadera, el árbol de ramas retorcidas y la lápida con la imagen del ángel, justo sobre una colina pequeña, que parecía mirar a todas en derredor con bondad. Comenzó a gustarle la fría calma de la piedra y la bendición del mármol.

Un hombre solitario, en un sitio distante, puede sentirse cómodo con el silencio. El silencio del cementerio comenzó a presentarse en su mente y, poco a poco, comenzó a pensar en él durante el día, cuando le abrumaba algún trabajo que debía atender. Le relajaba la imagen de la estatua sobre la tumba. Tal fue su sosiego, que llegó a sentir que miraba a un amigo cuando pasaba cerca, incluso fuera de su rutina de correr. Fue el primer amigo que hizo en esa tierra extraña, y al que decidió presentar sus respetos.

Nadie visitaba la timba de la estatua del ángel. Pocas veces había visitantes que pudiera ver, y la presencia de estos le alejaba. Prefería la calma y el silencio. Era lo propio en un cementerio. La oscuridad era algo que comprendía.

Esa noche…

Se vistió como si fuera a dar clases, pues lo imaginaba igual de solemne: Pantalones y zapatos negros, camisa blanca manga larga y corbata oscura. La chaqueta por encima, desde luego, pues era una noche fría. El bolígrafo en el bolsillo delantero iba también, junto a su confiable pluma, que se habían vuelto parte de su vestimenta, como un hombre que lleva el reloj en la muñeca o el anillo en su dedo. Sin embargo, ahora no había libros bajo el brazo, sino media docena de flores: rosas blancas envueltas en celofán. Una muestra de respeto para la imagen. No, no eran para la tumba, sino para la estatua del ángel. Había sido un amigo que le había traído tranquilidad, y presentaría sus respetos.

El temor de encontrarse con visitantes casuales le hizo asistir ya tarde, cerca de la hora del cierre. Afortunadamente hubo un entierro temprano. Visitantes habían llegado al lugar ya por la tarde y Bastian Shawn había entrado, entre el momento de ingreso del fallecido y antes de que lo hicieran los últimos dolientes. Encontró un sitio alejado, donde se sentó en una banca de mármol, con las flores cerca y aguardó. Temía que alguien le preguntara por su relación con la persona enterrada bajo la tumba que planeaba visitar –aunque visitar era mucho decir, para el acto de dejar unas flores, mirar de cerca la estatua, y marcharse-. Quería el silencio y la soledad, y lo consiguió.
Acudió a donde la estatua, dejó las flores, contempló la misma y se aseguró de no leer el nombre en la lápida. No era importante. No venía a ver a esa persona.

-Gracias –susurró y sonrió un poco. Entonces decidió marcharse…

Eran, probablemente, las diez, se dio cuenta de que debía incorporar un móvil o un reloj de pulsera a su guardarropa. No se percató de la hora del cierre sino hasta que vio la entrada cerrada. Tendía que escalarla… ¿buscar al vigilante? Explicar por qué un profesor recién llegado estaba encerrado en un cementerio de noche… un profesor que enseñaba artes oscuras también… Ya podía hacerse una idea de lo que pasaría por la mente de los directivos cuando lo supieran.

-Ahora si la he hecho buena…

Saltar, sería lo mejor. Colocó las manos en la reja, pensando cómo podría saltarla, cuando el ruido de motores se dejó escuchar cerca. Prefirió esperar, y fue la única buena decisión que tomó desde el amanecer, seguramente.
Al alejarse de la reja y adentrarse un poco en el cementerio, para no ser visto, logró notar que era un grupo de personas, ya tarde. A esta distancia logró distinguir un poco uniformes, a un trabajador del cementerio –sospechaba, pues lo vio con la máquina para excavar- y que se dividían. Por su mente pasó la idea más catastrófica:

“Un tipo entró aquí y no salió. Se veía sospechoso.”

Quizás era darse mucho crédito, el hombre podría haber ido a buscarlo pistola en mano, pero, seguramente, existía la posibilidad de que lo estuvieran buscando. Para variar, su apariencia inglesa daba la imagen clásica de un criminal. Tenía que mantenerse alejado.
Deteniéndose a observar, logró ver a un hombre dando instrucciones. No logró escucharles, pero se notaba que estaba a cargo. Era al que debía evitar. Cuando se dividieron y parecieron peinar el cementerio, decidió ir por el camino opuesto al del grupo del tipo con aires de autoridad.

¿Era posible que evadiera lo suficiente a un grupo de policías? Probablemente no. Tenía experiencia con seres sobrenaturales, pero, usualmente, él era quien investigaba, no la presa en cacería. Encontró un sitio algo más alejado, donde decidió aguardar.

Sentado, detrás de una diminuta suerte de mausoleo, sopló el aliento sobre sus manos ante el frío. De no estar acostumbrado a la humedad, seguramente se estaría congelando. Tembló un poco, y el cansancio lo llevó a no darse cuenta de pasos acercándose, hasta que los tuvo muy próximos.

- Señor…
- ¿Sí?
- ¿Por qué…. Hacemos esto, así?


Fue algo en el acento de la primera voz que llamó su atención: no sonaba nativo, era distinto, definitivamente. Había hablado poco con gente de otros países, pero reconocía lo suficiente un acento europeo, aún con lo distinto de su idioma natal. Decidió quedarse quieto y escuchar.

La historia comenzó a engatusarlo. Era casi la novela clásica del crimen con la que todo joven inglés crecía. Desde luego, esos cuentos fueron sus primeros pasos al interés en investigar, aun cuando sus gustos torcieron por algo mucho más distinto.
Cuando se dio cuenta, seguía, de lejos, los pasos de los agentes que caminaba en busca de una tumba desconocida. ¿Podría ser más pintoresco? Clásico, y pintado de negro, desde luego. En su cabeza resonó el Noir en el tono frances...

-Un tesoro y un criminal. Ya, es un sitio por demás interesante –susurró, y fue el siguiente gran error que cometiera: le habían escuchado.

Una agente volteó en su dirección. ¿Podría haberlo visto? Escuchó que susurraba algo y luego iba directo a su dirección. Ahora sí que no había duda: lo habían notado.

-F**k…

Retrocedió, primero un paso, luego otro, y luego la escuchó arrancar a correr. Fue mejor imitarla. Corrió.
Apretando los dientes y susurrando ascendente ”No, no, no…”, corrió de la agente. Era corredor, claro, no profesional, sin calzado adecuado, a oscuras y en un cementerio, perseguido por quien, seguramente, era una oficial entrenada. ¿A quién estaba engañando?
Sin parar de correr volteó un par de veces. ¿Llevaba pistola? Ya le habría gritado o disparado el aire, suponía.

-¡Aguarda, espera!

Esprintó un poco, intentando poner algo de distancia entre los dos. Encontró un espacio, en el que hubiera un ataúd o dos en medio, de distancia, y se detuvo, de frente a ella, levantando las manos. Agitado, con un par de gotas de sudor y su aliento visible a causa del frío.

-Me rindo, ¿está bien? Tómelo con calma, oficial. Seguro es un mal entendido… Me llamo Shawn, Bastian Shawn.

No se había percatado, de lo mucho que se habían alejado del resto en la breve carrera. ¿Lo suficiente, o demasiado? Ahora estaba en problemas, sabía demasiado, o había escuchado mucho. Pero, ¿qué era peor? ¿Saber sobre aquél tesoro, o ser atrapado irrumpiendo en un cementerio a causa de sentimentalismos? Tenía que pensar rápido.

Off:
Espero no haya problema si me uno. Te mandé MP
Bastian Shawn
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Quizás correr en silencio hacia el sospechoso no fue la mejor idea, había que ser precavido con no pisar las tumbas ni pasar a llevar los adornos florales de las más frescas ¿algún refuerzo? , ninguno: al parecer el forense y la guardia prefirieron que la estudiante se hiciera cargo, sin más arma que una linterna y un walkie talkie. Ni hablar del otro sujeto, quien, de pronto, apagó la luz de su linterna, ocultando así la presencia de los otros – “Gracias, infelices” – gesticuló, furiosa. Stella jadeaba, presa de un nerviosismo inusual: la historia del sumo respeto a los muertos era una reliquia italiana que había sido marcada en su piel con tesón. Y ahora mismo, estab haciendo lo que precisamente nunca debía hacerse en camposanto – “Mamma… Tengo miedo”- pensaba asustada la joven quien seguía la siga del susodicho: de pasos torpes pero veloces, por la prisa parecía que él tenía más miedo de ella.

Por su cabeza, divagaban muchas ideas ¿quién sería tan desquiciado como para esperar a que caiga la noche en un cementerio?¿Sería otra clase de ser sobrenatural que residía en Takemori? Las sorpresas en la ciudad eran pan de cada día, sin embargo, su ya deformado criterio aún no podía concebir, un acto de semejante calibre. Mientras aqueelas conjeturas se acunaban para sí, de pronto, el sujeto dejó de correr, y sin mayor provocación se alzó de brazos, pidiendo disculpas. A dos tumbas de distancia, Maris se hallaba de pie frente al hombre, en la impoluta oscuridad, solo guiada por su voz: el acento era marcadamente europeo ¿Inglés? - ¿un inglés en Japón? Dijo, sin mayor cuidado. La linterna se dirigió rápidamente al rostro ajeno, mostrando un hombre mayor que ella, asustado de su presencia, sin más armas que sus manos desnudas. No parecía haber marcas de tierra o de trabajo en su aspecto ¿Sería un deudo? ¿Qué clase de deudo es este que se queda encerrado en el cementerio?

