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¿Estas preparado para escribir tu propia historia en el Instituto Takemori? Adéntrate en el mundo mágico de Éadrom en donde casi todo es posible. Convive junto a otros seres sobrenaturales y humanos. Comprueba si es posible que ambas especies vivan en paz y armonía. Diseña tus propias aventuras, persigue los objetivos que te trajeron hasta aquí y por sobre todo pásatelo en grande! Estas a un paso de formar parte de esta gran historia! Adelante!
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¡Y hoy inauguramos este hermoso espacio para los beios cumpleaños del mes! ¡Perdonen nuestra tardanza en volver! Pero aquí estamos para poder celebrar junto a nuestra Hanita, también conocida como Trinity su cumpleaños (un pelín atrasadito, perdón uwu). ¡Y es que esto es un momento especial! Porque ella es un usuario que siempre ha estado con nosotros desde hace muchos añitos, apoyándonos y ayudándonos un montón. ¡Siempre está allí para todos! Es que es un amor de persona y una excelente moderadora de eventos. Personalmente, les queremos desear un maravilloso cumpleaños a nuestra hermosa Trini Porque la amamos mucho en el staff. ¡Y no se queda corta! Que también es muy querida por los usuarios mismos, por supuesto que si. Así que muy feliz cumpleaños.
¡Y te tenemos un regalito!



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Tema Privado ¿Puedes leerme? [Ruysuuke Ray Minami]

Mensaje por Helena Solaris el Jue Abr 12, 2018 8:13 pm

Todo comenzó escribiendo.

Hace unos años, dejando de la forma más infantil su "huella" por donde iba, comenzó a colocar pedazos de cinta adhesiva médica en las bancas que usaba en el instituto. Siempre una banca por salón y casi siempre se sentaba a la misma altura, por lo que era fácil de seguir su rastro, si se prestaba atención y se coincidía en más de dos salones donde ella hubiera pasado. Sobre éstas escribía: "I been here". Esa era su firma, siempre firmaba, a veces el mensaje cambiaba; ponía un chiste, unas cuantas estrofas de canción, el nombre de la serie de televisión que ve y que ampliamente recomendaba, la cita de un poema, el título de un buen libro y su autor, una canción y su artista, una exposición de arte a la que había ido o la liga a un vídeo que ella consideraba la pena que valía ver.

Un día halló respuesta.

Con el tiempo, volviendo a revisar cada una de las bancas encontró un patrón en la letra medio cursiva, medio legible y medio bonita. El tiempo dio paso a la interacción, mensajes secretos entre respuestas, pequeñas palabras que se volvieron cartas. Nunca tuvo el valor ni las ganas de preguntarle su nombre. Había algo mágico en saber tanto de una persona y no conocerla. También había un ligero sentimiento de intranquilidad. Pero era positiva y prefería elegir creer lo mejor.  




...

En la parte más alta del edificio antiguo, resguardado con llave, existía un pequeño jardín/estudio que había encontrado su título de jardín/estudio sin ser planeado ni esperado. Originalmente era el tan común último piso de aquel edificio, tan común y normal como de cualquier otro, destinado a ser un salón más, pero las paredes y el techo no habían resistido la intemperie, por lo que este piso estaba clausurado en su totalidad. Partes del techo se terminaron por caer, la lluvia había podrido la madera de las bancas, la humedad daba ese frío ambiente. Repararlo saldría caro, así que la asociación del instituto optó por así dejarlo. Ignorarlo. Era lo más barato. Pero ella lo encontró. Desde que topó con el lugar por accidente, persiguiendo un gato negro que tría una pata lastimada, lo fue decorando con plantas a medio morir (que con los cuidados necesarios volvieron a la vida), libros viejos y nuevos, un tocadiscos para traer música, mesas y algunas sillas, una fuente hecha con llantas y otras formas de vida. Tenía por ahí paseando alguna que otra gallina, unos peces dorados y beta, y dos iguanas.

No era muy bonito, pero siempre estaba limpio y era divertido pasearse por el lugar. Cuando el gato no iba tras las gallinas ésas iban tras él. Cuando no tenía que cuidar a las iguanas del felino los peces eran los que estaban en inminente peligro. Con el tiempo el bigotudo de pelo negro y ojos verdes aprendió a respetar las diferentes formas de vida, pero cuando estaba aburrido solía lograr que lo persiguieran para variar.

Aquella tarde había acudido a su refugio porque tenía una lista de pendientes por terminar. La lista no era del todo una lista, su única tarea era simple, pero estaba sin hacer. Desde que llegó no supo cómo empezar así que divagaba entre pensamientos y quehaceres del lugar. Complicación natural y su incapacidad para escribir, para expresarse.

Pronto el rubor llegó a las mejillas, prefirió ponerse a matar tiempo. Sacó de la mochila tizas, apartó todo objeto de una de las viejas mesas de madera y comenzó; quizá dibujaría un piano, una planta, un animal cualquiera, un tornado o un cielo estrellado. Terminó trazando su imagen, no la propia, se veía a diario en el espejo, no, la de él o ella, el perfil de una persona que nunca había visto, pero que juraría conocía. Sabía que tenía las manos rasposas, llenas de callos, así que por un lado dibujó lo que podrían ser sus manos, imaginaba la posible localización de los callos, de diferentes tamaños, ¿tendría muchos por el arduo trabajo o sólo al inicio de los dedos como las personas qué hacían pesas? Sabía que era bueno tocando música, ¿cómo se dibuja la música? Se dibujo a ella bailando una de sus baladas favoritas, esas que compartían.

Quizá sus manos lo podrían trazar mejor que sus ojos si alguna vez lo conocía. Suspiró, Te quiero, pensó.

