Bienvenido a la ciudad de Éadrom, donde la alianza entre humanos y seres sobrenaturales se hace cada vez más fuerte y posible ¿O no?
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Diciembre 2018
Durante muchos años, miles de seres sobrenaturales fueron cazados hasta la extinción. Hoy, existe un "rayo de esperanza", situado en alguna zona de japón llamado "Éadrom", donde es posible la convivencia entre seres sobrenaturales y humanos.

Cubierta por un manto de protección, la también llamada "Ciudad de la Luz" sirve de hogar para muchos que aún lo creen posible, otorgándole educación a las jóvenes promesas sin importar su raza en uno de los institutos más grandes de todo Japón: el Instituto Takemori.

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Trama Acto 1: Hiedra

Mensaje por Jen & Morfeo el Jue Nov 29, 2018 8:23 am



Morfeo

Silencio...

Solo el sonido de mi pesada respiración y la manecilla del reloj de mi mesilla de noche se atrevían a aparecer en aquel pulcro pero desagradable ambiente. Las persianas estaban bajadas y la luz del exterior no podía más que ligeramente colarse por la parte inferior de estas, sin llegar realmente a iluminar mucho la habitación. El piloto de notificación de mi móvil alumbraba de manera intermitente el techo que llevaba observando callado durante no sé cuanto tiempo... quizá minutos, quizá horas.  Mientras tanto, mi mente simplemente divagaba por pensamientos que surcaban por ella, si es que lo hacían. Lo cierto es que la mayor parte del tiempo estaba en blanco. ¿Cuánto llevaba allí tumbado y cuánto seguiría con aquel constante sentimiento de cansancio? Los días se iban apilando a cuentagotas en mi espalda y eso lo estaba notando. La carga de aguantar con aquel vínculo era algo que yo simplemente no podía manejar y los efectos eran obvios. Siquiera recuerdo bien cómo era mi pelo antes de todo esto...

Miré hacia un lado observando mi teléfono como si tratara de sacarle alguna palabra, esperando a que algo ocurriera. Solté un suspiro largo después de unos minutos. Si seguía en aquella cama me acabaría convirtiendo un vegetal. Mis ganas eran prácticamente nulas, pero me obligué a levantarme a duras penas colocándome sobre el borde de la cama, sentado y aún con aquel mutismo sepulcral. Tic, tac, tic, tac... Se me había metido ya en la cabeza y ahora volvía a darme cuenta de que estaba allí. En medio de la oscura habitación, extendí mi mano para tomar el aparato. La pantalla me deslumbró en el instante en el que lo desbloqueé y me costó acostumbrarme de nuevo. —

Demasiados mensajes… — sonaba casi como una queja. Grupos a los cuales ya no asistía, mensajes de familiares preguntando por mí, amigos interesados en quedar…Lo cierto es que no respondía ninguno de ellos ya desde hacía varias semanas. Solo me limitaba a apilarlos en mi bandeja de entrada. Ni siquiera miraba los de ella. — Ah…— bufé largo y tendido apoyándome sobre el colchón para levantarme. Mis piernas dudaron un poco antes de conseguir mantenerme en pie. A oscuras caminé hasta abrir la puerta de mi habitación. El piso en el que vivía no era demasiado grande. Contaba con un dormitorio, un baño y un salón que se compartía con la cocina. A tientas llegué a la sala de estar con el objetivo de prepararme para salir. ¿ A dónde? Ni idea, pero llevaba días encerrado en casa y sentía cómo me deshacía por dentro. No me demoré demasiado. Una blusa blanca, pantalones jogger y unas chanclas. Mientras menos tiempo le dedicara a vestirme menos tiempo tendría para echarme hacia atrás, así que tan pronto terminé tomé las llaves del piso y salí a la calle.

Los druidas somos seres que estamos constantemente en contacto con la naturaleza. Vivimos por y para ella, estamos vinculados a sus ciclos y por ende apreciamos la luz solar. Sin embargo, aquellos primeros rayos eran más como si me colocaran un manto de fuego sobre mi cuerpo. Quemaba, mucho. Mi piel se había vuelto débil y, aunque antes me era necesario absorber la energía de nuestra preciada estrella, ahora me comportaba como una flor de luna: con tendencia a florecer de noche. A pesar de ello, no se podía considerar que floreciera en absoluto, es más, parecía que en su lugar me estaba marchitando. Lo peor de todo era no poder evitarlo. Me repetía una y otra vez en mi cabeza que yo no era así, que esto son las secuelas de mis actos y que en el fondo había más que esa cara inerte que mostraba al exterior. ¿Cuánto duraría aquello?