- ¿Oficial? – visiblemente cansado, Maris, jugó con la imagen de oficial encubierta, escuchando atentamente cómo el miedo del hombre hacía que se presentase. Bastián Shawn era un hombre, que, a su juicio, estaba fuera de sitio en esta escena, sin embargo, no le cabía en la cabeza, que, un extraño aparezca así, tan de repente, en el cenit del acontecimiento – Sí… Oficial –asintiendo, Maris, se acoplaba al apelativo dado, y a partir de ello empezó a indagar un poco más sobre el sospechoso – Tranquilo, no tengo arma en este momento – buscó entregarle confianza, haciendo el mismo gesto de alzar las manos, en señal de su desarme – Pero todos dicen que es un malentendido ¿entiendes al punto al que voy? – En un tono relajado, la rubia buscaba ganarse la confianza del extraño. Alrededor no había señal del desentierro, ni siquiera de alguna pala o herramienta que sugiriera la acción morbosa del joven. – Creo que, es lógico saber qué haces aquí… Y si has escuchado algo indebido – con inusitada soltura, comenzó a acercarse a él, buscando con la luz de la linterna, algún objeto  peligroso que pudiera perjudicarle. Fue en eso que de pronto, el radio sonó.
- ¿Stella? ¿Estás ahí? Responde – la voz serena del forense desvió su atención.
- Sí, estoy aquí. Estoy bien, señor.
- Me alegro ¿qué ha sucedido?
- Hay un sujeto, lo estoy ¿deteniendo?
- Ah, me parece muy bien. Solo te pediré una cosa
- ¿Sí? – atenta, Maris esperaba la instrucción de su forense, cuando en un instante, la radio dejó de transmitir - ¿Profesor? ¿Está ahí?

En un breve silencio, la tensión ambiental comenzó a subir: junto a un desconocido, la italiana, se hallaba perdida en un grupo de tumbas diferentes, mejor cuidadas, pero tan antiguas como las de la entrada. Fue en eso que, un haz de luz comenzó a hacer señas, para que retorne al grupo. La luz se prendía y apagaba, indicando el camino a seguir.

- Gracias por la señal, iré en camino con el sospechoso – tomando de la mano al susodicho, Maris, intentó hacer que el sujeto la acompañara, cuando la respuesta del radio le indicó otra opción a tomar. Al otro lado, la voz quejumbrosa del profesor solo logró  decir – No sigas esa luz y huye.

Luego de eso, la señal no volvió a sonar, y el sonido del walkie talkie sin respuesta quebraba la calma del camposanto. La incertidumbre se acopló a su garganta, haciendo un nudo profuso. Estaba asustada, acompañada de un desconocido y sin mayor antecedente que debía mantenerse alejada del grupo de búsqueda ¿qué estaba pasando? ¿Por qué su seguridad era mayor alejada de ellos? ¿Quién era el ente con el haz de luz? La seguridad de hace unos momento comenzó a desvanecerse en un lánguido y trémulo suspiro. Había soltado la mano del individuo y empezaba a inquietarse, encerrándose en sus lúgubres pensamientos. Temblaba. Y en ese frenesí fue que, de pronto, el haz de luz ajeno comenzó a acercarse. Por dentro, una voz le gritaba – “Apaga tu linterna. MALDITA SEA”.
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No había sido su intención escuchar. Para ser sinceros, una vez comenzado, fue dificil dejar de hacerlo. La historia era interesante y siempre estaba preparado para un buen relato, aun es esas circunstancias. Ahora no podía evitar saberlo, saber demasiado, y demasiado poco. Las ideas en su cabeza habían comenzado a formarse, pero se separaron al agitarse con la carrera, escapando. Y es que algunas de esas ideas habían sobrevivido: las que hablaban de los mayores peligros. Quizás fuera un instinto de supervivencia.

“Estas personas están haciendo algo peligroso y secreto. O son un grupo especial, que tiene que mantener todo en silencio… o son corruptos. Sea como sea, pierdo yo.”

Y al final, había preferido detenerse, antes de que le pegaran un tiro. En retrospectiva, más le habría servido seguir corriendo, pero no era capaz de ver el futuro.
Ahora estaba de pie, jadeando un poco a causa del ejercicio, temiendo que aquella policía le fuera a arrestar o peor. Con las manos en alto, dirigió su mirada hacia la figura de autoridad intentando verle bien, pero la luz de la linterna lo cegó momentáneamente. Levantó la mano a la altura de los ojos, haciendo la cara a un lado y cerrando el ojo más próximo a la luz. Ahora sí se sentía como un personaje de una novela negra. La secuencia de eventos que siguieron puso en marcha su cerebro una vez más. Tenía que pensar rápido si quería salir de un auténtico problema.

Ella preguntó algo -“¿Oficial?”- y luego reafirmó. Bastian no comprendió bien la naturaleza de esas palabras y tonos. Tampoco se presentó, le mostró una placa o requirió su identificación. Al contrario, le anunció que no tenía arma, y eso encendió las alarmas de su cabeza: Sin arma, y diciéndolo de frente. Podía significar que confiaba en que no era peligroso, o quería sacar algo de él… o peor, que estuviera mintiendo Cualquiera de esas situaciones lo dejaba sin saber que esperar. Solo estaba seguro de que saltar a conclusiones, en esa rarísima situación, lo iba a dejar muy mal parado.
Asintió ante su segunda pregunta. Como profesor, le había tocado mil veces el mismo cuento de los alumnos: es un mal entendido.

–Entiendo eso -concedió, antes de que ella fuera a insinuar una acusación… verdadera, al menos en parte: había escuchado algo indebido-. Quizás sí, pero no es por eso porque estoy aquí en realidad.

La oficial se acercó, alumbrándole de nuevo, ahora en busca de algo en él. Quizás un arma. Era bastante lógico, pero la luz no directa y la distancia menor le permitieron al fin contemplar debidamente a la mujer delante de él, y un solo pensamiento le saltó de inmediato:

”¡Pero qué joven es!”

La situación lo tomó por sorpresa. Era incluso algo más joven que él, que todavía no entraba en la treintena. Su figura delgada y de facciones tan intelectuales le hacían pensar más bien en una detective que en un oficial de patrulla. ¿Estaba delante de la heroína de la novela en que se había metido? Esperaba que no, ya que eso significaba que él era un personaje que podía morirse en cualquier momento.
Cayó en cuenta que era ella la que tenía el ligero acento francés que había reconocido. También era extranjera, y eso lo hizo sentir algo más cómodo.

-Descuide, oficial. No tengo armas tampoco.

Claro, que esa era su palabra. Pensó que sería registrado, cuando la radio de la chica sonó y escuchó a quien, se adivinaba fácilmente, era su superior, llamarla por su nombre: Stella. Se aseguró de recordarlo, aunque el nombre, al igual que el título de oficial, no tenían la misma fuerza en su mente que el título de Detective que le había imaginado ya.
Guardó silencio mientras la charla entre los policías continuaba y él intentaba poner atención, enterándose de que iba a ser arrestado en serio. Ahora sí que la había liado…
De pronto, la comunicación pareció cortarse. Quedando a solas con aquella joven, pensó que tendría un momento para explicarse, aunque no se le ocurría demasiado que decir sin incriminarse. Verse como un tonto, era más útil, quizás.

-Escucha -intentó hablar de manera más personal, eso quizás sirviera de algo. Funcionaba con los alumnos… a veces-, lo del malentendido no ha sido una broma. Vine aquí más temprano, y me quedé encerrado.

Era sincero, aunque sonaba poco creíble. Pensar en explicarse le hizo ignorar las lápidas y tumbas alrededor, en su estado. Quizás, de haber estado buscando lo mismo que ella, habría reparado en su significado. Craso error…
No supo bien si su media explicación sirvió de algo, pues la chica llamada Stella le tomó de la mano para encaminarse ambos a donde fuera que le esperaban sus compañeros. Eso también le llamó la atención: no le llevó sujetándole por un brazo o le hizo caminar delante. Eso le hizo recordar que llamara a su superior “Profesor”… ¿Era posible, que estuviera junto a una novata? Explicaría muchas cosas, incluyendo su juventud, pero eso también descartaba otras cosas. Decidió cooperar, caminando junto con ella de la mano, por un cementerio. Lo siguiente, ocurrió muy rápido y muy lento en su cabeza, y pareció cambiarlo todo.

Se retomó la conversación en la radio casi al tiempo que se veía una luz. La luz no le gustaba a Basian Shawn, al menos no cuando tenía problemas. Su sensación fue confirmada casi de inmediato cuando de la radio surgió una advertencia para la joven. Algo iba mal, algo iba realmente mal ahora.
Al principio no lo comprendió completamente, pero el mismo instinto de supervivencia que le recordaba los puntos que lo habían tenido asustado, ahora le hacían sonar esas mismas alarmas en rojo, con todas las sirenas sonando dentro de su cabeza: a esos tipos, los compañeros de la oficial, les había pasado algo, y podría bien pasarles a ellos. ¿Qué podía meterse con la policía? Se le ocurrían algunas cosas, cada una peor que la anterior.

–He, Hey. Oficial… -Buscó su Mirada, sintiendo como su agarre se aflojaba y dejaba ir su mano. Ella miraba hacia la luz, aparentemente pasmada.

En sus ojos azules logró ver algo similar a lo que había sentido él al ser capturado y que estaba sintiendo ahora mismo. Con el borde de su mano aún cerca de la de ella, percibió que tembló un poco. ¿Cómo culparla? La voz en la radio le había dicho que huyera. Un nuevo escalofrío le recorrió la espalda. Años de toparse con cosas peligrosas le habían hecho comprender cuando su instinto le decía que era hora de correr… de nuevo. Pensó rápido muchas cosas cuando la luz en lejanía comenzó a acercarse hacia ellos, pero solo le quedaba claro que tenían que irse.

-Oficial -insistió, ahora tomando de la muñeca a la chica, que parecía tan asustada y nerviosa como él. Tiró con algo más de fuerza de ella, ahora casi poniéndose de frente y tomándola por los hombros-. Algo va mal, ¿sí? ¡Tu jefe te dijo que huyeras!

