Bienvenido a la ciudad de Éadrom, donde la alianza entre humanos y seres sobrenaturales se hace cada vez más fuerte y posible ¿O no?
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Diciembre 2018
Durante muchos años, miles de seres sobrenaturales fueron cazados hasta la extinción. Hoy, existe un "rayo de esperanza", situado en alguna zona de japón llamado "Éadrom", donde es posible la convivencia entre seres sobrenaturales y humanos.

Cubierta por un manto de protección, la también llamada "Ciudad de la Luz" sirve de hogar para muchos que aún lo creen posible, otorgándole educación a las jóvenes promesas sin importar su raza en uno de los institutos más grandes de todo Japón: el Instituto Takemori.

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Tema Privado La Dama Fortuna ríe en silencio [Priv. Troya]

Mensaje por William Marshal el Vie Dic 28, 2018 6:42 pm


Por entre los caminos de discurren en la ciudad se alzan callejones y sombras perpetuas, donde un tipo listo puede pasar desapercibido, si es habilidoso, tiene agallas y, sobre todo, buena suerte. William Marshal tenía lo primero, demasiado de lo segundo y no mucho de lo último. Sabía todo esto, desde luego, pero prefería pensar que sus capacidades estaban por encima de la media. Concedido, la mayoría de las veces prefería medirse en situaciones en las que estaba seguro de tener la ventaja. No era una mala estrategia, después de todo. Aun así, la confianza requiere ser regada, a veces con la victoria y el desafío. La suerte sonreía a los audaces, y William era un tipo audaz. Audaz, astuto… y pobre. Una combinación muy arriesgada para el cuello y la piel. Si le preguntabas, te diría, con una sonrisa amplia y encantadora, que La Dama Fortuna estaba enamorado de tipos con eso. Y sin duda, tenía que estar enamorada de él. Esa noche iba a probarle que era recíproco.
Recién llegado a la ciudad, gastados sus últimos billetes en conseguirse lo necesario, se encontró hambriento de un poco más de fortuna. Hacía falta adecentar un poco la vida. Los empleos estaban bien, pero necesitaba un golpe de suerte, un buen fajo, si quería comenzar con el pie derecho. Nada peligroso, desde luego, o no demasiado. Asaltar nunca formó parte de su personalidad, al menos no directamente sin motivo. Había otros medios, siempre. Después de todo él era William Marshal, y siempre tenía alternativas.


Un par de días atrás, por la tarde…


-¡Waa! ¿En serio hay dinero por una cosa así? -William sonreía con entusiasmo. Era natural en él que los labios se le torcieran a los lados, pero, quienes lo conocieran, y eran pocos, podían darse cuenta fácilmente cuando estaba realmente emocionado. La expectativa de las ganancias y la aventura lo lograban con facilidad.

El callejón era fresco en esa tarde. Aun así, William se mantenía del lado de la sombra, apoyando la espalda en la pared, pasando las hojas engrapadas que le acababa de prestar el tipo del traje y anteojos oscuros. Decía venir de parte de un “cliente interesado”. Por lo bien que lucía el sujeto –y por el gorila detrás, dispuesto a írsele encima si se ponía peligrosa la cosa-, no dudaba que venía de alguien con pasta.


-¿Esto no es una cosa que se encuentra en un museo? Esos sitios son complicados, caballero -William agitó los papeles un poco. El tipo se ajustó los lentes de sol.

-Mi cliente no está interesado en los detalles. Si puede conseguirlo, le pagaremos. Si le atrapan… bueno, no sabe ni nuestro nombre.

-¡Sí! -asintió William, guiñando un ojo- Me gusta cómo piensa.

-Creemos que hay una de las piezas de camino en un embarque en estos momentos. Seguro en las bodegas alrededor de la dirección que le señalamos. Si consigue algo llame al número desechable que está ahí anotado. Sea cuidadoso.