Si estaba en algún lugar, sería en este. Suponía que él seguía con vida, pues si hubiera muerto el vínculo se hubiera roto y yo no estaría en este estado. Por lo tanto, después de aquel número maquiavélico su única salida era esconderse en un lugar donde sus dotes pasaran desapercibidas. '' Los agraciados no somos muy bien vistos en este mundo, Murph''. Esas eran las palabras de mi padre mientras me advertía de lo importante que era mantener el linaje familiar en secreto. ''Todo aquel que no consiga soportar la carga de esta responsabilidad deberá buscar su propio camino''. Durante tiempo me costó entender lo que decía, pero una vez me echó de casa a raíz del incidente comprendí a la perfección el significado de ese discurso.

Divagando en mis pensamientos acabé en el muelle. ¿Tanto había caminado? El sonido de las tablas de madera crujir a medida que caminaba por el embarcadero era reconfortante. Me recordaba a cómo se mecían las ramas de los árboles azotados por el viento. Gaviotas a lo lejos graznaban planeando sobre el calmado mar. El atardecer estaba cerca, por lo que decidí quedarme para verlo desde allí, apoyado sobre los tablones que hacían de vallas. El eco de las campanas que anunciaban la llegada de barcos llegaba hasta mí. Era un lugar sumamente relajante y ahora me alegraba de haber salido aunque solo fuera un rato. Desde que llegué a Éadrom estos eran mis momentos de placer, totalmente en solitario. Había comenzado a aceptar ese estilo de vida, abrazando mi soledad como un pobre a su última moneda.
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Trama Re: Acto 1: Hiedra

Mensaje por Touka Kirishima el Jue Nov 29, 2018 6:00 pm

Me encontraba mirando un plato con merluza a la plancha y unas verduras de guarnición. Realmente no tenía mal aspecto pero ya se me estaba haciendo un nudo en el estómago de pensar que tendría que consumirlo. Estaba en un restaurante al lado del paseo marítimo junto con mis compañeros de trabajo. Solían realizar comidas algún día a la semana totalmente gratis pues el dueño de aquel lugar era amigo de nuestro jefe. No estaba del todo segura si hice bien en aceptar aquella invitación pero ya me había negado unas cuantas veces, además, me había preparado bien para momentos como este. Todos a mi alrededor habían comenzado a comer ya, mientras yo me dedicaba a desmenuzar el pescado con mis cubiertos. Levanté la mirada del plato, cruzándome con la de mi compañero, que me miraba algo extrañado. –¿No te gusta Touka? Puedes cambiar el plato y escoger otro si lo prefieres. – “No hay ni un solo plato que no me haga tener nauseas de un momento a otro” –¡Oh, sí! Solo estaba algo embobada. – Típico en mí así que no sería difícil de creer.

Solo tenía que poner en práctica aquello que tantas veces había practicado. Me llevaría el pescado a la boca y lo tragaría directamente, sin masticarlo o pasarlo si quiera por la lengua, directamente a la garganta. Después tendría que simular que masticaba como unas diez veces y hacer que lo tragaba. Una vez acabase todo el plato solo tendría que ir al baño y vomitarlo todo… parecía bastante fácil, pero ahí me encontraba yo, con el pescado en el tenedor a punto de llevarlo a mi boca y casi sudando por el esfuerzo que esto me requería. Finalmente lo hice, llevé el tenedor a mi boca, casi depositando el contenido de este en mi garganta y tragando. A pesar de casi no haberlo degustado podía sentir el sabor a tierra en mi paladar, era bastante desagradable pero lo disimulaba bien con una sonrisa en mi rostro, como si nada fuera de lo normal estuviera ocurriendo. Repetí la misma acción una vez y otra. A cada una de ellas más difícil que la anterior hasta casi terminar el plato. Con eso era suficiente por hoy… - ¡Tienes que comer más si no quieres seguir tan delgada! – Otro de mis compañeros a mi derecha parecía que también se había fijado en los restos de mi plato, pero mi estómago ya se resentía a continuar. – Si, es que estoy llena – Le respondí con un tono algo avergonzado, necesitaba vomitarlo todo antes de que fuera tarde y me afectase más de la cuenta. Cada uno de los allí presentes terminaron sus respectivos platos y el camarero se dispuso a retirarlos. Ahora tocaría el turno de las copas, momento que aproveché para salir de allí.

– Si me disculpan… - Dije un momento antes de levantarme del asiento y dirigirme a los aseos femeninos. Por suerte no había nadie, cosa que agradecía, pues no era muy agradable escuchar lo que iba a hacer. Abrí una de las puertas en las que se encontraban los retretes y me interné en aquel pequeño espacio, echando el cerrojo una vez dentro. Mi estómago se retorcía por lo que había comido, sabía que comer comida humana no me hacía bien pero para convivir con ellos era necesario hacer lo que hice. No lo pensé mucho, me arrodille delante del retrete, llevé uno de mis dedos a mi boca, introduciéndolo hasta la campanilla, mientras que la otra mano la apoyaba encima del retrete, para no perder el equilibrio y empujé un poco más hacia adentro la mano que se encontraba en mi boca. Pude sentir como el sabor a tierra volvía cuando este salió de mi cuerpo, pero al menos no me haría daño ahora. Tiré de la cadena y salí de allí para refrescarme el cuello con un poco de agua aún en el aseo.