Colocó su mano entera sobre la luz de la linterna e intentó arrebatársela para apagarla. La luz nunca era su aliada, no la quería cerca. Independientemente si lograba su cometido o no, fue ahora él quien tomó su mano, esperando que la joven lo siguiera ahora, escapando.

-¡Vámonos! -la apremió, echando a correr, si es que le acompañaba.

Tenían que hacer más que poner distancia, tenían que perderse en la oscuridad antes de que los atraparan. Apretando los dientes, se obligó a que el miedo no lo dominara. Las ideas sobre sus explicaciones se desvanecieron ante el instinto más básico. A penas se daba cuenta de que estaba a solas con la joven policía, probablemente solos ante algo terrible.
Se le ocurrió que la mejor ruta de escape era la que conducía hacia algunos de los mausoleos medianos más cercanos, si es que lograba localizarlos. Tenían que perderse pronto.
Bastian Shawn
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“Fuera de sitio” era el concepto propicio para reunir las piezas de este escenario: frente a ella tenía un prospecto de humano, que justificaba su presencia como un malentendido. Maris estaba asustada y trataba de compaginar el mensaje de la radio con quien tenía al frente ¿sería viudo?¿o algún familiar habría muerto? A su vista, no parecía llevar el rostro demacrado de quien se ve enfrentado a la muerte, más bien parecía un obtuso, salido de contexto, alguien que sí podía decirse, que pudo haber quedado encerrado en el cementerio y que, posteriormente fue corroborado por él mismo – ¿De-de verdad me estás diciendo que te quedaste encerrado aquí?-. Llevaba en el rostro una mueca de desconcierto, que luego se acompañó al suyo con un claro espanto al escuchar el mensaje funesto de la huida.

Fue un lapso breve donde de pronto todo lo que dijera el extraño no importaba ¿qué era eso tan terrible, que involucraba su seguridad? ¿Por qué era más confiable éste sujeto?¿qué había sucedido con su profesor? Antes de dejarse caer por el pánico, el hombre le sostuvo de los hombros y le habló: tenía la voz firme, con un claro acento inglés. Un europeo. Irónicamente, Maris comenzó a sentirse acompañada luego de tan obvio descubrimiento, y sin mediar palabra alguna, asintió, cerrando los puños y apagando la luz de su linterna, escapando con el joven del repulsivo nuevo enemigo que se había escondido con ellos. “Oficial, oficial… No soy ni la sombra de un oficial de un juego de rol de mesa” No era el momento de dejarse llevar por la imaginación, y de hacer la escena un escaparate salido de alguna película Noir. No había una banda sonora a sus espaldas ni una concurrencia con ojo agudo que acusara de su paupérrima actuación.

¿Irnos? ¿A dónde? – luego de varios pasos corriendo de la mano con Bastián, Stella salió del penoso trance y entendió, que su vida corría peligro – Estamos perdidos, encerrados en el cementerio hasta las cuatro de la mañana, cuando venga el guardia a buscarnos… - El detalle del segundo grupo era algo que se le había escapado, miró hacia atrás: el haz de luz se movía furioso por el aire, buscando, escudriñando en cada tumba un ápice que les indicara dónde estaban los “intrusos”- Espera un momento – pidió, avergonzada. Sentía la rubicundez subirle por el rostro y el miedo dominarle las manos: le llamaba la atención la seguridad del extraño para dirigirse a los mausoleos ¿Cuánto tiempo llevaba perdido este hombre aquí? ¿Le habrá dado el tiempo suficiente como para saber hacia dónde ir? - ¿Estás buscando una salida? ¿Entre los muertos? – la cara descompuesta de Stella daba a entender unas cuantas ideas que rozaban lo perverso “¿Me va a matar?”- bruscamente se soltó de su mano y entabló distancia. A su alrededor una ciudadela de difuntos se alzaba con parsimonia, cortando toda tensión, invitando a los polizones a seguir un perenne sueño – Tengo que avisar al segundo grupo – Tan rápido como pudo, activó el radio y buscó la libreta de la mochila – Aquí están las frecuencias de los otros… - Grande fue su sorpresa cuando notó que las hojas donde debiesen estar los datos importantes estaba arrancada, a propósito. Finalmente lo entendió: estaba incomunicada y aislada.

¿Qué demonios es esto?-musitó, furiosa, revisando frenéticamente cada una de las pequeñas hojas ¿Una mochila alterada? ¿Cabría la posibilidad de que el resto tuviera el mismo problema? ¿quién sería el artífice de tan retorcido plan? Silencio. –Hay… Hay demasiadas cosas en las que pensar – tomar una actitud fría ante tanta tragedia parecía correcto. En esos momentos era Stella y Bastian, alejados del grupo de exploración, sostenidos por la historia de un tesoro y un posible cuerpo a encontrar. Suspiró apesadumbrada por las circunstancias, pese a que no era su estilo llorar sobre la leche derramada – Bien, supongo no queda de otra… - se acercó a Bastián y le extendió la mano – Me llamo Stella. No, no soy un oficial, soy estudiante de medicina, y quiero ser forense… Creo que ya sabes, o al menos, te haces la idea de qué estamos haciendo aquí. Aunque claro, las cosas se han salido de control… Muy de control – reprochó, mirando al suelo, confundida por no saber lo que ocurría en el grupo de su profesor, ni mucho menos del otro. Podríamos salir de aquí… O buscar la tumba del “Gato” y hacernos famosos – se encogió de hombros, buscando aminorar el impacto de su propuesta- ¿qué dices tú?

-x-

Lejos, muy lejos de los intrusos, el haz de luz del cazador se apagaba, ofuscado por no haber logrado dar con sus presas. En el aire, a calma de los muertos se había visto interrumpida: el ánimo de la búsqueda del gato se asentaba sobre las lápidas, atentas y curiosas, esperando guiar a un oscuro secreto.
Stella Maris
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De entre todas las cosas que la joven podría haber dicho o hecho para que el temor que los invadía disminuyera, la que menos esperó Bastian fue la pregunta incrédula. Casi creyó entender: ¿De verdad eres tan tonto? El rosto le cambió por un momento. Sí, sonaba a que era un auténtico tonto. Casi agradeció el peligro en el que se encontraban para poder evitar esa situación tan embarazosa… Casi. Por ahora prefirió guardarse la respuesta.

Cuando comenzaron a correr, tenía la idea de ir a los mausoleos que había visto antes, cuando recién entrara. En realidad era la única ruta que conocía al interior del cementerio. Ni siquiera estaba seguro de que tanto podía extenderse.

-A donde sea menos aquí. O lejos de quien sea que parece… -pausa. Parece… ¿qué? Perseguirlos, quizás. Sí, alguien perseguía a alguien, y casi seguro a ellos dos, pero la historia de suspenso se había formado tan bien que quizás se estaba dejando llevar por la misma- …estar buscando.

Se detuvo cuando ella se lo pidió. También estaba comenzando a cansarse. Correr bajo tensión era terrible. Asintió. Habían comenzado a adentrarse en medio del área de mausoleos a la que pretendía buscar refugio y no escuchaba a nadie detrás. Podían permitirse un segundo, al menos.

-¿Cómo? No, no lo estoy.

Miró alrededor. No estaba buscando nada en realidad. Solo quería alejarse del miedo que los había dominado un momento. Sirvió de poco, al parecer.
Cuando la joven se soltó de su agarre, sobresaltada, no intentó detenerla, tan solo la miró poner distancia. No podía culparla, desde luego. Eran completos desconocidos en medio de la noche. Quizás fuera cierto que se trataba de una oficial desarmada a la que un sujeto extraño podría estar conduciendo a una trampa.

-Sí, está bien -aceptó ante su propuesta de avisar a su otro grupo de compañeros. Esperaba que eso le ganara algunos puntos en la fianza de la joven- ¿Alguien les estaba buscando o algo así? Lo que estaban haciendo sonaba peligroso.

Ahora que lo pensaba, no recordaba el nombre del criminal cuya tumba estaban buscando. ¿Lo había logrado captar? Sabía que había habido un tipo misterioso, del que casi nada era seguro, salvo que tenía una leyenda de una fortuna enterrada por allí. Tan seguros estaban esos policías como para ir allí. Tan seguros parecían otras personas en que era cierto, que habían ido en pos de los primeros.

“¿Qué demonios es esto?”

Volteó hacia ella de nuevo, viéndola trastear con el cuaderno con las hojas arrancadas. Era completamente inútil. Estaban aislados. Quien quiera que hubiera planeado eso, lo había hecho con bastante antelación. Eliminar la forma de comunicación. Definitivamente estaba de acuerdo en que había demasiadas cosas en que pensar. Y entonces, ella le dio algunas más.

Al verla acercarse y presentarse, todas las ideas que había concebido antes se desplomaron. Su cara cambió de la tensión a la estupefacción. Lentamente abrió los ojos bastante y separó un poco los labios. No era una policía, ni siquiera estaba graduada. Conan Doyle escribió alguna vez, a través de las palabras del célebre detective, que el peor error de un pensador era torcer los hechos para amoldarlos a una teoría. Tenía que hacerse al revés. Ahora todas sus ideas forzadas quedaban en el suelo. Todas menos una: en serio estaba metido en un problema. Él y la joven delante de él.

-Te estás quedando conmigo -dijo luego de un instante de silencio-jo… Así que se llamaba “El gato”.

Cerró los ojos un momento, apesadumbrado. Asintió despacio. De nuevo volvía a estar de acuerdo con ella: en serio no quedaba de otra. Estaban los dos juntos y abandonados allí por ahora.

-Vale, sí. Lo entiendo -le dio la mano entonces, estrechándola, si es que ella aún quería hacerlo- Stella. No me mientas, ¿de acuerdo? -Pidió, mirándola de forma más seria, pero más en control de sí mismo-. Tienes razón en que las cosas se salieron de control. Confiaré en ti, si haces lo mismo. Ya te he dicho mi nombre. Soy profesor en el instituto.