-No hay problema. La Dama Fortuna está ama a los audaces

Un destello de complicidad y seguridad iluminó sus ojos.
Era un trabajo complicado, si lo hacía sin más, pero esto solo era hacerse con un objeto y recibir algo de dinero a cambio. No le quitaba nada a nadie que de verdad lo necesitara. Las cosas serían fáciles también. No esperaba problemas. Había olvidado que La Dama Fortuna es una niña juguetona también, y que le gusta que los audaces se prueben a sí mismos una y otra vez…


Esta noche…

Andaba entonces la figura en la oscuridad, entre los callejones de la ciudad. El paso seguro, de espalda erguida y hombros para atrás eran cosa del día, para la cabellera rubia y la sonrisa radiante. En la noche, allí, tenía que andar una sombra: espalda encorvada, hombros tensos y mirada atenta. El andar aún era firme, sin embargo, del tipo que se dirigían hacia ti con certeza cuando posaba sus orbes azules en los tuyos, y sabías que habría problemas, porque la sonrisa estaba escondida bajo el pañuelo y solo quedaban los ojos, que a veces no brillaban, sino que se encendían. Pero, esa noche, solo quería dar un mensaje: es mejor que no te acerques. No quería lidiar con curiosos ni nada innecesario. Agradeció por eso.
Cambió las botas de siempre por unas más cortas, de suela flexible y cómoda. Los jeans fueron negros, desde luego, en lugar de los marrones o azules. La camisa seguía siendo blanca, pero muy oculta bajo el chaleco de cuero –también negro- que tenía encima. La corbata estaba desajustada, para darle movilidad. Encima de todo se puso una chaqueta oscura. El atuendo era bueno para pasar desapercibido en la oscuridad, y para intimidar. Los guantes, el pañuelo y el sombrero tenían un efecto más práctico: no dejar huellas, no mostrar del todo la cabellera y el rostro. Por último, una  mochila colgaba de su hombro.
Al girar por una de la esquinas suspiró, bajo el pañuelo, y se sintió aliviado. Nadie lo había visto y no parecía que fueran a haber problemas. La soledad era una bendición.

Ah, pero no estoy solo… muchas gracias, cariño.

Lanzó un beso hacia la nada, dirigido a la dama que iba a meterlo en aprietos, porque, en el fondo, la amaría aun si supiera que lo iba a traicionar. Siempre lo hacía, aunque pasara una y otra vez.

Tenía un soplo: una bodega escondida por allí guardaba algunas cajas con cosas de arte, además de otras más que no le interesaban realmente. No le gustaba robar para apropiarse, sino para vender. El dinero era más sencillo, y era la mano de La Dama Fortuna. Entrar, tomar y salir, eso era todo.
El edificio era grande. Una bodega, nunca mejor llamada. “Warehouse”. Puertas grandes, a penas algunas ventanas altas y rectangulares a lo largo, con un techo metálico que se alzaba bastante por encima de lo esperado. William se paró enfrente, con las manos en la cintura y observó el rostro de la bodega. ¿Era ese su rival de la noche? Se frotó la nuca un poco y apuntó a las puertas con un dedo, como si fuera una pistola. La auténtica, Lucrecia, estaba escondida bajo la chaqueta, colgando del cinturón.


-Buenas noches, señor. Vamos a conocernos muy bien, ¿a que sí?

Caminó alrededor un rato, mirando nada más. Buscaba alguna otra entrada. Encontró una lateral, de tamaño convencional, que debía dar a una oficina pequeña donde encontrara algún registro. Eso haría todo mucho más fácil.
No tenía ganzúa ni pensaba entrarle a tiros a la cerradura. Conocía un método más fácil: sacó un cuchillo de la mochila, colocó la punta en la entrada de la cerradura y empujó con fuerza. El metal atravesó del todo el mecanismo y lo rompió. Se notaría, desde luego, pero no de inmediato. Para cuando llegaran a notarlo, él estaría lejos. Giró y la puerta se abrió. Aguardó… no saltó ninguna alarma. Mejor.
El cuchillo quedó destrozado, pero había servido bien. Al entrar cerró detrás y cometió su fatídico error: las alarmas saltaban, no cuando abrías, sino cuando cerrabas sin haber colocado el código en el tablero al lado. No lo notó por la oscuridad. La alarma era silenciosa, como la risa de La Dama Fortuna. Alguien recibiría un aviso directo en alguna parte.

