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[OneShot] ~ El cazador cazado ~

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+18 [OneShot] ~ El cazador cazado ~

Mensaje por Murakami Yuu el Dom Oct 16, 2016 8:59 pm

La luz parpadeante de los focos maltrechos de un parque, la brisa algo fuerte que mecía las ramas de los árboles generando ruidos y crujidos de ramas que helarían la sangre del mas valiente. Pasos que se hacían sonar, ahogados entre el bullicio de la naturaleza, audibles a solo unos metros. Pasos que se hacían cada vez mas rápidos, una persecución. Un muchacho corría con mirada amenazante, con semblante molesto y claramente cansado por las horas pasadas, teniendo que perseguir a la razón de su actual estancia en ese desolado parque. Un hombre iba por delante suyo, claramente asustado y siendo perseguido, mirando atrás y viendo los azules cabellos de un joven de no mas de 15 años, vestido con ropa de secundaria de Tokyo, y que claramente era hostil hacia él, sabiendo que si era alcanzado por su perseguidor, las ofudas en sus manos lo enviarían al otro mundo, un lugar donde no quería ir, sabiendo que sus malos actos en vida lo enviarían a un lugar no muy agradable para los muertos. Volvió a mirar atrás, el muchacho no estaba.

El fantasma se detuvo, examinó el lugar, pensando que al fin se abría librado del exorcista que lo perseguía, pensando que estaba a salvo. No mucho le duró el alivio. Desde los árboles a los costados del camino que componía el parque saltó cual depredador a su presa, Yuu, con un semblante enfadado y frío, hizo aterrizar los ofudas en el etéreo cuerpo del ser sin vida, creando una estática que iluminó gran parte de la zona donde estaban. El fantasma gritó, en dolor y tristeza de saber que su fin había llegado, miró por última vez al perpetrador de tal agonía, buscando consuelo, buscando que al menos, se entristeciera de su partida. Nada mas que unos ojos fríos y enfadados fue lo que encontró, un ser ya acostumbrado a los de su especie, ya acostumbrado a enviar a los suyos al mas allá, y ni una sola gota de sentimiento era derramada en sus actos, como si lo hubiera hecho ya tantas veces que terminó por no sentir nada. El fantasma lloró, al ver que ya nadie lloraría su partida, y que encima su asesino no sentía nada por él, solo era un número mas en su lista de trabajos, seguramente.
La estática seso, el parque volvía a estar en tranquilo, el ente ya no estaba. El muchacho endereza su espalda, firme ante el acontecimiento que habría sorprendido a cualquiera, se sacudió su ropa fríamente y enderezó.

Un Yuu de 15 años, con una larga lista de exorcismos a su espalda, era quien ahora perseguía a quienes en antaño lo persiguieron, y con un pequeño rayo de venganza que surgía desde su interior, correteaba muertos por las calles de Tokyo, siendo casi una leyenda urbana, pasada en boca en boca por escolares y cotillas de esquina, un humano que cazaba fantasmas, defendiendo a los vivos y desterrando a los muertos como un héroe nocturno. Nada mas lejos de la realidad, su única motivación era eliminar a las molestias que toda su vida lo habían atormentado, hecho un blanco de burlas y discriminaciones, una venganza contra quienes lo convirtieron en un marginado, quien ahora con fría mirada y ni un ápice de remordimiento, cazaba y desterraba muertos y fantasmas.

El joven saca una libreta color café, ojea las páginas de éste, con una mala escritura y notoriamente las páginas  escritas a mano, tacha un nombre de una lista, el trabajo estaba terminado. Notó que había otro nombre en la lista. El dueño de un burdel clandestino que había reportado haber visto un grupo de fantasmas en en las cercanías de su local. El joven sonríe, nada le satisfacía mas de deportar el trasero de un fantasma y mucho mas si era un grupo entero. Ojea la dirección, no estaba lejos, cierra la libreta, la mete en su bolsillo y encamina al lugar donde realizaría la cacería de ésta noche.

Luces rojas y rosas que parpadeaban en los callejones que componían el distrito rojo, donde la policía no entraba por claro recelo a ser acribillados por las bandas de yakuzas que manejaban ésta zona, nada que le preocupara a él, muchos trabajos de exorcismos habían sido realizados para los líderes de éstos matones, y cuando eres el jefe de una banda que asesina a quienes se meten en su camino, era claro que las almas de sus víctimas vendrían a por su asesino, y ahí es donde entraba él, salvándoles el pellejo de posesiones y de desechar mansiones completas poseídas por los fantasmas de quienes alguna vez ellos mismos mataron. Su estancia aquí era mas que bienvenida por los yakuzas, quienes no le pondrían una mano encima, sabiendo el buen trabajo que éste realizaba para ellos, por lo que tranquilidad y algo de cansancio era lo que reflejaba en el rostro del joven que ahora caminaba por los callejones que nadie de buen vivir se atrevería a cruzar.
Un par de matones de poca monta apoyados en la pared junto a puertas, que saludaban al joven al verlo pasar, y prostitutas que aceptaban su presencia ahí, saludándolo y coqueteandole, era lo que se veía en su caminar por el lugar.