Esperó su reacción. Ella había propuesto trabajar juntos. Era mucho más fácil salir del problema de esa manera. Decidió corresponder su repentina honestidad. Pese a que no había mentido realmente, sí había que confirmar algo.

-No era mentira. En serio quedé encerrado aquí -. Admitió, mirando a un lado, algo avergonzado. Restó importancia de inmediato, señalando al cuaderno que tenía la chica- ¿Puedo ver eso? Parece que alguien se está tomando un esfuerzo por separarles. No les arruinó las radios, no quería que se dieran cuenta. ¿Se te ocurre quien puede ser?

No esperaba demasiado, es decir, obviamente quien estuviera haciendo eso actuaba con astucia. Escaparse no sería fácil. Tampoco le interesaba hacerse famoso, en realidad. Aun así, algo seguía pareciendo raro muy raro.

-Vale, déjame pensar un momento -intentó mirar a los ojos a la joven, al hablar, pero era dificil en medio de la oscuridad que les rodeaba- ¿Crees que esa persona está buscando la tumba de ese gato? A mí me suena que, si es así, no tendría que haber sacado a los demás del juego, sino esperar a que ellos la encontraran. A menos de que algo pasara, algo que no estaba previsto.

Intentó no sacar más conjeturas por ahora. Hacer eso antes lo había dejado vulnerable. La próxima vez podría ser peor.
Una parte de Bastian Shawn quería irse de allí. Otra, solo averiguar si los compañeros de Stella estaban bien e intentar darles una mano, quizás, para torcérsela a quien quiera que rondaba por allí. Una más, la más fuerte, quería saber qué es lo que estaba pasando: llegar al fondo de todo. Hacerlo directamente era demasiado peligroso. El meollo de todo parecía ser siempre ese condenado gato. Con lo que le gustaban los animales.

-Vale, no se trata de fama, ¿sí? Creo que es lo que tenemos que hacer para comprender mejor todo esto. Hay demasiadas cosas raras, y eso no me gusta - Asintió, intentando darle a entender que su propuesta le parecía bien. Encontrar la tumba antes de que lo haga el otro-. ¿Tienes un nombre o algo para comenzar a buscar?
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Correr era la alternativa a la sobrevivencia. Un concepto trillado pero efectivo; en mitad del campo santo, dos extraños se dirigían sin destino fijo hacia cualquier sitio que pareciera seguro, y Stella por lapsos no dudaba: sabía que el hombre que tenía en frente no podía hacerle daño, sin embargo, no podía ocultar su desconfianza hacia el mismo ¿quién puede desear quedarse encerrado en un sitio tan vasto y tétrico como éste? Incomprensible, a los ojos de una mujer que sentía un profundo respeto por los muertos. Para ese momento, la búsqueda se había convertido en una muy mala jugarreta, un intento burdo de popularidad que había trastocado la misión inicial: su mentor estaba perdido, quizás al inicio del cementerio, el resto estaba desaparecido, el radio era mejor no usarlo ¿qué clase de retorcido se daba el tiempo para buscar tantos detalles?

- Confieso que… Tengo miedo – balbuceó, en un muy mal japonés hacia el otro – No entiendo quién hizo esto y por qué. Yo solo vine por una exhumación y ahora…- la voz empezaba a quebrarse delicadamente- ahora tengo que huir de un desgraciado infeliz que me tiene perdida contigo… No, no lo tomes a mal – siguió su soliloquio con una lágrima corriendo por su mejilla – Es solo que, esta ciudad tiene cosas muy raras. Nada parece ser normal aquí ¿Lo has… Lo has sentido? – No podía culparle, era una suerte muy curiosa eso de que tuvieran una compañía en el otro, a sabiendas de lo inexpertos que eran en el tema. Frente al acuerdo, solo asintió y estrechó su mano con delicadeza – Sí, está bien. Tranquilo, no me gusta mentir. No me… No me sale muy bien – La fragilidad de su sinceridad le provocaba náuseas ¿soltar todo así de rápido? Difícilmente creíble, pero, algo en su interior le decía que hacía bien, un “je ne se quoi” le indicaba que apelar a la honestidad con Bastian le llevaría por buen camino. - ¿Profesor? Vaya, ¿y qué ramo impartes? Yo soy estudiante de Medicina, quiero dedicarme al área forense- tímidamente esbozó una sonrisa – por algo, estoy aquí.

Le entregó su libreta sin mayor revuelo, efectivamente, las hojas se veían arrancadas y aceptaba las aseveraciones de Bastian con tesón: - es muy probable que sea alguien del grupo – dijo, mientras se apoyaba contra una de las paredes del mausoleo, estaba húmeda pero bien cuidada – La verdad no me imagino un tercero pensando en esto: cada uno de nosotros está relacionado o con la salud o con la fuerza policial, el único que no calza es el guardia del cementerio… Pero – haciendo una pausa se esforzó por recordar al hombre- es… Es demasiado viejo ¿le has visto? Es como una pasa viviente, da la impresión que ni siquiera tiene hijos. Quizás es lo que dices: alguien sintió que todo se estaba perdiendo y empezó a actuar – “Pero quién…” – era una conjetura fácil, que encajaba cuidadosamente en la hecatombe del momento: un desquiciado dentro del grupo, buscando fama o algún eslabón que lo conectaba con el féretro de un occiso. Se maldecía continuamente ¿Porqué no puso más atención a los otros integrantes? Chasqueó la lengua, molesta, mostrando toda su frustración – Debí haber sido más cauta- afirmaba la palma izquierda sobre la musgosa piedra – Lo siento, pero no supe darme cuenta quién pudo ser. Lo único claro, es que pudo estar entre los diez.

Suspiró pesadamente, en cuanto Bastian se decidió a seguir con el plan inicial: encontrar la dichosa tumba. Para ese momento, Stella no podía hacer más que entregar su confianza a ese sujeto, coincidiendo en que esa iba a ser la función principal del dueto - Veamos… Por dónde empezar – sin pretenderlo, y pidiendo permiso en minúsculos murmullo, Maris tanteó las puertas de los mausoleos, a ver si alguna estaba abierta: la noche amenazaba con llover y lo último que necesitaban eran ser gatos mojados. Cedió al impulso una, metálica, con diseño de hojas y vitrales. Disimuladamente prendió la linterna para ver la inscripción: “Hatori… no Kazoku”Ah, creo que ahí dice “Familia Hatori”, mi japonés es muy malo… Hay que entrar – para sorpresa suya, el pequeño panteón estaba bien estructurado, pero abandonado, con enredaderas en las grietas y bichos que corrían asustados a esconderse por la luz – No es el mejor lugar, pero me siento más “segura” aquí adentro- se alzó de hombros, intentando evocar una sensación despreocupada.

- Sigh, afortunadamente traje mi teléfono, aunque no me fio en prenderlo, pasó por un chequeo en la estación antes de venir para acá.- con desazón recordaba la implícita delicadeza del operativo: siempre discretos, ningún filtro que pudiera provocar la alarma pública - Lo que se maneja es que, hubo una situación, que se relacionó con un caso antiguo, un ladrón de poca monta que se apodaba “el gato”. Dicen que robó una joyería y que las especies nunca fueron recuperadas…. Espera ¿No habías escuchado eso antes? – entrecerró los ojos, confundida y ofuscada ¿Esa era la parte que quería oír?- … Fisgón… En fin, los únicos datos que nos dieron eran que el susodicho estaba enterrado aquí, su nombre era “Willow Jenner” aunque no están seguros de la fecha, ni el lugar, ni cómo es la lápida… En sí, todo es un misterio.

A medida que iba descifrando la información, Stella se iba percatando, que toda la parafernalia en la que estaba inmiscuida, tenía más bien una intención escabrosa: no manchar el nombre de nadie lo suficientemente popular como para tener que cortar cabezas del cuerpo policial. O médico. O judicial. El que haya empezado con este escándalo tenía mucho que perder.

- Me estoy empezando a sentir usada. Asqueada- cada palabra proferida, la hacía imbuirse en una vorágine de manipulación y saturación: La imagen por sobre las cosas, las especulaciones por sobre la verdad. Cada relato contado hacían que su alma ardiera: odiaba sentirse usada- Es una desgracia, que aquí no hayan registros- discreta en sus movimientos, la joven sacó la cabeza, buscando algún movimiento sospechoso – La portería está lejos… Habrá que buscar a la antigua. Por cierto ¿en qué ala del cementerio estabas?

-x-

Lejos, muy lejos de los usuarpadores, el colérico humor del buscador se hacía sentir entre las lápidas: patadas, manotazos y golpes con la linterna alejaban las figuras santas de los pasos de quien, frenético, se había dado a la caza del "Gato". Nacido de una mentira, o de una escabrosa noticoa, la idea de un féretro lleno de joyas despertaba la avaricia de cualquiera. Sin embargo, no todos se sentian merecedores detal premio infernal ¿qué podría llevarte a creer que puedes merecerlo? ¿quién sino, podría ser, el acreedor de semejante tesoro? La sangre es más espesa que el agua,pero la devoción hace fuerte a cualquiera que quiere ser santo.

Ya no habían luces de linterna. En el cielo, los bruscos cambios del viento llamaban a guarecerse: iba a llover. Escabullido cual rata cerca de una tumba, miraba alrededor, buscando algun esperpento o señal que le indicara dóndeestaban sus intrusos: ya había terminado con una parte del grupo, del otrono tenía mayores precauciones: sabía que les valía más el respeto y el honor que una miserable caja barata. El gato no era importante, sino más loque representaba: una turbia historia llena de gente que, actualmente, ostentaba las altas esferas de Takemori. Una sombra mal habida en las espaldas de quienes regían la ciudad. Una crianza funesta que pudo ser de un final muy distinto.