Las tizas cayeron, rodaron en diferentes direcciones, algunas se quebraron en varios pedazos, otras a la mitad, las más importantes para ella e volvieron polvo, justo sus tonos favoritos. Su pelotón de pasteles pasaba a la mitad antes de librar una digna batalla, el culpable se regocijaba en el campo, la emoción de un buen ataque sorpresa. Lo miró, lo había conocido negro, más negro que la conciencia de cualquier adolescente cargado de hormonas, más negro que el cuervo de Poe, ahora lo conocía con manchas blancas, con tonos grises en el lomo y polvo blanco en las patas. El gato se revolcaba sobre la mesa persiguiendo un enemigo imaginario, más valiente y temerario que nadie que hubieran visto sus ojos nunca.

¡Pero que bruto eres! — Dio un pequeño grito susurrado, reclamó. Le rascó la panza y lo vio removerse divertido sobre la mesa, era tosco, sí, pero agradable. La posibilidad de un nombre, ¿Bruto? ¿Brutus? ¿Manchas? Probable, probable ¿qué nombre le daría? Por ahora “Pequeña bola de pelos problemática” le quedaba perfecto. Qué carácter el del felino, ¿cuántos meses tendría de vida? No le daba más de seis, era minúsculo y con unos ojos tan verdes, tan intensos, que sostenerle la mirada era un reto. Rascó su barbilla, detrás de las orejas, ¿cómo le iba a llamar? Bien que te dejas mimar.

Las motas de polvo en el aire visibles gracias a los rayos del sol que se colaban por el inexistente techo que la cubría, unas cuantas barras de metal sobre ella entrecruzadas. Tomó al gato en sus manos, le apartó de la cabeza la idea de continuar con la guerra inexistente que libraba sacando de la mochila un pedazo de carne, le dio de comer y el felino se soltó de su abrazo para terminar de destruir su dibujo. Sacó al pequeño de la mesa y lo dejó en el piso, lo observó ponerse boca arriba, peleando incansablemente ahora con la pluma de algún ave que encontró en el camino. — Eres imposible, imposible de verdad. — Mejor adjetivo no había encontrado, aunque tampoco tenía muchos.

Limpió sus manos con el pañuelo que llevaba con ella, escuchó la campañilla de la escuela llamar a clases; una nueva jornada daba comienzo, iba tarde, otra vez iba tarde, su clase favorita e iba tarde. Miró de soslayo el ensayo que anoche había tardado horas en escribir, se merecía una A+, un 100, vaya, sabía que era bueno, el libro lo tenía estudiado al derecho y al revés, no de memoria, pero si entendía el punto, simple, era de sus favoritos. Guardó el pañuelo, ignoró las lejanas voces imaginarias de sus compañeros entrando al salón y la del profesor solicitando la tarea, ignoró la voz de éste preguntando por ella, la jovencita de tercer año que repetía su materia en un grupo de segundo año. La calificaba de impuntual, casi siempre por cinco minutos, lo imaginaba esperándola y cerrando la puerta cuando creyera escuchar sus pasos cerca, siempre dispuesto a darle un buen susto, sermonearla y dejarla pasar. Pero hoy no, esta vez no, esta vez tenía otra cosa en la cabeza, ya salvaría el semestre con un examen, bajo presión trabajaba mejor, sin mencionar que no les podían enseñar nada que no supiera, nada que no hubiera visto ya el año pasado.

El mecer de las botas (usadas como macetas) colgadas en el techo, el aire fresco y dulzón de la habitación. La naturaleza del ambiente, la fuerza de las raíces. El lugar era acogedor, bien construido, diseñado y trabajado, claro, todo a ojos de una joven inexperta. Sobre la mesa improvisada uno podía encontrar diferentes tipos de macetas, algunas de llantas, botellas, botes rotos y viejos. También había una conexión de agua bastante buena. La naturaleza reclamaba el lugar, se apoderaba de éste lenta, pero ferozmente.

Una melodía agradable, medio día y ningún calor sofocante, el chorro de agua que recorría la habitación, un sistema de riego con ritmo.

Liberó toda tensión con las respiraciones, quizá podría explicar su retardo, su ausencia, quizá el profesor le diera una oportunidad, brillaba en los exámenes, las respuestas de memoria. O quizá volvería a repetir el curso, quizá tuviera que presentar el examen extraordinario que tanto evitaba.

Desenredó sus pensamiento, sacó el ensayo, lo miró, estudio las letras, los párrafos, todo a la vista, sin leer nada, sin entender algo. Cayeron las cartas, regadas en el piso, el gato se abalanzó sobre ellas para atacar. — ¡No! — lo agarró del lomo con fuerza, más calmada lo dejó sobre la mesa, que se comiera el ensayo, los sobres abiertos eran importantes.

¿Cuántas eran? Las de un año, un año entero en papel, diferentes miradas, diferentes palabras y el mismo puño, la misma persona. La miraba regresó a su dibujo, así lo había construido en su cabeza, una persona de carne y hueso, con carbono, hidrógeno, oxigeno y nitrógeno; le había atribuido dos ojos, una boca, nunca un color de piel, nada de su cabello, nada de su sexo. ¿Sería hombre o mujer? Que más daba, escribía y su caligrafía le gustaba, le sacaba risas, estaba ahí y la leía.

Lo que quedaba plasmado sobre la mesa era la sombra difusa de un ser humano, con ojos de mirada firme y directa, un buen oído musical, una boca con una mueca sincera y dos manos llenas de callos.

Observó al animal, no le podía echar en cara su muy posible repetición de semestre, persiguiéndolo había encontrado el lugar, cuando lo escuchó llorar de hambre y de dolor, no pudo negarse a correr en su auxilio, la recibió con los colmillos, rasguñó sus dedos y al final aceptó los pedazos de pollo que tenía reservada para ella. Recogió las cartas, las guardó en su mochila, tenía tiempo de sobra para desperdiciar en aquel lugar, hoy era tarde libre.