Algunas calles interiores y burdeles cruzó para llegar a la zona que su contratista le había mencionado, un grupo de muertos habitaba el lugar, seguramente víctimas de sus atracos y balaceras que buscaban venganza contra el jefe yakuza, dueño del burdel que a su derecha se encontraba, parado en medio de una intersección, compuesta por el mismo local, notó la ausencia de vivos, ahí debían haber matones en las puertas del lugar, prostitutas ofreciendo servicio en la entrada a callejones, pero no había nada, ni una sola persona, y aun que el burdel parecía que funcionaba, no se escuchaba el característico bullicio que siempre había en el lugar. Buscando algún rastro de vida y también de sus presas, encontró al grupo de fantasmas, sintiendo la presencia de éstos no muy lejos de ahí, pero también notó pequeños ruidos y presencias que acechaban, arriba, a sus lados, ocultos en la obscuridad, no parecían ser muertos, eran presencias que no había sentido antes, entonces, por sus fosas nasales entra un olor algo peculiar, un fuerte olor asqueroso que le hizo helar la sangre como hace años nada lograba hacerlo.
Corrió dentro del burdel, ignorando las presencias que lo acechaban, abrió la puerta ferozmente para solo encontrar una escena nada agradable a la vista. Un mar de cadáveres regaban el local, todos los matones, prostitutas y bailarinas, los clientes y el mismo jefe que lo había contratado, yacían muertos en todos los lugares imaginables que componían el local, un regadero de sangre y vísceras decoraban ahora las paredes, ésto no era bueno, recordó las presencias que lo habían estado acechando hace unos momentos, y posiblemente desde que entró al barrio rojo, volteó solo para encontrar tres siluetas que ahora bloqueaban el lugar donde había entrado, seres de alto porte, cabellos largos y negros, vestidos con traje negro a juego, todos, dos hombre y una mujer, con corbatas rojas y una sádica sonrisa en sus rostros. Un crujido delante, desde el interior del burdel donde hace solo unos segundos había mirado, ahora se encontraba una mujer, claramente diferente a los tres que en su espalda se encontraban, sostenía la cabeza de una mujer desde sus cabellos, miró al joven que había irrumpido en su patio de juegos, ojos rojos, brillantes y aterradores ojos rojos lo estaban mirando, una sonrisa se dibuja en el rostro de la que ahora, levantaba el juguete que sostenía en sus manos, y dejaba que un chorro de sangre cayese en su ahora abierta boca, tragando su bocadillo, se le heló la sangre con solo verlo, un paso atrás por mera reacción, quiso huir, quiso correr e irse a casa, otro paso atrás, la mujer delante suyo deja caer la cabeza seca al piso, limpiándose los restos del rojo contenido de su rostro con una manga de su gabardina, ella dijo algo, no supo que, estaba demasiado shockeado para escuchar nada.
Mete la mano a su bolsillo y de ahí saca, muy lentamente y con temblorosa mano, un ofuda, dispuesto a crear una distracción y salir de ahí, de alguna forma, entre los tres que bloqueaban su paso a la salida. Ni medio segundo sostuvo el papel, la mano de uno de los que, detrás suyo, bloqueaban su salida, lo detuvo, cayéndosele éste. La mujer que componían el trío que lo asechó hace casi nada, tomó el ofuda caído, lo examinó con extraño semblante, ahora notando que éstos tres, también estaban manchados en sangre, posiblemente de alguno de los que ahora, estaban regados aquí. Quien examinaba el ofuda, al parecer, dio un reporte a la mujer con gabardina delante suyo, mientras la mano que lo había agarrado, del hombre que ahora bloqueaba sus movimientos, apretaba cual garra de oso, una fuerza que no había sentido antes, una fuerza que no era nada humana.
La mujer con gabardina se le acerca, con delicados pasos, uno delante del otro, con una elegancia que, si no estuviera bañada en sangre, sus negros cabellos y rojos ojos, pasarían fácilmente por alguien de alcurnia. La mujer le pregunta algo, no alcanza a comprender el que, no puede entender palabra alguna, el miedo le bloquea todo, la presencia de la persona que ahora está delante suyo le nubla toda sinapsis. Ésta frunce el ceño al no recibir respuesta, le abofetea fuertemente, una corriente de dolor le recorre la cara, adormece inmediatamente la zona golpeada, pero aún sintiendo el dolor de la bofetada, sale del shock.