-x-

En la espalda de Maris, recaía un escalofrío tenue pero constante - ¿alguna vez, pensaste cómo sería estar dentro de estos... Sitios? - No había forma de llamar amistosamente a un mausoleo. La ultima construcción que sabes, va a albergar tus huesos, o lo que sea que hayas dejado dentro de esas cajas de madera lustrosas - Siempre me dijeron que había que respetar el sueño de un muerto, pero esto va más allá de todo lo que me enseñaron. Me supera, de alguna forma - se engoció y rodeó con sus brazos, frente a la muerte, respetuosa, pero minúscula, estaba aún aprendiendo a desenvolverse. Por su parte, tenia a Bastian al frente, y no sabía bien cómo entablar una conversación - Qué hay de ti.

El tiempo dentro de los panteones se hacía eterno y desesperante, como si cada segundo se prolongara más y más. - "El tiempo aqui es inutil. qué va a saber un muerto del tiempo" pensó.

El reloj marcaba las 11.50 pm.
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No se podía definir realmente a una persona en base a cosas tan generales y aleatorias como el lugar de donde uno provenía. El lugar concretamente, no la crianza. Sin embargo, era innegable que la cultura de la tierra natal jugaba algún papel en la personalidad. Por pequeño que fuera. Bastian provenía de un sitio donde la eficiencia y la tradición iban de la mano, por encima incluso de las emociones. Ahora bien, en su caso aquello no era del todo cierto. Un profesor no podía serlo si no las tenía en cuenta. Aun así, no estaba acostumbrad a verlas directamente, en especial con alguien que acabara de conocer.

Cuando la joven balbuceó aquellas palabras en japonés, al inicio no la comprendió del todo. No era experto en el idioma, pero quizás ayudara a que ella tampoco era nativa. Lo entendió tan pronto como la contempló en serio y escuchó lo que tenía dentro de sí. No la interrumpió. Llegar al entendimiento era algo que disfrutaba y escuchar era tan importante como pensar. Quizás era muy ególatra de su parte el creer que Stella necesitaba que él la comprendiera, pero creía que tan solo quería desahogarse. Ni siquiera la interrumpió cuando intentó arreglar aquello de que termino perdida junto con él. No lo había ofendido de ninguna manera. Fue entonces cuando notó la lágrima que corría por la pálida mejilla de la chica.
¿Cómo culparla? El miedo se había apoderado de él en el instante en que se cruzaron, y ahora estaban solos y en peligro, en uno de los sitios más aterradores que podía pensar. Lo extraño es que no tuviese miedo.
Avanzó un poco hacia ella, un par de pasos solamente, cortos. Levantó la mano con suavidad, de manera que ella la viera acercarse, pero la colocó sobre el hombro de la joven con firmeza. Su mirada se notaba mucho más comprensible y la desconfianza que antes mostrara había desaparecido casi por completo. Se forzó a mostrarle seguridad.

-Lo entiendo, y está bien. Yo también tengo miedo, de verdad -admitió, y no mentía.

Lo siguiente lo descolgó un poco. Que la ciudad tenía algo raro. Desde luego que sí, y lo raro era lo normal. ¿No se había acercado a la escuela? Unos de los alumnos tenían orejas de zorro y cola, y otros habitantes transmitían un aura de peligrosidad difícilmente explicable. Consideró que no lo había notado. Siempre había gente que no estaba familiarizada con las cosas raras que ocurrían detrás y debajo de las cosas mundanas. A veces era su elección, a veces era solo el destino. No tenía idea de lo que Stella percibía, pero ella no necesitaba que le pusieran el mundo de cabeza ahora mismo, al menos no con lo bastante que ya lo tenían ambos.

-Lo he notado - asintió. Tentó no seguír por ese camino si ella no lo hacía-. Todo siempre es raro. Hoy no me esperaba quedar atrapado aquí.

Retiró su mano del hombro de la chica. No supo si había conseguido transmitirle algún alivio realmente, pero al menos a él le había servido. Se sentía algo mejor ahora que lo había intentado. Tratar de darle aliento se sintió bien. Al menos ahora podía pensar mejor.
Lejos, un trueno muy quedo logró llegar a sus oídos. Todavía parecía que la amenaza estaba algo lejana, pero definitivamente presente. Bastian alzó los ojos al cielo, sin mover la cabeza, aunque no sabía que esperaba contemplar en la oscuridad. Cuando regreso la mirada a Stella, ella le había compartido algo personal. Ya lo había escuchado antes, cuando se sinceró por primera vez, pero no lo tomó en cuenta y aceptó sus palabras como si fuera la primera vez. Le devolvió la sonrisa de forma cálida, demostrando que era capaz de transmitir simpatía.

-Medicina… Eso sí que es complicado. Has de tener un estómago fuerte. No me imagino en ese empleo -cuando pidió saber lo que enseñaba se aseguró de no soltar todo. “Magia y alquimia”. Muy bueno habría sido aquello. En el mejor de los casos la haría desconfiar-. Química. ¿Te va el tema? Supongo que alguna materia llevarías o algo así.

Se sintió bien hablar de algo como eso. Nuevamente estaba más relajado. Suspiró, no de forma cansada, sino como si un peso se quitara de sus hombros.

Con el cuaderno en la mano, pudo comprobar que alguien había arrancado las hojas. No es que desconfiara de la joven pero quería comprobarlo él mismo. No había mucho más que hacer. En su mente volvieron a pasar las posibilidades, pero sabía demasiado poco. No estaba metido en el particular mundo que Stella debía de conocer bien, así que pensar cualquier cosa concreta sería adivinar.

-Si tu no los identificas, o piensas que hay alguien en particular, bien se puede asumir lo que sea - cerró el cuaderno y lo regresó a su dueña-. Pero, ¿quién más tendría acceso a tu cuaderno, lo llevaba alguien? Eso suponiendo que todos los cuadernos estén dañados por igual… no sé. Aún si es alguien de ese grupo, no podemos saber si es solo una persona. Creo que solo sabremos qué pasa cuando hallemos lo que todos buscan.

Asintió una vez más, con la mención del guardia del cementerio. Lo había visto de paso, aunque no había hablado con él. En serio lucía viejo. ¿Era posible que un anciano hiciera algo así? No quería subestimar a nadie, ese era un terrible error.
El cielo volvió a rugir, ahora mucho más cerca. Las antes invisibles nubes ahora cobraban un color extraño, casi rosa, que dejaba en claro la proximidad de la lluvia. Stella se apresuró a buscar refugio, más atrevida, quizás, de lo que el miedo le permitía antes. La siguió al interior del tétrico lugar. Se respiraría humedad, seguramente, y a algo viejo y olvidado. Si bien el cementerio era lúgubre, el pequeño mausoleo le pareció igualmente tétrico. En el interior se lograrían ver los ataúdes acomodados a cada lado, donde los miembros de aquella familia descansaban. Era un espacio reducido, pero les sirvió para tener algo de luz sin el temor de ser atrapados.
Bastian observó los tamaños distintos de aquellas cajas. No había nada más deprimente que un ataúd pequeño. De haber sido un hombre religioso habría hecho alguna señal de respeto, pero todo lo que pudo hacer era mantener la voz baja lo que fuera necesario. Igualmente, el eco del interior cargaba su voz de un tono siniestro y quería mantenerlo al mínimo.
Volteó hacia Stella, escuchando su explicación respecto al móvil. Abrió los ojos como platos y tanteó los bolsillos de sus pantalones: nada. Luego la chaqueta pero solo logró sentir el bolígrafo en el bolsillo delantero de la camisa. Sacó el objeto, mirándolo un instante y presionó el pulsador un par de veces. Menuda ayuda que era ahora.

-Ya. Está bien, yo dejé el mío en casa -¿Quién dejaba el teléfono en casa hoy día? Sonaba tan inverosímil como dejar los pantalones. La respuesta era sencilla: alguien que no esperaba hacer o recibir llamadas.

Escuchó la explicación de la joven, o al menos el comienzo. Sí, había oído eso antes, cuando estaba esperando ver de qué se trataba aquella misteriosa comitiva en el cementerio. Luego lo llamó fisgón. Un ligero gesto brincó en su rostro y el parpado inferior izquierdo le saltó un segundo. Fue algo involuntario, pero lejos de parecer enfadado, se quedó en silencio un segundo. Lentamente sus labios y ojos compusieron una sonrisa mientras ahora él se encogía de hombros. No podía negarlo, ¿no?

-Vale, detective, ahí me ha atrapado. Tienes personalidad cuando quieres-. Sin interrumpirla de nuevo, la dejó terminar de decir lo que sabía, hasta que el nombre surgió-. Willow Jenner… -repitió en voz baja. Volvió a decirlo una segunda vez, más bajo, y para la tercera ya solo movió los labios.

Su cabeza comenzó a recorrer la lista de nombres que conocía. Era una combinación bastante inusual. No sonaba antinatural, porque se le antojaba un nombre inglés. Aun así la familiaridad era para curiosa.

”Willow Jenner.”

Golpeó la palma de la mano con el bolígrafo que se había sacado del bolsillo. Sus ojos recorrían el lugar de forma rápida. No, no podía recordar con claridad, y ahora mismo veía el nombre en todas y cada una de las lápidas que contemplara en su camino hasta la estatua del ángel. Meneó la cabeza intentando apartar esas imágenes falsas.

-Sí, tendrá que ser así pero, a oscuras será casi imposible -se llevó los dedos al mentón, pensando-. tú y tus compañeros revisaron por partes, ¿no? Creo que si estuviera entre los primeros se habrían dado cuenta antes. Tampoco creo que esté entre los más recientes, así que tiene que estar en algún sitio del centro. No me trago eso de que no haya registros, en un cementerio así, aunque no los haya en este sitio, sí que debe haberlos en algún lugar -comenzó a caminar un poco, tanto como le permitía el pequeño espacio donde estaban refugiados, de un lado a otro, presionando el pulsador del bolígrafo una y otra vez-. Si la policía lo enterró, estaría en una fosa común o algo así, alguien sabría algo. Pero tienes un nombre. Alguien sabía algo… alguien sabe algo, pero no movió ficha sino hasta que vinieron ustedes. -Se detuvo frente a ella, mirándola una vez más-. Detective… ¿y si más bien hay alguien que no quiere que encuentren la supuesta tumba?