William Marshal se encontró con una oficina, en efecto, pequeña, con dos escritorios de aluminio y un archivero. La pared daba a una ventana desde donde se veían varias cajas de madera almacenadas y estantes. No sabía cuántas cajas estarían llenas ni en cual estaría lo que buscaba. Mirar cada una le tomaría demasiado tiempo. Tenía que llevar un orden: buscó el archivero, entre las carpetas, a por un inventario. En cuanto diera con el número iría hacia la sección de las cajas: tomar lo que quería y salir pitando. Un trabajo completado y una billetera llena. La Dama Fortuna sonríe, y William la secundaría.
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Tema Privado Re: La Dama Fortuna ríe en silencio [Priv. Troya]

Mensaje por Troya el Lun Dic 31, 2018 12:39 pm

Hace unas semanas me había llegado una nueva Obra. El trato era hacer una falsificación de la obra el “Temerario”. Hace muchos años, esta pieza y obra de arte de la época del romanticismo estaba en mis manos. Un museo de Londres me había pedido restaurarla junto a otras piezas de arte. Una suma de 15 millones de euros de historia en arte. El señor no se veía convencido así que me quería hacer prueba de si diferenciaba de la original con otra falsificación. Yo observe y señale que no era ni una. -En esos tiempos, no había uso de ocre…puesto que usaban el material con que lo fabricaban para la guerra y para fabricar preservativos, así que en esa época ni una pintura tuvo esos tonos. Por lo tanto son solo eso…buenas falsificaciones-.Le sonreí y con ayuda de un personal me lo dejaron en mi bodega personal.
Es una de las tantas que poseo en el mundo, son mi escape de todo y no perdonaría a nadie si se metiera ahí. El saber que podría hacerle aun no lo tenia claro, me acordaba de las antiguas torturas, supongo que primero disfrutaría mucho en eso…castigarle.

Al día siguiente estaba en clase y habría sido una semana normal, trabajos, informes, proyectos y por supuesto exámenes.Estaba camino a un bar cuando me notificaron de un robo, solo bastó un segundo para que fuera hacia ya directamente. Pensaba en cuanto se le drenara la gente, en cuanto aguantara la respiración, si mis manos podrían desgarrarle la garganta. pero primero debía atraparlo y que no le haré cuando lo haga

Logre llegar, y rápidamente fui a la puerta donde encontré la cerradura rota. No hice ningún ruido, como  los depredadores miran a sus presas, en silencio. Habia una sombra que se movía me le acerque rápidamente  pero...¿Se abría dado cuenta?


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Tema Privado Re: La Dama Fortuna ríe en silencio [Priv. Troya]

Mensaje por William Marshal el Mar Ene 01, 2019 4:09 pm


Lo oscuro no estaba nada mal. Claro, prefería el día, cuando podían verle el rostro y la gente sabía quién era el que les había ganado por mucho más que una nariz, pero no era tonto; a veces las cosas tienen que hacerse en el frío de la noche. Así que sí, lo oscuro estaba bien por ahora.
No demoró en encontrar un portapapeles donde iba anotado el último inventario. Lo repasó de prisa, moviendo el dedo enguantado sobre la hoja y recorriendo los nombres. Era bastante común la lectura rápida, siempre que no fuera material de clases. Listas de nombres, objetos, lugares, misiones. Todo eso era natural tenerlo a mano cuando se hacía un trabajo. Incluso el de los requisitos para ingresar en el instituto. Leerlo rápido, tomar lo importante, dejar el resto. Desde luego, nada ahí era importante salvo la obra que buscaba.