>Te pregunté quien eres<  Abofeteado otra vez, en la misma zona, el dolor lo despierta por fin. La mujer con gabardina toma el ofuda y se lo enseña, el hombre detrás del peli azul, lo sostiene de, ahora, ambos brazos, con una clara ventaja de altitud, es fácil para él. >¿Eres un exorcista?, ¿trabajas para éste local?<  La voz de la mujer era seductora, casi como el canto de una sirena, una voz que denotaba una frialdad y madurez que él no tenía, y eso le molestaba.
-Soy un exorcista...- Escupe sangre de su boca hacia un costado, entorpecía su hablar. -Hago trabajos para los yakuzas de éste sector- Su miraba cambió, y la mujer lo notó, pasó de perrito asustado a combatiente capturado, ella sonrió, de sus labios, entre labial púrpura y sangre, se asoma la respuesta a la identidad de los cuatro que ahora lo habían capturado, colmillos. >Pues bien, mi pequeño exorcista, me parece que hoy no debiste venir aquí<  La lengua de la mujer se desliza por el labio inferior del joven Yuu, saboreando el residuo de sangre que dejó al escupir anteriormente. Empalideció, sabía lo que eran, y sabía perfectamente lo que le hacían a sus víctimas, nada bueno, debía huir, lo más rápido y lo mas lejos que pudiera, si no, estaba muerto.

-Quita tu sucia lengua de mi, sanguijuela, o te la morderé- Ladró, una mirada desafiante, una actitud retadora, si quería salir de aquí, no debía caer en el juego de ellos. A la mujer no le gustó nada el apodo, los tres que la acompañaban, seguramente con rangos por debajo de ella, se miraron entre si, asombrados de la respuesta del menor, lo mas probable es que nadie se atreviera a hablarse así. La mujer con gabardina se enderezó, una clara altura superior a la de su rehén, lo hizo mirar hacia abajo, vio esa mirada agresiva y desafiante, una mirada indomable que se ganaba con años de haber luchado contra algo y no perder nunca, una mirada de un niño malcriado, para ella.
Con un movimiento el cual él no pudo ver, las afiladas uñas púrpuras de su agresora, eran clavadas en unos centímetros en su pecho, no lo suficiente para dañarle severamente, pero si para hacerle sufrir. Un ladrido de dolor escapa del muchacho, a lo que la culpable de dicho dolor responde, tomándolo del rostro con una fuerza y mordiendole fuertemente el labio inferior, haciéndole sangrar y saboreando dicha sangre que brotaba. La vio de cerca, sus profundos ojos rojos lo estaban observando, era ahora el blanco de dichos ojos y eso lo aterraba, no se había sentido así desde hace ya años, como un conejo siendo presa de algo mas grande que él, indefenso y aterrado, se sintió como cuando era un niño, y era perseguido por los muertos, y eso le enfadó.