”Vale, que salto a conclusiones de nuevo pero, no lo entiendo de otra manera. Todos los caminos llevan al mismo sitio.”

El temor de antes se transformó en enfado muy rápido. Pudo sentirlo, como las cosas pasaban a sentirse tal como las describió Stella: alguien tenía las manos bien metidas ahí, hasta los codos. A Bastian no debería importarle, él no pintaba nada allí. Podría quedarse encerrado y esperar el amanecer y escabullirse de alguna manera. Así había sido antes, pero la posibilidad desapareció cuando estrecharon manos un momento atrás. Ahora sí que tenía ganas de llegar al fondo de todo. Ponerse manos a la obra.
La lluvia caería en cualquier momento y, si bien sería una ayuda para pasar desapercibidos, también sería un obstáculo infranqueable para la búsqueda.
Decidido a salir, se giró hacia la puerta, cuando la voz de Stella lo detuvo. Volteó una vez más, mirándola algo encogida y abrazada a sí misma. Esa fue la primera vez que lo impactó en serio. No fue un shock, como cuando la escuchó perseguirla, sino la sorpresa de escuchar sus pensamientos libremente. No le respondió de inmediato, mirándola a los ojos como si ella fuera un fantasma. El momento de silencio se alargó tanto que pareció que él no iba a responderle pero, eventualmente, lo hizo.

-Piensas y observas mucho. Parecieras más escritora o filósofa que doctora -. Estiró la comisura izquierda del labio. No quería que lo tomara por un insulto. Sus palabras iban impregnadas de respeto-. Claro que he pensado. He mirado más de un par de esos en mi vida. Antes de ser profesor, tuve que trabajar en un par de cosas raras.

Se guardó el bolígrafo en el bolsillo de nuevo. Como hechicero oscuro, la conexión con la muerte era ineludible, inevitable. Una vez había estado incluso dentro de una de esas cajas. No fue enterrado, pero le hizo pensar bastante.

-Te contaré, si quieres escuchar, lo que pasó por mi cabeza, cuando el sol haya salido y estemos fuera de aquí. Si tu invitas el café -le tendió la mano. Su gesto era más simbólico que otra cosa, de ponerse manos a la obra-. No sé si se llaman igual, pero yo conozco las divisiones como “jardines”. Yo estuve más atrás, donde algunas más recientes, y tu estuviste en las más antiguas, al inicio. Estamos a la mitad, así que podemos ponernos a buscar. Es probable que sea una simple, no llamativa. Tendremos que dejar esta área. Si estás lista.

Esperó. No iría a ningún lado sin su ayuda. Probablemente ninguno de los dos lo haría. Si eran cuidadosos, deberían poder tener una oportunidad.
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Habían pasado varios años, de haber escuchado que pudo haber sido escritora. Por más humildes y amorosas que sonaran dichas palabras, solo recaían en su cabeza como un piquete mortal, un recordatorio de no haberle sido fiel a sus principios y solo atiborrarse a un futuro monótono – Tal vez. En algún momento lo pensé. No pienses que pesó más el dinero, pero hubo instancias, donde no tuve más opción que terminar haciendo esto – Respondió, seria, evocando su imagen previa a los diecisiete años ¿Qué hubiera pasado si decidía el otro camino? Si hubiera permanecido un par de días más dentro del sanatorio… Todo era una nebulosa, y no mejoraba con las pastillas: incluso sentía que la ansiedad era mucho peor con ellas en el cuerpo – “Pero no es momento de ponerse a pensar cosas que ya no fueron” -. Luego de la propuesta del hombre, Stella volvió a estrecharle la mano, de forma simbólica, con una sonrisa – Me gusta el café cargado. Con esas masas dulces rellenas de manzanas… Supongo eso sirve como incentivo para saber qué es lo que piensas.

Estaba angustiada. Pero darle vueltas a la situación nuevamente no iba a traerle el consuelo que necesitaba. Lo sabía, se podía respirar en el moho del mausoleo y en su perpetuo abandono: solo había que seguir hacia adelante y en Bastián había encontrado un aliado confiable, pero sorpresivo. – Sigh, ojalá fuéramos gatos, podríamos correr con más rapidez – balbuceó, refugiándose en una fugaz fantasía que le trajera calma a sus manos temblorosas. Pudo ser a raíz de lo mismo, que mantenía una conversación a base de frase cortas y que no buscaban respuesta – Química. Suena bien – “Suena normal” – rememoró, y aquello fue suficiente para dejarle en paz: había un terror tangible pero eran dos personas “normales” tratando de salir del embrollo. Suspiró pesadamente, dejando escapar todos sus temores – Recuerdo esos años. No era de las mejores, pero salía bien librada- contestó, segura. Algo en su labia le provocaba resquemor, despertando un instinto básico de desconfianza: miraba los ataúdes, los espacios pequeños y se refería a ellos con inusitada nostalgia - ¿Has perdido a alguien recientemente? – consultó, sin malicia alguna.

No te preocupes. Quizás fue mejor, que dejes el móvil en casa – “No, la verdad es que no. Maldita sea” – intentaba convencerse de que su desacierto era positivo, casi bendito. Por fortuna el mausoleo estaba oscuro y difícilmente podría escudriñar en su rostro desaliñado, cual si hubiera tragado de un sorbo un gran vaso de vinagreta – Guardaré la batería que le queda, solo por si necesitamos llamar a la policía… La que está afuera. – La suposición del hombre frente al desconocimiento de la tumba no parecía tan desacertada, Stella lanzó una mirada aprobatoria con un flojo movimiento de cabeza- Es posible. Los registros son un desastre, y el nombre parece fantasía, como “coca cola” o “Willie Wonka”. Hay momentos en los que creo que podría incluso estar vivo y ser una treta barata para mantenernos ocupados. – Mientras más repasaba las posibilidades, mayor era el peso del argumento – Mirándolo desde afuera, puede que no estés tan equivocado, aunque, ya estamos aquí. No perdemos nada mirando las fosas comunes – “Y de paso ver qué diantres hacías metido en un cementerio…”

Acatar inmediatamente la sugerencia era poco común en ella, pero era una idea concreta y fácil de realizar, por lo que no perdió tiempo en conjeturas que alimentaran su miedo. El cielo amenazaba con caer violentamente sobre el cementerio – La lluvia tal vez nos dé ventaja para avanzar. No creo que nuestro captor piense que correremos bajo ella. Ojalá… - En el fondo, guardaba una tímida plegaria hacia un Dios lejano y benevolente que procuraba por sus almas. En su casa no había un santo ni algún espíritu benefactor, pero algo le decía que recluirse a su mundo feliz, auspiciado por las benzodiacepinas no iba a ayudar en absoluto. Era hora de abandonar el mausoleo y Stella dio una última mirada hacia el interior – Qué bueno que estos cerrojos son de mala calidad. Mira – hizo un movimiento simple, “cerrando” la puerta – Quizás hace cuántos años que no reciben visitas…

-x-


El segundo grupo de búsqueda avanzaba con paso firme por los distintos sectores de su lado del cementerio. Los haces de luz de las linternas, los registros en libretas y los años en los que iban, no ayudaban a calmar los quebrados nervios del capitán, quien, por cada lápida investigada, veía sus esperanzas morir. Muy en el fondo, tenía un extraño peso de conciencia con esta búsqueda, sentía que había venido a regalar su tiempo valioso en un maltrecho saco de huesos cuya existencia llamaba más a la fantasía que a un hecho concreto y aquello lo llevaba a una infinidad de preguntas que recaían con vehemencia en el reportaje de hace tiempo ¿Bajo qué certeza daban por sentado que el atraco a la casa del antiguo edil de Takemori, tuvo relación con Willow Jenner? Investigar era su trabajo, sin embargo, su presencia no fue reclamada en la escena sino hasta días más tarde, cuando todo el escuadrón, con los altos mandos, lo esperaba en la sala de reuniones. Aún podía recordar sus rostros pálidos y descompuestos: El sargento en jefe tenía una edad similar al afectado y bien podía leerse entre ellos una complicidad tácita, producto de los años de servicio y de amistad forjada desde la infancia, según relataban los más flojos de boca.

Suspiraba pesadamente, buscando algún indicio que volviese a encender la llama de su sentido de justicia, mas no podía olvidar la complicidad de dicho encuentro y la encarecida necesidad de mantener todo le protocolo bajo el mantel. Se rascaba la cabeza, acariciando suavemente los pocos pelos que le iban quedando: estaba entrando en la calvicie, problemas que se veían lejanos, pero que de un momento a otro fueron asentándose en sus sienes, cada vez más; casi como una mala jugada, por cada año de vida, sus entradas se iban haciendo más marcadas. Antes de meterse de lleno en toda esta travesía, las palabras los altos mandos ensalzaron su importancia en esto, sin embargo, ahora que ya estaba metido en la batahola y que el silencio del cementerio invitaba la reflexión, iba desmembrando la burda mentira: la pesadilla servida en un plato de porcelana. Posiblemente, el mermar de sus pasos iba coincidiendo con sentirse utilizado, un instrumento simplón de las fuerzas de seguridad para mantener en calma el revuelo de chismes y noticias fugaces que saldrían por internet.