You want weapons? We're in a library! Books!
The best weapons in the world! This room's the greatest arsenal we could have
Arm yourselves!
The Doctor

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Tema Privado Re: ¿Puedes leerme? [Ruysuuke Ray Minami]

Mensaje por Ryuusuke Ray Minami el Lun Abr 16, 2018 12:17 am

– ¡Apúrese, Minami! No querrá tener su primera tardanza – Las palabras apremiantes del portero provocaban que los pies se movieran más rápido. Su mochila rebotaba en su espalda, sosteniendo entre los dedos las asas que a sus hombros se enganchaban. Superó la línea imaginaria que separaba el mundo exterior de aquél otro repleto de saberes por descubrir, historias por volver a escuchar y quizá nuevas personas por conocer. Apenas meciendo la cabeza de costado agradeció esos segundos valiosos que le fueron otorgados al ingresar, un secreto ínfimo entre quien resguardaba los portales y quien era el último alumno en llegar a horario como la rutina manda.
 
Ladridos desaforados le detuvieron en seco, las rejas imponentes cerradas cuando se volteó enseguida por ese llamado animal. De quién más se tratara sino de Beck, siempre le acompañaba fielmente hasta donde le fuera posible, siendo el límite ese metal forjado a mano secundado por el ceño fruncido del señor portero; aunque ese hombre mayor y el perro se llevaran bien en horarios extraescolares, al sonar la campana cambiaba el trato a uno más profesional. “Sólo se admiten mascotas de pequeño porte”. La regla no podía ser esquivada, lo comprendía el muchacho que se acercó, se agachó y su mano atravesó el espacio libre del enrejado. Todo con la parsimonia de la resignación bien aceptada, acariciaba el pelaje de ese cuadrúpedo de extraños colores – Sabes perfectamente que no podemos estar juntos en el instituto – Gemidos de tristeza respondían lo mismo todos los santos días, una escena que partiría el corazón de un amante de los animales pero no el de este estudiante. Su razón superaba los sentimientos, suficiente con eso para separarse unas horas sin miedo alguno – Obedece, luego jugaré todo lo que quieras. ¡Ya sé! ¿Por qué no vas al bosque y cazas alguna liebre silvestre? Sé que nunca puedes atraparlas pero harás bastante ejercicio, de paso no te aburrirás. Hazme caso, no querrás hervirte el hocico esperándome toda la mañana – Jadeos constantes por las caricias recibidas, un ladrido final como si un “¡Entiendo!” dijera su perro. A veces deseaba saber lo que su Beck ladraba con su idioma canino.
 