No me apetecía quedarme más tiempo en aquel restaurante viendo como bebían sin cesar por lo que me despediría y me marcharía. Me acerqué a la mesa donde se encontraban todos y me despedí con un gesto, a lo que ellos también me respondieron. Necesitaba salir y tomar un poco el aire y eso fue lo que hice. Al salir de aquella atmósfera, me invadió una cálida sensación de libertad. El paseo marítimo que quedaba a unos pasos se veía bastante vacío y resultaba ser el lugar más indicado para pasear por lo que me encaminé a este y comencé una caminata sin rumbo. Estos paseos eran los que me hacían pensar en lo que realmente era, ¿un demonio? ¿Una semi-humana? ¿De verdad podría considerarme humana cuando lo que hago es comérmelos? No. Por mucho que conviviera y me mezclara con ellos, jamás sería una más y eso me rompía a tal punto de no saber quién era y a dónde quería llegar. Me encontraba perdida, parecía que tenía las ideas claras pero en momentos como aquel, donde pensaba fríamente me daba cuenta de que la realidad me golpeaba de frente y no todo era tan bonito como lo quería pintar. Vivía en una mentira, pero quizás una mentira que me gustaba.

Durante aquel paseo podía escuchar el sonido de las olas al romper en la orilla, alguna que otra gaviota sobre mi cabeza y la bocina de un barco al aproximarse a la costa. Eso quería decir que me encontraba cerca de algún muelle, seguro que sería bonito verlo todo desde allí.


Pensaba que allí no habría nadie pero tampoco me molestaba el hecho de que sí que lo hubiera. Al igual que yo, la persona que allí se encontraba, dándome la espalda, parecía estar observando el paisaje. Me acerqué con paso tranquilo hasta dónde se encontraba, quedando a unos dos o tres pasos de él queriendo darle su espacio. – Las vistas desde aquí son realmente bonitas, ¿no crees? – me gustaba el diálogo y viéndole allí solo aproveché la oportunidad. No sabía si le apetecería hablar o no, aun así me acerqué a la misma vaya donde él se estaba apoyando e imité su gesto. El sol empezaba a caer, dejando un color rojizo en las nubes debido a que ya estaba atardeciendo. – El atardecer podría considerarse como el último suspiro del día… - Pensaba en voz alta mientras mantenía la mirada perdida en las nubes rojizas del cielo. Me producían un sentimiento de nostalgia que no sabría describir pero ahí estaba. Dejé ir un leve suspiro, había sido un día algo complicado, pero era momento de relajarse. A nuestras espaldas las farolas comenzaban a iluminarse. Levanté ambos brazos hacia arriba, estirando todo mi cuerpo, llegando a ponerme de puntillas, notando como toda mi espalda se estiraba. - ¿Estás en la universidad? Pareces estudiante - Vaya forma más idiota de iniciar una conversación pero era lo primero que pasaba en ese momento por mi mente.

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Trama Re: Acto 1: Hiedra

Mensaje por Jen & Morfeo el Miér Dic 05, 2018 4:32 pm


Morfeo



La bocina de aquel buque retumbó en la inmensidad del lugar, anunciando su cercano atraco en el muelle. Un humo no demasiado denso salía de las campanas de vapor de la cubierta, trazando un recorrido que se perdía en la altura y en aquel cielo rojo. Las siluetas de las gaviotas acompañaban el atardecer, oscuras como una sombra, en movimiento por aquel lienzo de colores intensos que cambiaba a medida que el sol se iba ocultando tras la línea del mar. Dos de aquellas aves se separaron de la bandada jugando entre sí, tratando de pillar a la otra con el pico y casi poniendo en peligro su vuelo, pero qué libres eran. El grupo se iba posando paulatinamente sobre la superficie del agua, plana, calmada, como si no hubiera nada que pudiese perturbarla aquella tarde. La serenidad acumulada en aquel paisaje llegaba a ser maquiavélica. Durante mi vida había visto al mar arremeter las costas de las maneras más salvajes, aves cazando despiadadamente y barcos cometiendo atrocidades a la naturaleza. Sin embargo, aquello era tan pacífico que visto desde cierto punto llegaba a ser inquietante. ¿Dónde estaba la energía del mar? ¿Dónde estaba el instinto de caza de las gaviotas? ¿Y dónde estaba la actividad del puerto? Se habían ido. Se había parado todo para observar al astro escaparse durante la noche.