Pero refunfuñar sobre la leche derramada era una pérdida de tiempo.
- Vamos a detenernos un momento para recapitular la búsqueda – ordenó, manteniendo la espalda hacia el grupo y tomando su libreta – Canten.
- Hasta ahora no hay nada que nos dé algún indicio de que “El gato” esté en este lado del camposanto, señor. Hemos visto: años, iniciales, nombres, mausoleos, lápidas sin nombre, pero nada
- ¿Lápidas sin nombre? ¡Pero y por qué no avisaron!
- Porque… Porque no tienen nombre, pero sí fotos, señor. Están viejas, pero se puede ver el “dueño”
- ¿Y cómo es que conoces la cara del gato?
- N- no, señor. No la conocemos pero…- el más nervioso de los consultados empezó a menear las hojas de la libreta de un lado a otro - Hasta ahora, en mis registros solo llevo anotadas veinte tumbas de ese tipo, pero todas eran niñas o mujeres – Miró alrededor del grupo, buscando apoyo a su fehaciente argumento, la aprobación era concreta, especialmente porque había sido, hasta ahora, el único que había dado cuenta de ese detalle.
- Está bien – Sentía la esperanza abandonar su cuerpo y sus palabras, esta búsqueda no estaba rindiendo frutos y ya habían peinado al menos tres cuartos del ala – voy a preguntar al otro grupo a ver si tienen mejores indicios – Se había alegrado de tener un segundo equipo, sin embargo, dicha felicidad fue fútil, pues en cuanto encendió el radio la ausencia de frecuencia lo despojó de toda sensación optimista - ¿Eh? Aquí probando, uno dos uno dos… Equipo uno responda, por favor. Equipo uno… - Consternados por el chirrido de la frecuencia, cada uno de los integrantes imitó la acción, para dar con alguna señal que los contacte con algún miembro del ausente equipo.

Luego de varios intentos, se hizo el absurdo silencio: con las linternas prendidas y apiñados espalda con espalda, los miembros guardaron un pragmático voto presos de la culpa y la curiosidad ¿Qué estaba sucediendo? El líder estaba más preocupado, ya que, a todas luces, esta maniática búsqueda se estaba saliendo de control – Carajo… CARAJO, CARAJO ¡Carajo! – repitió embobado, dando patadas al suelo irrumpiendo la paz del sitio. Para ese momento solo tenían tres alternativas: ir en grupo a ver qué ocurría con el otro lado del cementerio, confiar en que la oficial secundante los iba a proteger y que esto solo era un problema de desconocimiento del uso del equipo, mal que mal, tarde o temprano tendrían que dar alguna señal. Y luego estaba la que se sostenía en base al miedo: dividirse para seguir cubriendo más áreas del cementerio y ceñirse al plan original. Reproducir las tres sugerencias era una sentencia, cada vez que las enunciaba, era mayor la desconfianza y la necesidad de saber de sus compañeros del otro grupo. Pero allí volvía a pesar la ingenua lealtad hacia sus principios… - Podemos seguir. O podemos volver… Levantemos la mano los que optamos por la opción uno…

-x-


El cielo era el mismo para todos los presentes. El buscador, reposaba sentado sobre una lápida ancha, mármol puro, como pudo distinguir al tacto, había apagado la linterna y se dispuso a escuchar “algo”. El camposanto invitaba a eso, a reflexionar: de las pérdidas, la fugaz vida y el incierto futuro de quienes quedaban en pie; herederos, hijos, parejas, padres… Finalmente la única justa para todos era la muerte: una vez llegada, no podías sino irte sin más pertenencia que tu cuerpo y tu alma. Y siendo estrictos en dicha reflexión, solo reclamando el alma ¿Qué mayor justicia y satisfacción que esa? ¡Ninguna! Aunque era bien difícil de aceptar y entender. Y bien que lo sabía el frenético individuo…

No tenía más disfraz que la noche y así todo ésta la iba a traicionar con los relámpagos y truenos ¡podía quedar descubierto! Por lo mismo había que actuar con extrema precaución: un pasamontañas y un cuchillo iban a ser suficientes para cerrar la boca a cualquier soplón. La vida no le había correspondido con magia, ni nada divino, sino más bien le otorgó una aplastante normalidad, un rostro fácilmente olvidable y ninguna característica que lo hiciera destacar del resto. Un sencillo “Don nadie”. No se permitía hablar, puesto que interrumpiría el descanso eterno de los deudos. Temía a la muerte, pero más miedo le daba dejar la vida sin haber hecho nada espectacular, algo que le hiciera saltar del anonimato al eterno estrellato. Como el mismo “Gato”, un individuo del que se sospecha hasta su existencia… Pero él sabe que existió, no en su mente, sino en carne y hueso. Pero su memoria es frágil y negra: su paradero vive en un recuerdo o una ilusión pérfida, donde el cadáver termina siendo llevado a un lugar infinito, lleno de cubículos, todos iguales, y no hay nada que manifieste algo distintivo, como lo hacen las iniciales.

Luego de su mudo soliloquio, cerró suavemente la mochila de la expedición y prosiguió su búsqueda: habían dos pelafustanes que seguir.

-x-

Creo que, contamos con el hecho de que, la tumba es un verdadero misterio. Pero que no estaba “sola” – Stella indicaba en silencio con el dedo los jardines anexos: eran demasiado opulentos para que un ladrón de poca monta pueda terminar allí. Estaba siendo absorbida por el espíritu aletargado del cementerio y su tono de voz se hacía un hilo indescifrable en varias ocasiones. No podía evitarlo: le recordaba de sobremanera la morgue, solo que en este caso, ella estaba en la etapa final del proceso – Mira – tomó del brazo a su nuevo compañero, indicándole un “jardín-ciudadela”: un villorrio de muertos, cubículos dispuestos en una larga hilera sostenidos unos sobre otros. En la oscuridad y por la hora, las imágenes se distorsionaban en ilusiones provisorias, haciendo que el crujir de las flores secas se hicieran más intensas y tenebrosas – Me parece un lugar indicado si quieres morir en anonimato. O en la pobreza.

Se detuvo antes de entrar. Un arco de piedra les invitaba a acompañar a aquellos deudos cuyo dinero no les alcanzó para un descanso más ostentoso. Maris, en un movimiento mecánico, se persignó y, dando un vistazo rápido a los alrededores entró, no sin antes notar que, arriba se podía notar un número “29” forjado en metal – ¿El jardín veintinueve? – preguntó retóricamente. Sentía lástima por Bastian: Maris se esforzaba por ser comunicativa, pero la fuerza de la costumbre y el anonimato de los muertos le podía de sobremanera dejándola más taciturna de lo habitual. Respiró profundamente, dejando entrar a su cuerpo un aire pesado, cargado de sentimientos tristes. El largo pasillo estaba inundado de una trémula tristeza, la pobreza de los años y el diminuto espacio para el descanso eterno. Posó la mano sobre las lápidas en miniatura, notando el roce del mármol tallado con nombres vagos, alguno en japonés y otros en un claro “N.N”. De pronto, una loca idea le despertó el ánimo, de forma atrevida, Stella se “pegó” a la espalda de su compañero: no iba a ser difícil, pues, al tacto notó que tenían una altura similar – Ahora estamos cubiertos – mencionó, prendiendo la linterna para buscar con claridad entre los féretros. Dicho en palabras, la ocurrencia sonaba ridícula. En acción, le provocó mucha paz.


Stella Maris
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No era aficionado a los escritores americanos, no demasiado, pero una vez había leído un pasaje de King, en el que hacía una crítica muy cruel… iba de que todos los que enseñaban tenían un escritor frustrado por dentro o algo así. No estaba del todo de acuerdo. Bastian, aunque no le hacía ascos a las páginas en blanco, no ambicionaba dedicarse a eso. Y ahora estaba frente a una chica que acababa de confesarle que lo había pensado en serio. No le sorprendió eso, pero sí su aparente necesidad de justificarse con él. ¿Era eso, o es que no comprendía del todo a la joven Stella? Claro, era muy pronto para decir aquello, pero se arrepintió en el fondo haber dicho algo que la molestase, aún sin intención.

-No te juzgo, aún si lo hicieras por el dinero -contestó, levantando la mano y enseñando la palma un momento. Hablaba con honestidad. La mirada de la chica lo invitaba a ello, curiosamente-. La vida tiene formas interesantes de hacernos doblar la rodilla.

Se encogió de hombros y dejó el asunto por terminado.
¿Qué estaba haciendo, intentando darle ánimos, por segunda vez, a la chica que lo había metido en esto? Vale, que él se había metido solo, pero su papel había jugado la rubia. No lo entendía, pero sentía una inexplicable necesidad de darle una mano. En algún momento, en el corto tiempo que habían pasado allí, se habían convertido en camaradas, quizás.

Al estrechar su mano, volvió a regresarle la sonrisa. Dicho estaba entonces, y pensaba hacerla cumplir.

-Umm… lo siento, pero lamentarás haber agregado eso -sentenció, sobre el invitarle también a algo de comer.

El frío aumentaba poco a poco, a pesar de la creciente humedad, y Bastian lo agradeció. Llevaba la chaqueta de tela, parte del conjunto que lo hacía parecer un doliente en el cementerio, pero no era lo suficientemente abrigadora. Estaba acostumbrado a climas semejantes, pero alzó las manos fingiendo soplar el aliento sobre ellas ya que así pudo esconder un suspiro de alivio: Stella no le preguntó nada de química. No esperaba que lo hiciera, claro, que sus conocimientos se limitaban a lo básico de un estudiante. Explicar alquimia era muy distinto y no quería que lo viera como algo anormal. Sin embargo, volvió a soltarle una pregunta inesperada. Quizás era una estrategia para interrogarle y atraparle con la guardia baja…

”Vale, que no es una agente de la policía, pero es una chica de cuidado…”

Negó con la cabeza, sin cambiar su expresión. Lo gracioso es que, con el estilo de vida que llevaba, tendría que haber estado más cerca de la muerte. Su familia era pequeña, después de todo, así que no se había topado con ella, es decir, con la muerte, rondando en su casa o sus amigos. A decir verdad, ninguno era tan cercano como para admitir que dejarles fuera una “perdida”.