Inesperadamente, empezó a sentir húmedos su rostro, luego su cabello azabache y finalmente su oreja izquierda, esas partes de su cabeza mojadas desde la misma nada. Reconocía ese aliento, era la baba de Beck… Aunque él estaba del otro lado del cercado del colegio, no había forma de que le alcanzara. Oh, sorpresa, una fea mordida en la mano que NO usó para acariciar. Gritó adolorido, mirando de reojo su palma enrojecida que empezaba a tener las marcas reconocibles de una mandíbula invisible…
 
~~~~~~~~~~~~~~
 
¡¿Y por qué de repente está sólo en boxers y tirado sobre su cama?! Bueno, si se podía llamar “cama” a un asqueroso colchón todo manchado por la negligencia y desorden, tirado directamente en el suelo, jamás existió el mueble que sostuviera típicamente a ese rectángulo relleno de gomaespuma y algodón reciclado. Más importante, él por qué sigue en su hogar, dulce y roñoso hogar.
 
Se irguió, gritando de nuevo, esta vez entrecortadamente y soltando alguna que otra palabrota en el proceso de “despertar”, uno que se activaba sumamente lento y le costaba varias tandas de minutos completar. Sus sábanas (un conjunto reviejo con marcas de mordidas y suciedad de dudosa procedencia) estaban a un lado del colchón, retiradas a propósito y sobre estas se encontraba ese maldito Beck, sentado de pompas como si fuera dueño de las telas. Tenía su lengua fuera, salivando aquí y allá, preferentemente el brazo de Ray donde había masticado la mano hace un rato cuando el humano roncaba.
 
Espabilándose en el último instante, el vago intento de ser humano alejó sus dedos justo a tiempo de una nueva dentellada rastrera de su único compañero de habitación. Tomó su almohadón, lo único limpio y ciertamente mullido que tenía, para asestar violentos y repetidos golpes contra el malvado perro; pero logró huir de esos almohadonazos tras el tercer o cuarto impacto, poco más y Beck se estaría riendo secamente como cierto pariente de los dibujos animados. Pulgoso. Desde la pequeñísima cocina se dedicó a aullar – ¡No es de noche y NI SIQUIERA  estamos en semana de luna llena, hijo de la gran perra! – vociferó furioso como cada día que le despertaban así. Sin embargo, lo que más le causaba molestia no era el despertador de cuatro patas, que tenía el 49% del asunto de provocar un bellísimo mal humor en Ray – Beck, tuve la más horrenda de las pesadillas… Llegábamos temprano a clases y vos te llevabas bien con el portero. Debo estar loco o el arroz de tres días que cené anoche me hizo efecto mental – la aterradora escena que lo aturdía todavía, competía con la hinchazón en su mano izquierda, juraría incluso que unas diminutas gotitas de sangre empezaban a brotar en esos huecos afilados dejados por los colmillos. Despotricó retomando con la palma contraria, la sana, un revoltijo de las sábanas para rodear precariamente a la camarada herida, hacer mucha presión así el dolor tal vez mitigaría. Sí, claro. Se arrojó a la posición horizontal otra vez, castañeando los dientes hasta que crujieran del enojo; costumbre no grata ni adecuada para su dentadura.
 
El ácido olor que emanaba desde la cocina alertó al hombre, raudo y veloz se puso de pie como si hubiera levitado o usado la fuerza, y no exagero cuando lo escribo porque ya mismo se encontraba frente al hornillo y la única silla que allí habitaba, cerca entre la mini-nevera y la mesa. En una esquina un enorme charco de orín – ¡Y me meas la casa, encima! ¡Cabrón! – misión cumplida, se encontraba bien despierto. Rabioso, pero lúcido. El perro como Flash inició carrera, se perdió tras dos rincones. Ya se oía el sordo sonido de la puerta trasera que daba al patio descuidado del terreno, no por nada Beck había aprendido a abrir esa puerta pero jamás cerrarla. La usaba más para sus fugas que en sus regresos, mas no le costaría nada estudiar cómo entrar, era demasiado inteligente aún para el gusto de su impotente dueño. Adolescente mayor que precisamente carecía del respeto de su perro a esas horas matutinas.
 
“Sigue así y te dejaré sin comer por 5 días” amenaza en su fuero interno que jamás cumplía. También le faltaba la maldad suficiente para hacer sufrir a su salvaje animal. Buscó el trapo, el agua lavandina, limpió el desastre antes que se pegoteara en las paredes y ese fétido olor no se fuera en semanas. Con la siguiente tarea, pegarse una ducha de agua extremadamente caliente, rumió como zombi frases ininteligibles (culpa de los restos de somnolencia que regresaban como réplicas del terremoto onírico), algunos -auch- y -aghs- en los ratos que el agua hirviente se derramaba sobre la mano lastimada. Despegó los párpados, ahora se secaba con el toallón los últimos chorros de líquido que se resistían parapetados en su melena azabache.
 
Vestido al fin y con medias de diferente par, fue entonces que se dignó a ver el reloj de pared que colgaba peligrosamente en la sala de estar. Un detalle no menor, es que ese ambiente también era su dormitorio, el título se altera dependiendo de lo que se esté haciendo allí. El colchón fue levantado mecánicamente y arrojado contra una de las paredes desnudas – Las diez y media de la matina – excelente, otra mega tardanza en su ennegrecido historial académico. De verdad no podía recordar aunque se esforzara, o le pagaran, en qué siglo había concurrido a clases en un horario razonable.
 
De vuelta en la cocina, arrastró la silla, con un tazón de cereal y un cartón de leche bajo un brazo. Al sentarse en la mesa, la mano que seguía ilesa buscó a tientas un bolsón de comida perruna. Ajá, estaba cerrada tal como la había dejado anoche. Tenía la paranoia cierta de que Beck abría ese reservorio celestial de croquetas, agasajándose hasta reventar. Pero no. Una buena noticia que empezaba regular la suerte que se acumularía durante esta jornada sobre los hombros de él. Rápidamente consumió dos raciones en su desayuno, guardó el cereal y bebió directamente la leche antes de esconderla de nuevo en la neverita.
 
Recorriendo su caverna personal, echó mano a su mochila de 1000 batallas que aún tenía dentro las carpetas y cuadernos desatendidos, un poco fuerte por lo que la herida resumió la dolorosa sensación. De lunes a viernes no los sacaba de allí ni que fuera para un pequeño vistazo. Lo único que salía y entraba de esos cierres era el libro que a Ray tenía en vilo en el presente. Acarició el estuche negro que tenía guardada a su pareja perfecta, Lucille de cuerdas inmaculadas. Dejó atrás su amor casi enfermo que sentía por la música pregonada en esa guitarra, listo para orgullosamente partir al instituto.
 