-Bingo… -Susurró, satisfecho.

Sección D, estantería 3. Dejó el papel en su sitio y salió hacia el área propia de las bodegas.
Una sensación comenzaba a hacerle cosquillas en la nuca: las cosas iban muy bien. Asustaba. Las cosas solían ir bien cuando se planeaban propiamente, y cuando se estaba en ventaja intelectual –o física- con el enemigo. En el caso de William, usualmente prefería tener lo primero, y de ahí sacar lo segundo. El problema era que su oponente era la bodega.

No, no es la bodega…

Afiló la mirada, al tiempo en que se encaminaba entre los anaqueles que formaban el laberinto alrededor suyo: las entrañas de la bodega. Era el escenario de la misión, desde luego, no el enemigo. Chasqueó los dedos, amortiguado el ruido por los guantes. ¿A qué se enfrentaba entonces? Cuando cayó en ello, las cosas ya estaban en movimiento, tal y como a ella le gustaba que todo ocurriera: todo te iba bien, caminabas con gusto por entre senderos interesantes y hermosos, hasta que metías el pie en una trampa para osos. Así le gustaba jugar a ella: La Dama Fortuna.
Se estremeció. No sería la primera vez que su amada señora le pusiera obstáculos. Si era bueno los superaría, y ella le sonreiría a él. Si no, se reiría de él. Así era siempre ella. En esa ocasión las cosas estaban listas para que se divirtiera de lo lindo. Fuera cual fuera el resultado, William no podía hacer nada más que encogerse de hombros y aceptarlo. Ella ponía las reglas.

Entre la oscuridad lograba ver lo alto de los anaqueles. Tenían letras en pequeños carteles de  cartón colgando sobre cada uno: A, B, C… y así sucesivamente. Eran amplios. Los A y B formaban el primer pasillo, así que el que buscaba, el D, debía estar a la vuelta. Metió las manos en los bolsillos, caminando con calma. Había algo raro, desde luego. No lo escuchaba, pero, por el rabillo del ojo, había notado el movimiento de la oscuridad. Uno era un perro guardián o un vigilante, ya le habrían caído encima si fuera así. Bien podría ser su propia imaginación, claro, en la mente del ladrón siempre se formaban fantasías y quimeras aterradoras que lo mantenían despierto por las noches. Curiosamente, eran estos temores lo que les solía salvar el pellejo… por un tiempo.  Era mejor no arriesgarse.
No cambió el ritmo, caminando hacia el final del pasillo formado por los anaqueles A y B. No sabía si lo que estaba ahí –si es que en verdad había algo- lo había visto, pero tenía que asumir que, al menos, lo buscaba. No podía localizarle tampoco, no todavía. Tenía que pensar que jugaba en desventaja, porque casi siempre era así.

Escogió el momento en que daba la vuelta, girando al final del pasillo para entrar entre los anaqueles siguientes. Se movió todo lo rápido que pudo sin esprintar. No quería hacer demasiado ruido. No podría escaparse corriendo, rara vez funcionaba eso. Tenía que confiar en el despinte y en su capacidad de escabullirse. Inclinado, con la cabeza baja, avanzó despacio y cauteloso, intentando mirar entre los espacios entre las cajas, a ver si podía divisar a quien le perseguía. Se subió bien el pañuelo a cubrirse la nariz y la boca, cual bandido –que era esa noche-, e intentó despistar, al menos a su imaginación.
Una idea retorcida se le ocurrió: ¿Y si era alguien más que venía por el botín? Eso sería complicado, pero no le importaría hacer equipo, siempre que la otra parte estuviera dispuesta. Aun así, ahora tenía que poner pasa a la búsqueda. Si le atrapaban, no habría ganancia. Sería un mal negocio.
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