-No. No lo he hecho todavía -. Aguardó un momento, mirando hacia la chica a través de los lentes de esta. Formuló sus palabras siguientes con delicadeza, cuidando de no cargarlas de más que curiosidad reciproca-: ¿Y tú?

No indagó más en cuanto a lo de los posibles registros. Pensar en eso sin acceso a la información le carcomería la cabeza, lo sabía. No tenía ninguna jurisdicción en absoluto… diablos, ni siquiera un papel en todo eso más que el de la casualidad. Suponía que eso sería trabajo de Stella, cuando salieran de esa situación, si lo hacían bien parados.
Así que, adelantándose, salieron del mausoleo de una vez por todas, hacia una noche bien oscura. Sin estrellas por las nubes, sin iluminación que pudieran divisar en cercanía. Si seguían buscándolos, no debían estar cerca.
Vio como la chica “cerraba” la reja del mausoleo y asintió. Era hora de ponerse manos a la obra.

”Manos a la obra… Ajá. ¿Dónde, como?”

Ponerse a dar vueltas sin más no sonaba una buena idea, y deseó de verdad tener la oportunidad de usar magia. O, por lo menos, tener una clase llena de chicos hiperactivos de tercero, a los que premiar con un punto adicional a fin de ponerlos a registrar el cementerio. Pero no tenía nada de eso a mano, solo eran ellos dos solos, y quien quiera que deambulara por del camposanto. Echando a andar, sin autentico rumbo, sintió la necesidad de volver a hablar. El silencio, por primera vez, le molestaba.

-No quiero ser un gato -comentó casi en un susurro. Evitaba levantar la voz-. Prefiero ser un sabueso. No sé por qué… igual siempre me han dicho que tengo ojos de perro. Tú puedes ser el gato. Prometo no morderte.

Y entonces soltó una risa ligera. Era la primera vez que reía con sinceridad desde que pusiera un pie en ese país. Era de aquellas risas sutiles, de labios cerrados y que se entendían auténticas en los ojos. Bastian Shawn se reía de su propio mal chiste. El asunto terminó con un suspiro. No pidió disculpas, pero se sintió relajado. Casi de inmediato recuperó la compostura y prestó atención a su compañera, con quien caminaba al lado, en cuanto comenzó a hablarle. Al inicio le costó comprender sus palabras, la explicación del porqué el jardín más opulento era una mala idea como primer lugar para buscar. ¿Por qué se había encaminado hacia allí en primer lugar? Solo habían caminado nada más…
Volteó en cuanto ella le tomó del brazo, mirando en dirección a la sección con las tumbas apiladas una sobre otra. No lo había pensado entonces, pero tenía más sentido. A pesar de todo, eso lo hacía dudar más. En realidad aquellas tumbas solían ser las mejor numeradas, con registros por secciones, números, nombres… ¿Podría ser una de esas? Al adentrarse en el pasillo que formaban las estructuras se dio cuenta de los distintos grados de abandono y deterioro de todas ellas. El cementerio era viejo y, cuando faltaba el espacio, no era inusual que se apilaran y mal colocaran a unos sobre otros. Los cementerios municipales más antiguos tendían a volverse verdaderos laberintos donde uno terminaba llevando flores a un descanso equivocado.

-Que lo cura… -Se pasó la mano por el cabello, contemplando la tarea que tenían delante. La chica pronunció “jardín veintinueve”, y Bastian asintió-. Sí… bien pensado detective.

De cualquier manera, la ruta parecía confundirlo, mantenerlo inquieto. Algo raro pasaba allí. Se sentía atraído a ese camino, al jardín veintinueve, como no lo estuvo con los otros, ni con el mausoleo. Era tal la sensación que se olvidó de que debían estarles persiguiendo. Había algo allí que le transmitía un aire de seguridad. De algo que no quería cambiar.
Cuando Stella se persigno, la miró de reojo. No la imitó, aunque tampoco mencionó nada al respecto. Así que comenzaron a andar por sobre el lugar, adentrándose entre la roca y el silencio del cementerio. El descanso de piedra. Sonaba muy bien.
Mientras la chica comenzaba a mirar y tocas las inscripciones, Bastian se permitió algo de distancia. ¿Era posible que pudiera invocar a una de sus amigas para que le ayudaran a buscar? Si se alejaba un poco, quizás pudiera fingir mirar por otro lado. Las cosas que invocaba desde su espalda eran más rápidas y podían dejarle mirar. Era una posibilidad, si era discreto.

-Vale, bien… -susurró despacio, girándose hacia el muro contrario. Solo necesitaba un momento.

Alzó la mano izquierda y la colocó sobre el parpado cerrado, donde su ojo rojizo le permitiría ver lo que el pequeño dragón en su espalda viera. Era negro, y en la noche sería más sencillo ocultarlo. La ansiedad de sentir que se encontraba en un sitio que lo atraía es lo que lo invitaba a intentar. En eso fue en lo que quedó todo: un intento.
Una inusual calidez le llegó por detrás, tan repentinamente que tuvo que adelantar un pie para no perder el equilibrio. Casi se quedó congelado, inmóvil. ¿Iba a apuñalarlo, tenía miedo? Ninguna de esas cosas parecía ser el caso. Sin bajar la mano, volteó lentamente para mirar por sobre su hombro, buscando a la joven estudiante.

-¿Qué? -la luz que siguió las palabras de la muchacha le hizo comprender.

Sí, así no los podrían ver, pero ahora no podría utilizar su ojo izquierdo, no con ella en su espalda. ¿Qué podía hacer? No iba a alejarla, de eso estaba seguro. Lentamente bajó la mano, volviendo a abrir el parpado izquierdo y permitiendo que los cuerpos de ambos proveyeran una barrera para que la luz solo se viera donde querían.

-De acuerdo -aceptó, dejando de lado su idea de usar magia por completo. Tendría que pasar la noche entera así. Lo aceptaba-. Vamos despacio, ¿ok? -La misma mano izquierda con que buscara cerrar su parpado, ahora descendió. Fue él quien se permitió ser atrevido y buscó la mano de Stella para que no se separaran al caminar-. No nos separemos , dijo en voz baja.

Comenzaron a buscar, despacio, en esa forma tan curiosa. Avanzaban lento, pero podían ver las inscripciones con facilidad. Ninguna parecía especialmente importante, en realidad. Un par ni siquiera las entendía, las que usaban kanjis muy complejos.
A mitad de camino es que comprendió de dónde provenía esa sensación del inicio, cuando divisó, entre la oscuridad, la silueta del árbol con enredaderas, no muy adelante, donde iniciaba la colida.

”No puede ser…”

Sus pasos, ya de por si lentos, se fueron haciendo más pausados. ¿Era posible que viera esta ruta cuando llegó a la colina? Seguramente eso es lo que había pasado. Inconscientemente volvió a tomar el mismo camino, como hacía las mañanas que iba a correr. Era una ruta distinta pero que llevaba al mismo sitio: al fondo podía adivinar la imagen de la estatua del ángel, de la tumba que había ido a visitar.

”Ahora sí que creo que hay algo raro en esta ciudad. Además de que solo he estado dando vueltas en círculos.”

La idea no lo atemorizó, sino que le hizo sentir… emocionado. Era imposible que estallara en vítores o diera saltos, pero su pulso se aceleró. Se estaba topando con esos eventos una vez más. Cuando el destino se ponía a jugar y las cosas concordaban unas con otras. El fenómeno lo había comenzado a estudiar vagamente en sus primeros años de lectura y observación, cuando estudiaba la magia y terminaba sus estudios regulares. Los llamaba eventos de convergencia, y los había olvidado entre las notas de sus cuadernos. Esa ciudad tenía algo, algo que Stella había sentido atemorizante y que Bastian Shawn quería descubrir. Después, claro… después. Si tan solo lo comprendiera podría usarlo a su favor, ahora, solo era un aspecto de la casualidad. Pero podía usarlo, estaba seguro. No como magia, desde luego, pero la magia obedecía a la razón… a veces.

-Detective… eso que está al fondo es una estatua. ¿No? -señaló hacia delante, con la mano derecha.

”Es un evento de convergencia… Vale. Si lo interpreto bien. Es posible, sí…”

-Ese sujeto, el gato. ¿No se supone que era un estafador? Engañar, eso. Hemos estado buscando con la idea de que enterraron a un ladrón, que sí debíamos buscarlo, pero es un engaño… -No dejó de hablar, y comenzó a avanzar más rápido, por el pasillo del jardín veintinueve. Tomó fuerte la mano de Stella, y comenzó a ir hacia el Angel entonces, cada vez más rápido-. ¿No lo haría así? El engaño final, después de todo, es estar presente. Escondido, bajo nuestras propias narices.

Era un evento de convergencia, seguro eso pensaba, y le hacía unir aquellas conexiones de nuevo: el ladrón que miente incluso en la muerte, el tesoro escondido bajo sus propias narices.
Si Stella le seguía, la conduciría hasta la tumba de la estatua del ángel. Estaba seguro que debía ser esa y al mirar el nombre ponía…

-Walt Whitman… -los ojos de Bastian parecieron temblar. No Willow Jenner, desde luego. Se pasó una mano por el cabello entonces, confundido-. J*der, estaba tan seguro… Walt Whitman, Willie Wonka. Willow Jenner…

Suspiró, frustrado. No podía ser esa, desde luego, no la tumba del ángel. Se volvió hacia Stella, y fue cuando sus ojos se toparon con una de las otras lápidas, las que rodeaban al ángel. La más sencilla y más reciente de todas: Jenner William. No era el mismo nombre, desde luego… Pero solo un loco ocultaría una tumba poniéndole el nombre que todos conocen, ¿no?
Y entonces, el cielo tronó. Las gotas comenzaron a caerles encima. La lluvia había comenzado.
Bastian Shawn
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