A mitad del trayecto-mitad de su lectura, que recorría caminando muy campante, Beck apareció reconfortado por la aventura que vaya uno a saber haya tenido en ese rato – Ya desayuné en el tazón, dejé tu comida frente a la puerta trasera  – ¡Qué asco! En su defensa se dice que siempre limpia ese recipiente como se debe, o eso espero. Ray apenas había estirado la mirada al comunicarse, las patas fuertes y musculosas de Beck partían el sendero de vuelta – Buen provecho – dicho demasiado tarde, un modal que de todas formas expresaría. Iba arrastrando sus pasos a la vez que su mirada se concentraba en los párrafos.
 
Llegando a una estación de autobús aleatoria, habiendo superado la más cercana a su casa por capricho y olvido lector, su paciencia era apaciguada por las páginas. El vehículo para él apareció de pronto al frente, se subió emprendiendo lo que le faltare.
 
Describir el paisaje artificial a los lados de las ventanillas, sería imposible para Ray. No le importaba, invertía su atención severamente en el capítulo donde un bombero del futuro sonreía maniático por las palomas que ardían y a la vez volaban transfigurándose en cenizas. Su sentido de la orientación le había jugado una buena pasada, más buena suerte, había desviado la vista a menos de cincuenta metros de la cárcel a la que estaba inscripto. En una exhalación cerró el tesoro de papel, su mochila lo tragó hasta la próxima ocasión de ocio la cual muy cerca estaba. ¿Creen que entrará al salón? No tiene vergüenza de aparecerse a esas horas, bordeando el final del primer período, no obstante lo que deseaba era otra cosa. Caminó rodeando el enorme perímetro de las estancias estudiantiles, siempre se sorprendía por el presupuesto entregado por la nación a esta hectárea, su mantenimiento de los edificios, los anexos y la gran flora que vestía los alrededores. Rodeando tras largos minutos, estaba en el costado que le permitía ver tanto la ciudad de Éadrom a la derecha allá en su esplendor bajo la colina del instituto, así como a la izquierda el fino cercado de arbustos que se entremezclaban con alambres o rejas como se pudiera.
 
Tras más de un año y medio viviendo aquí, una de sus entretenciones consistía en hallar agujeros en el “sistema”, sea cual fuere. Y esos arbustos, sí que los tenía al buscar concienzudamente. Ray no lo había hecho tan así, prefería subirse a un árbol colindante. ¡Allá va! Se llevó una ramita enganchada al cabello de la nuca, en su salto desde la medianera altura de un cerezo, rozando con las manos el tope del arbusto/alambre/reja. Cayó bruscamente en el suelo, no había realizado muy bien el primer punto de apoyo con su pie derecho. Instintivamente rodó hacia delante, amortiguando algo el peso recibido en las rodillas; la del lado diestro la estaba pasando mal, cosa que afirmó al sisear por la punzada que allí se quedaría por un buen rato. Su mochila estaba a punto de perder un asa si no fuera por los valientes hilos restantes que soportaban su labor, pero cada vez que era llevada por los aires con el propietario se dudaba de su resistencia y el futuro que le deparase. Bajo la sombra del mismo cerezo utilizado, miró cuán lejano, o cercano como mejor parezca, se encontrara la casa de color rojo; necesitaba visitar el cuarto que tenía asignado en esa colorada construcción.
 
Demonios. ¿Qué es ese jadeo frenético? ¿Esas hojas y tallos que crujen en los arbustos justo detrás de Ray? La aparición de un hocico de pelaje dorado, con esa nariz conocida, las patas delanteras moviéndose como si estuviera nadando. Contento, Beck se infiltraba en el instituto por uno de los tantos, el can sí los buscaba y usaba, pasajes que le permitiesen los antedichos arbustos – Me destrozaste la zurda, y ahora soy un rengo con la diestra – dramatizaba sus lesiones respectivas en la mano y pierna. Un gemido, esa cabeza tosca que se inclinaba a un costado, como preguntando de qué demonios se quejaba ese humano. “Se hace el desentendido. No tiene remedio” negó el humano, alzando las cejas. Con un ademán quiso que Beck se colocara a su lado. Ambos avanzaron, cauteloso el primate y vigoroso el canino – ¡Sshhh! Terminá de hacer tanto alboroto, nos van a descubrir…  – Las acciones no parecían controlarse por parte de Beck, se sentía poderoso por meterse en terrenos donde no le llaman.
 
Tras unos ladridos despreocupados ante unos gorriones, perseguirlos hasta que se volaran todos en el cielo, no hizo más que aumentar los nervios del pelinegro – ¿Quién anda por ahí? Reconozco la voz de ese perro malnacido – Alguna esperanza de que no hubiera persecución, eliminada. Escondido tras unos troncos gruesos, el animal estaba casi chisporroteando su energía vital. Miradas cómplices – Como siempre, como nunca. Distráelo, no puedo correr a tu lado, ya sabes – susurró la sugerencia, obedecida al instante. Ya se perdían a lo lejos un perro Frankenstein y su inmediato perseguidor, uno de los jardineros del instituto.
 
Retomando la ruta primaria, Ray llegó hasta los edificios dedicados para el descanso de los estudiantes que vivían dentro del predio. Él había abandonado su habitación asignada hace meses, pero aún la usaba de “garage” para guardar todas sus porquerías. No podía entrar a la casa roja por la vía típica, sería acusado ante el director por quien le viera allí (sea una autoridad o un compañeros soplón). Tuvo que alcanzar ese despacho personal desde la puerta trasera, es un decir, porque se había subido por las paredes y decoraciones que servían de agarre para el monesco guitarrista. Sin moros en la costa o eso suponía, alcanzó el balcón correcto; lo sabía porque revisó cien veces su memoria evitando así que terminara en el dormitorio de un compañero, o peor aún de una compañera. Dentro ni se molestó en encender las luces, en parte porque el sol brindaba sus rayos creando penumbra, y Ray conocía el lugar exacto de su mugre, no se tropezaría porque nadie en su sano juicio ingresaba allí para ordenar que se limpiara (habían desistido de ello).
 
En la pequeña biblioteca colgante, su mano sana atrapó unos papeles para impresión, usados y arrugados algunos, otros en blanco. Tomó varios de estos últimos, los dobló por la mitad para guardarlos en la mochila. Emprendió el regreso al exterior, y casi le ven la mollera cuando Beck pasó como una tormenta por las lindes de las cuatro casas. Si Ray hubiese tardado unos segundos más hubiera sido atropellado por su mascota, o en su defecto visto por los ahora tres jardineros que andaban de cacería esa mañana.
 