Solté un suspiro largo. En mi caso, todo se había parado desde el momento en el que conjuré aquellas palabras. Aún me recuerdo estudiándome aquellos pergaminos sucios por el tiempo, pasándome horas en la biblioteca de la comunidad con el ansia de comprender los manuscritos que comprendían el significado de esos simples versos. Quién me iba a decir que todo ese tiempo invertido para no cometer la atrocidad que me habían encomendado terminaría encerrándome en esta angustia. Las yemas de mis dedos se aferraban con fuerza a la madera que me servía de apoyo en aquella tarde otoñal. Sentía rabia, ira e impotencia. Quería cambiarlo, pero eso significaría que lo que había hecho, todo ese tiempo que había estado sufriendo, sería en vano…No estaba dispuesto a desechar aquella decisión. Intenté disipar esos pensamientos de mi mente como pude, no los quería, me hacían mal, más de lo que ya lo estaba. Un trago de saliva bajó atascado por mi garganta. Pese a todo, prefería estar ahí que entre las sábanas de mi cama deshecha contando los toques de la manecilla del reloj hasta olvidarme del día, de la fecha y de la hora. Distinguiéndose entre los sonidos de la costa, unos pasos me despertaron de mi meditación. No parecían muy apresurados, ni tampoco aparentaban querer ocultarse, sino más bien como si simplemente se acercaran para hacer exactamente lo mismo que hacía yo, así que no me preocupé en darme la vuelta. En Éadrom siempre tenías que andarte con ojo. La ciudad estaba llena de centenares de seres de lo más peculiares, con poderes que darían para llenar pasillos de estantes de las bibliotecas druídicas con libros explicando al detalle sus comportamientos, habilidades y debilidades. Muchos eran tranquilos y sin malas pretensiones, pero siempre te podías encontrar con algún desafortunado evento. En cualquiera de los dos casos, mi condición no me iba a permitir escapar de un ataque, así que por mucho vigilar mis espaldas no me serviría de nada. Escuché en silencio sus palabras, sin quitar mi vista del horizonte. Parecía interesada en hablar conmigo, pero me preguntaba si realmente era así o solo buscaba un pretexto para no sentirse incómoda estando en el mismo lugar sin decir una palabra, sobre todo por el hecho de que me confundiera con un estudiante. Quedé callado unos segundos tras su pregunta, formulando las palabras en mi mente — ¿Estudiante? — Normalmente hubiera soltado una risa jocosa al respecto. Normalmente — Hace tiempo que no paso por una universidad… — En realidad los druidas pocas veces íbamos a una. Todos los conocimientos que quisiéramos los teníamos guardados en nuestros escritos, albergados durante largas generaciones. A veces echaba de menos el olor a papiro de las grandes bibliotecas, era otra de las grandes pérdidas por mi error  — Solo vivo en la ciudad — Agregué tras darme cuenta que me había quedado en silencio durante un rato vagando en mis pensamientos — Es la primera vez que vengo a este muelle…es un lugar tranquilo, al menos hoy. — No podía quitarme la sensación de que detrás de esa calma debían de haber habido días de tempestad.

Finalmente le dediqué una mirada a mi acompañante. Pelo azul como el océano atlántico y piel del color de la arena caribeña. Sus ojos, a juego con su pelo, parecían tener algo escondido en ellos, aunque no le di demasiada importancia. Su vestimenta era bastante juvenil, así que la aproximaba a una edad cercana a la mía. Me fijé en que su tez estaba un poco pálida y devolví mi vista a la puesta de sol — Veo que tú tampoco estás teniendo una tarde demasiado animada — Decía aquello como una simple suposición, pues realmente no tenía ni idea de lo que le pasaría, pero normalmente solía ser el indicio de algo no muy cómodo, por experiencia propia. Me acomodé de nuevo en mi sitio, irguiendo un poco mi espalda que había tomado una posición vaga después de haber estado allí tanto tiempo. Mi blanco pelo se tambaleaba con una pequeña brisa que empezaba a correr — Pero veo que no vas vestida con ropa de calle, así que me resulta curioso que estés aquí, sola… — De hecho iba arreglada, como si fuera atender a algo importante. Me hubiera gustado poder apreciar ese talante tiempo atrás, pero ahora mi vista era tan objetiva que me limitaba a ver y describir, era ver la vida pasar por delante. Y cada vez, con el paso de los días, los últimos pequeños detalles que me hacían estar a gusto desaparecían como las últimas motas de un reloj de arena, deslizándose por el angosto paso que termina en una pila de recuerdos para terminar con un recipiente vacío. Vacío, esa era la palabra.


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