Necesitaba paz, y reunirse con su perro en el lugar acordado antes que se separaran. Atravesó los jardines  que separaban la piscina por un lado, hasta llegar al edificio antiguo en el otro, cuerpo a tierra en ocasiones oportunas o apurando el paso en los tramos que nadie sospecharía de un alumno ganduleando en horario de clases. Concretamente, se había estacionado en lo alto de un nogal centenario. Allá arriba, sus oídos se acostumbraban al relativo silencio que predominaba en esa zona de los terrenos de Takemori.
 
La campana del segundo período repiqueteaba al fin. Ray había usado acertadamente el tiempo del descanso para mezclarse entre los compañeros, esperando el momento para desaparecer sobre ese nogal. Miró entre las ramas como todos iban rezongando hasta sus aulas, en el edificio principal que a lo lejos se erguía. El edificio antiguo, mejor dicho abandonado, a metros quedaba de la posición actual del fugitivo. La única diferencia que captaba en el “silencio”, eran los maullidos agudos y una incierta voz desde los interiores de la maltrecha construcción. Ignoró la segunda tonalidad, concentrándose en que si cierto perro oía los miau, nada lo detendría en su depredadora tarea.
 
Unos susurros de patas le llamaron desde abajo, garras que rasgaban el grueso tronco – Con que lograste perderlos, de nuevo. Siempre pierdo mis apuestas contigo – hoy le daría ración extra en la cena, malcriándolo por alentarlo en ese deporte que de vez en cuando se sucedía y perdían por mucha ventaja los pobres jardineros. Ray comenzaba su descenso cuando los dos pares de orejas, las redondas de él y las puntiagudas del perro, oyeron claramente el gritito de un gatito negrito y manchado. Los cuellos se giraron con idéntica sorpresa, en los ojos humanos una pizca de terror brillaba, mientras que en los excitados orbes del can la adrenalina hacía su efecto al dilatarle las pupilas. El felino había salido del edificio antiguo, ya tenía forma y peso ante la mirada atenta de esos dos extraños, ojalá que el mito de las siete vidas le sirva de ayuda. Como se esperaba, salió disparado rodeando por la esquina, en sus primarios intentos de perder la pista ante Beck. El perro no quiso quedarse atrás.
 
“Que ese gato descanse en paz… No pretendo esforzarme en parar a Beck” menos en su estado físico actual sumado a su pereza. Aunque quisiera le costaría horrores atrapar a su encandilada mascota. Si Ray no quería, nada le detendría. Se recostó en la diagonal posición que adoptó cuando bajaba, pero ahora estaba quieto, cavilando si tenía el morbo suficiente de contemplar la escena. Quizá.

Mapa:

https://2img.net/h/s19.postimg.cc/i6zpjrpc3/ABFCa8h.png

Del trayecto de Ryuusuke partiendo afuera de la entrada al Insti, y como se describe va rodeando el vallado natural del tremendo predio hasta ingresar super sneaky (?) hacia donde nos compete este tema, señorita


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Tema Privado Re: ¿Puedes leerme? [Ruysuuke Ray Minami]

Mensaje por Helena Solaris el Lun Abr 16, 2018 7:47 am

Un momento, un instante. Tiempo.

Despuntaban las golondrinas, sus voces se abrían paso con los primeros tonos del alba. Un poco más fuerte, un poco más claro, un poco más lejos o cerca no importaba, ellas siempre lograban entrar. ¿Cuál era la barrera del sonido? Si llamamos al experto nos dice que su punto débil es el vació, al vació no hay sonido, pero aquí no caben esas explicaciones.

Sale el sol, entra la luz por las ventas, se encuentra un claro, caliente y suave rayo joven con los fríos pies de una joven cansada. A continuación, con todas sus gamas y ganas se levantan los restantes colores del amanecer, hermanos pequeños del que ya abrazaba los pies de la doncella. Oculto tras los edificios tan bello espectáculo no siempre se puede ver, pero entre espacio y espacio de cada construcción se puede apreciar cada tono, cara rasgón. Encontrarse pues, natural es, con jirones del cielo azul, a éste lo cubre en cierta medida las nubes algodón de azúcar color gris, no por eso menos deliciosas. Pregúntese al paladar infantil que sueña con saltar y saltar de nube en nube para dejarse caer en la más suave cama de plumas de ganso jamás inventada. Ellos aquí son los expertos. En este día y en este momento ya hay medio sol al aire, la mitad de arriba es llamativa, de color amarillo y anaranjado, un muy suave color mandarina corona la cabeza del astro rey. En la parte baja hay un suave tono calabaza que pronto se pierde con el salmón, pasa por el zanahoria y enseguida y poco a poco se transforma en ese amarillos ya mencionado. Dependiendo desde dónde se mire (y aquí no se habla de ningún cristal) todo este espectáculo cambia. Para algunos es invierno y del gris no se pasa, para otros es verano y ya se siente el calor desde la cama. Para ella es primavera y se removía inquieta, como quien sopesa o no en despertar. ¿Ya es de día, qué no ves? Se le puede preguntar, pero no, ella, como tantos otros no lo ven. Brindemos por aquellos que están en cama, con los ojos bien cerrados, las lagañas en éstos y las cobijas hasta la cabeza, ellos no quieren ver este amanecer. Hay otros, cabe mencionar,  que comienzan el laburo para el pan de cada día y se pierden de la alborada, hay también, unos pocos que juntos no son tan pocos, que realmente han sido privados de los ojos y no lo pueden ver.

Despertó

Parpadeó repetidamente, justo lo suficiente para ejercer ese viejo conjuro, que, desde la primera noche pasada en ese departamento, había hervido en su mente. Según creía, cada abrir y cerrar de ojos alejaba el habitual canto de las aves que se habían instalado antes que ella, en las esquinas del edificio y en los árboles que lo rodeaban. Bruja, decían con tono alegré, cantado y como saludos sus amigos al ver el hechizo funcionar (sí, esperaban hasta que las aves dejaran de cantar, por pura amabilidad). Se posaban en frente de ella, le jalaban las sabanas, tiraban de su cabello y la comenzaban a llamar. Tildaban la primera silaba, la alargaban en la pronunciación de la erre, ya era hora de ver a su bruja, a su portadora, a su creadora salir a andar.

La miraron arrinconarse hasta la esquina, fingir que Morefo la tenía, esconder el rostro tras el colchón y acompasar su respiración. Volaron cinco de los seis a su oído visible, gritaron en éste el saludo, ella se levantó y los miró. Hoy era en especial, su pequeña hechicera, amante de lo desconocido, y lo era con creces, más su bruja por el aspecto y carácter con el que amaneció.

Quizá a ellos nada les importara su labor de la noche anterior.

Dada la cortesía habitual de saludar con este sobrenombre ante cada amanecer y dado éste por cinco de los seis pétalos, comenzaba aquí que todos dieran en su totalidad de seis, un beso en la mejilla o frente (según sea el gusto) de su amiga portadora. Empezaba la fiesta. A sus amigos les gustaba bailar, jugar, desafiar a la luz y poner a prueba su velocidad, se decían de placeres simples. Tan simple como salir a caminar. Se preparaban, cubrían las ventanas con cortinas negras, cartulinas del mismo tono y estiraban los músculos, la calistenia es esencial. Helena, sumergida en la oscuridad, se arrinconaba hasta el fondo de la cama, recargándose en la cabecera y los observaba. Se prendía el radio.

Juraría que veo al universo entero desde mi cuarto, pensaba con cada espectáculo dado. Ante ella aparecían nebulosas, constelaciones, aparecían planetas dibujados en la oscuridad y en la intimidad de esas cuatro paredes. ¿Qué tanto le faltaba por ver y sentir ahí? Los pétalos se movían rápido, cada vez más y más, dejaban como rastro ese color naranja que por naturaleza emitían. Ya hasta tenían matices. Algunas mañanas dibujaban una Tierra de mares color salmón, una Tierra posedora de tierras tono naranjado y un escarlata delineaba perfectamente cada continente. “¡Eso es muy Van Gogh!” les dijo la primera vez con emoción, pues ella amaba a Van Gogh. Posteriormente achataban la Tierra y aparecía una calabaza con cara sonriente o con parche en el ojo o sacando la lengua o fumando marihuana. ¿Puedo ver a la bicicleta?, preguntaba, pero sobraba, aquí, sólo aquí. En ese instante y por ella y para ella sus deseos eran órdenes. Aparecía una pequeña bicicleta, de no más de diez centímetros que andaba por el mismo camino por el que habían pasado sus seis amigos. Rompía senderos, subía y bajaba montañas, se detenía ante ella. ¿Puedo ver el universo? Y la bicicleta se dispersaba, se dibujaban por toda la habitación estrellas, algunos planetas, algunas viejas constelaciones y comenzaba la lección de astronomía. Mirase por donde se mirase, a su lado, arriba, abajo, ¡estaba rodeada! ¿Puedo ver a… las mariposas? La última pregunta, la que siempre hacía, era la que más desafíos presentaba. Lo que en un principio se había creado como una prueba de gallardía y dedicación poco después tomó otro rumbo. Lily y Shun’o pronto se lanzaban a ella, la incomodaban, tomaban la almohada y se la soltaban en la cabeza. ”¡Esté pájaro quiere tuna!” Gritaban a todo pulmón, a toda voz, pues se habían adueñado del secreto de Helena.

Ahí, aparecía como había solicitado, materializado su deseo. Comenzaban como dos mariposas, se transformaban en dos pequeños osos, luego las garras se volvían manos, las patas traseras pies y se podía ver, después de una rápida luz cegadora un figura que luego… Luego recordaba que las tunas tienen espinas.

Algunos, para cerrar con broche de oro (solían decir), se lucían con las piruetas más altas y complicadas que podían surgir de la nada misma. O que bien, que cabían en una habitación de no más de cuatro metros de alto por cuatro metros de ancho. No siempre brillaban, pero cuando lo hacían se recordaba con alegría las veces que se había metido la pata con un jarrón o ventana rotos, con un moretón o dos obtenidos por la falta de coordinación y entrenamiento. Acortaban antes de tiempo el espectáculo, eso es cierto, pero no pasaba nada, habían un mañana y aquellos juegos que ahí se desataban eran los más seguros y ecológicos del planeta.

Si Dios, todo poderoso, omnipotente, omnipresente y sabio, había alguna vez logrado traer la luz a la Tierra, nunca lo haría con la fuerza y alegría que aquella descendiente de la sacada de la costilla del primero creado por el creador supremo lo hacía. Jamás desprendería las cartulinas y cortinas negras con esa fuerza, jamás saldría corriendo a la ducha, jamás saldría corriendo para vestirse y de ahí a la cocina. Jamás se miraría al espejo, se reconocería y suspiraría. Jamás, nunca, diría “Pinche vida real” al salir de casa con una sonrisa en la cara. Jamás se preguntaría por las estaciones, los colores, por los vecinos, jamás se preguntaría, ¿Estaban ahí, ayer, aquellos cerezos? ¡Qué rápido pasa el tiempo! Nunca sería tan humano como para darse cuenta de que ya estaban floreciendo. ¿Se preguntaría el creador si los cerezos ya habrían pasado por su punto más alto? ¿Y su noche más fría? ¿Cómo sería su marchitar? ¿De qué historias serían testigos? Jamás se lanzaría una noche (como ella alguna vez lo había hecho) a una cascada de agua fría y a lo pornográfico; sin piel falsa que le cubra el cuero.

Se había quitado la ropa más fácil que desnudarse de los miedos, mientras el río de sus pensamientos se desbordaba con cada paso que daba, o con cada brazada que servía para mover el agua e introducirse en la profundidad del río, salir bailando a la escuela, o salir danzando para refugiarse tras lo árboles y poder vestirse. Sentir cada nervio moverse por el viento besando su piel en cada rincón. Escuchar la excusa perfecta dicha a la madre para llegar tarde o, a veces, la voz de los libres animales. ¡Qué se practique sobre las olas y no sobre el cemento! Pensar en la travesura del día para aquel vecino que cae mal cuando se tienen ocho años u ochenta. Total, el mundo sabe, huele, pica, alcanza, juega, cosquillea y llora. ¡Deliciosa su injuria sobre el mayor! Que no venga nadie a querer limpiarla de pecados.

Desenvainó la pluma sobre la libreta de anotaciones, miró hacia atrás y continuó el paso acelerando. Miró de soslayo al pequeño que había escuchado engañaba a su madre para llegar tarde a clases y poder perder el día, sonrió y guiñó el ojo. A su derecha (de ella) pasaron rápidos y veloces tres de los pétalos para ayudar al más terco y fiero de los seis con la pesada carga de veinte ejemplares del saber que insistía llevar por sí mismo con la mano izquierda. ¡¿Por qué no?! Se escuchó cuando ya los había dejado atrás, cuando la más curiosa encaraba y preguntaba por la rotunda negativa que éste, Tsubaki, presentaba a la mano generosa y amable de sus hermanos. Porque no quiero. Fue todo lo que se escuchó del masculino que consideraba de carácter peyorativo toda muestra de apoyo. Sería un insulto aceptarlo, la más pura de las sátiras. Nada de burlas a su fuerza física y mental, tenía carácter y se decía de gran templanza. Aceleró el vuelo y se colocó al lado de la joven doncella. Ni una gota de sudor sería derramada. La mujer volvió la mirada hacia atrás, movió la cabeza hacia adelante y les señalo a sus colegas que los alcanzaran. Antes de volver la mirada al frente descifró en los ojos de la más tímida en público y osada en casa su siguiente interrogación. Llegaron a la biblioteca, pasaron las escaleras del primer piso, ella caminó y ellos volaron sobre las del segundo, llegaron al tercero y anclaron en el cuarto. Antes de mirar la primera hilera de estantes y verificar la numeración que se sabía de memoria escuchó la suave voz de Ayame llegar mientras que paralelamente aterrizaba en su cabeza… ¿Por qué Tsubaki es tan terco? ¿Por qué no nos deja ayudarlo? ¿Por qué se enoja si lo tomo de la mano? ¿Por qué le jalas las orejas y después le besas la frente? ¿Por qué no nos quedamos nunca más de tres meses en el mismo lugar? Suspiró, esperaba contar con un poco más de tiempo, la habían tomado con la guardia baja. Se había distraído medía milésima de segundo antes con los rayos del sol que atravesar el techo de cristal de la biblioteca y el habitual musical ambiente de escuela de nivel superior.

Repasó las estanterías, llenó los lugares vacíos, y paralelamente Ayame jalaba su cabello un poco más fuerte por la impaciencia que la invadía, nunca tan fuerte como para lastimarla. ¿Tan pequeñita que no aguantas en ti más de una emoción a la vez?, le preguntaba en su interior y como respuesta ella daba otro tirón. Tenía la teoría de que justo esos ingredientes, más la imaginación suficiente, serían los requisitos indispensables, imprescindibles e irreemplazables (junto con cualquier otro adjetivo que empiece con la letra "i"y del mismo carácter de los otros) para logar ver, entre las hojas de los libros colocados en el cuarto piso, un pequeño mundo de habitantes de papel por el rabillo del ojo.

¿Qué mejor qué no vivir la vida alucinación lo imposible, no?

Sacó de su bolsillo un pequeño sobre, lo colocó en el medio de uno de sus libros preferidos. El sobre era más grande que éste de tapa blanca, resaltaba y parecía que alguien había dejado un separador ahí para continuar después con la lectura. Dejó el libro sobre una mesa y se giró. Hora de volver a casa.

Hoy nos mudamos, ¿algún lugar favorito? Espero que no, el siguiente destino es de clima frío. — salieron de la biblioteca, miró por última vez y espero, quiera en lo que se quiera creer, que el sobre fuera encontrado. Pero encontrado como el amor, como la primera risa cómplice de los mejores amigos, encontrado también como la travesura del día. Encontrado en lo inesperado, sin ser esperado. Que fuera inmemorablemente encontrado, pensaba.

Lo verdaderamente inmemorable para ella sería el pequeño animal que después de bajar y subir a la mesa repetidamente se colocó en frente de la puerta en cuanto se percató de unos ladridos. Escuchó al animal rasgar, no se dio cuenta que se empeñaba en acabar con la madera de la puerta y cuando ella lo vio, naturalmente río, a lo alto el pequeño no media más de treinta centímetros. Volvió a escuchar y girando la cabeza lo vio morder la madera podrida debajo de la puerta, lo observó sacar sus garritas y dientes, prestó atención a cada movimiento, moviendo algunos pedazos el animal se hizo caber y comenzó a bajar los escalones. Miró perpleja, se acercó a la escena y tomo los pedazos de la madera, ¿a qué le sabría a aquel animal ese momento? Tratando de ponerse en su lugar quizá se asombrara de sus capacidades, o quizá no, pues no se ponía limite. Quizá fuera de lo más normal buscar riña.

Comprendió.

Se levantó, pisó la madera podrida por accidente y se le enterró el pie, lo sacó con fuerza, presa del miedo. Si había leído bien las intenciones del felino temía por él. Se rasgó el largo calcetín blanco, sintió a la podrida madera rozar su piel y el frío calor de la sangre correr por su dermis. Bajó apresurada cada escalón, ¿dónde iba ese enano? El animal iba en frente, saltaba de dos en dos cada vez más rápido, la miraba tras él y aceleraba el paso, quizá porque comprendía, si el verbo cabe dentro de las capacidades de un animal tan pequeño, que lo detendría, quizá porque había encontrado una forma de ser valiente con ella cuidándole la espalda. Ser valiente a su manera. Pronto salió del edificio, se quedó parada al ver la mirada desafiante que le echaba a una especie de perro que pronto fue tras él. Echaron los animales a andar y pronto se sintió caer, no les apartaba la vista. Sin mirar atrás lanzó sus zapatos, aparentemente había pisado/tropezado con algo, una especie de bulto en el camino que le apreció escuchar se quejó, al que poca importancia dio.

Shunshun rikka — llamó y pronto acudieron los seis a los que había prometido esa mañana por nada del mundo acudir para dejarles descansar. — Usen el escudo del shoten kisshun para proteger al gato, al otro animal… Aléjenlo del pequeño. No los vayan a lastimar.— había un tono de duda en cuanto a las acciones que tomar con respecto al perro, se apoderaba de ella un increíble desasosiego. ¿Cómo terminaría para todos aquello? Giró en la esquina que los vio cambiar de rumbo, escuchó los murmullos des sus compañeros sobre los animales que pasaban y la que veían, iba tras ellos. Le parecían tiempos de gloria lo que hacía algunos momentos aconteció en ese viejo invernadero que encontró. Observo a Ayame y Shoun’o encerrar al gato en un contenedor cubico al que lo único que le faltaba era la tapa. Baigon se les unió para alargar la figura, pues el animal quería riña con el que elevaba en el aire Tsubaki.

Saca de aquí aquel…— ¡Pero que mezcla tan rara era eso! Partes de él eran normales, otras no parecían partes de él. Por una pierna y la retaguardia parecía un dálmata, por una oreja y un ojo otro perro. Contaba tres sus posibles progenitores, pero eso no explicable las posibles enmendaduras que algún desquiciado le había hecho. El animal mordía, ladraba, se orinaba como quien sin pena alguna se burla. Quizá trataba por cualquier medio que lo soltaran quienes lo agarraban del pellejo. No intentó tomarlo, simple y sencillamente se limitó a pedir un favor.— Llévalo con el portero... Aunque quizá el pobre esté enfermo, quizá sea mejor que lo guardemos, se ve terrible y puede necesitar una visita con el veterinario. — escuchó protestas de ambas partes y a un grupo de estudiantes aproximarse, movió la cabeza en dirección del edificio y todos tomaron distintos rumbos. Aquí no pasó nada, se dijo mientras regresaba sobre sus pasos.

Llévalo con el portero.




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Mensaje por Alice Donakis el Dom Jul 01, 2018 6:10 pm

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