Levantó el pié y flexionó la rodilla, dando una patada en el estómago de la mujer, ésta no soltó sonido alguno de dolor, pero logró hacer que se separara, haciéndola retroceder un paso. Su boca sangraba, y su pecho también, la ropa escolar negra se teñía ahora del rojo de su sangre, se sentía húmedo, pero por extraña razón, su pecho no dolía, tal vez por la adrenalina, tal vez por el miedo.
La mujer se enderezó y lo miró fijamente con un claro semblante de enojo, sintió como era soltado, el hombre que detrás suyo lo estaba sosteniendo hace casi nada, ahora lo dejaba libre y retrocedía, apartándose del camino y dejando vía libre a la salida, nada se interponía entre él y la puerta que daba a la calle, abierta de par en par, volteó de inmediato, pensando que lo habían liberado, pensó por un instante que podría volver a casa. Un agudo dolor en su costado lo sacó de sus fantasías de libertad, una patada proveniente de la gabardina le hizo, literalmente, volar varios metros hacia afuera del local, justo en medio de la desértica intersección, rodó otro par de metros, su rostro mostraba claramente cuanto dolía, sus manos fueron a la zona golpeada intentando mitigar el dolor, seguramente se le había roto una o dos costillas, ya que sentía un dolor que jamás había sentido antes.
La mujer se le acerca, paso lento, él la mira, deseando que no lo golpeara otra vez, no quería volver a ser golpeado, toda la rudeza que demostró anteriormente había quedado opacada con un solo movimiento de esa mujer. Se arrastra en el piso, quiere huir, se aleja de su agresora, ella se le acerca, lentamente, sonríe. >Eres un niño malo... y a mi me encantan los niños malos...< Su semblante cambió totalmente, ya no era frío y maduro, ahora, la mujer que se acercaba a él, mientras lentamente se quitaba el cinturón y lo veía con claro sadismo, relamiéndose y medio sonrojada por el goce que seguramente sentía, era completamente diferente a la que hace un momento lo pateó. El chico vio claramente como su gabardina caía, dejando al descubierto sus brazos, en un traje de etiqueta con corbata roja y sin mangas, con sus brazos tatuados en varios símbolos y caracteres que no alcanzaba a comprender. Estaba aterrado, y claramente en su rostro se veía, cosa que la mujer adoraba ver. Intentó retroceder, se arrastró sin quitarle la vista de encima hacia atrás, el dolor de la patada aún estaba presente, le costaba moverse. La, ahora, sádica mujer frente suyo se acerca aún mas rápidamente y pisa el lugar donde antes lo había pateado, el peli azul grita de dolor, se retuerce intentando quitar su pie de allí, ella se lo concede, levanta el pie, pero solo para presionar su largo tacón contra los genitales del chico, otro grito de dolor, éste aún mas grande, intenta zafarse pero no puede, la presión que ejerce es tremenda, no puede mover su pie ni un solo centímetro, ella mueve si pie, meneandolo cual colilla de cigarrillo que pisa, la agonía en tremenda, lagrimas de dolor salen entre gemidos y revuelcos, la sádica mujer nota su lloriqueo, y claramente se ve complacida por ello, retira el pie y se agacha a la altura del joven, se arrodilla y apoya sus manos a los costados del muchacho, quedando sobre éste, mirándolo como agoniza de dolor. >Duele, verdad?<  Lo sigue con la mirada en todos los movimientos que el chico hace al retorcerse, éste la mira, con odio, ella es la perpetradora de todo éste dolor. >Aún te queda fuerza, parece.< Ella lo olfatea, lenta y lujuriosamente >Intenta no disfrutar ésto, si?<  Nada mas terminar de hablar, desliza su mano en el pantalón roído del chico, tan hábilmente como si lo hubiese hecho cientos de veces, va directamente a su entrepierna, toma con delicadeza su miembro y genitales con solo una mano, mientras que con la otra lo toma del rostro para verle de cerca. Éste se sonroja ligeramente, reacción natural de un chico de secundaria ante tal acción, pero no tan natural ante tal situación. Ella lo observa, como reacciona mientras ésta juguetea con su mas delicada parte, nada amable, un poco ruda, pero no doloroso. El muchacho no sabe que ocurre, no sabe por que lo hace ni por que lo observa tan detenidamente, pero siente claramente como ella juega con sus genitales tanto como quiere. Se sonroja un poco mas.

En un acto despiadado, ella aplasta sus partes sin romperlas de tal forma que, el paso del semblante sonrojado y enojado del muchacho, al de una pura agonía como nunca antes la sintió fue tremendamente sublime, tanto que ahora fue ella quien se sonrojo aún mas mientras lo miraba retorcerse, llorar y perder la compostura totalmente. El chico ya no pensaba, no escuchaba, sus sentidos se distorsionaron por el dolor, no podía pensar, solo sentía ese dolor agónico, fácilmente, hubiera preferido terminar como los demás dentro del burdel. La mujer lo suelta, retira su mano solo para llevarlas a las ropas de chico, aprovechando su falta de sentidos, le desgarra su chaqueta y sudadera, exponiendo el desnudo pecho ensangrentado del menor, ésta se dispone a lamer la herida y saborear la sangre de su presa mientras éste aún se retuerce de dolor y llora en agonía. Las débiles y temblorosas manos del sometido intentan apartarla, intenta escapar como reflejo casi animal ante su predador, ella toma ambas manos del chico y las estampa contra el piso por sobre su cabeza, quedándoselas para así, restringir sus movimientos. Unos dedos rotos avivan el dolor, el chico pierde los últimos ápices de orgullo que quedaban, suplica, entre llantos, que lo deje ir. Ésto complace totalmente a su sádica agresora, quien le da un retorcido vistazo al aterrado rostro de su presa, ella está complacida, besa al chico contra su voluntad, deslizando su hábil lengua en la boca del menor, saboreando la sangre que aun hay en ésta.

Por extraño que parezca, éste acto ejerce un efecto anestésico en su dolor, no desaparece totalmente, ni de lejos, pero comparado con lo agónico que sentía hace casi nada, lo que siente ahora es casi un alivio, tal vez ella está aliviando su dolor de alguna forma con su beso. Sus músculos se relajan, deja de ejercer el inútil forcejeo contra ella, el dolor se va, lentamente, comienza a recobrar sus sentidos, adormeciendo su cuerpo como nunca nada lo había hecho antes. La mujer separa sus labios, sin antes lamer los del peli azul, se le queda viendo, ese rostro asustado, adolorido, con lagrimas en los ojos, un rostro sometido totalmente, ella sonríe.
Toma el cinturón que antes se había sacado para enrollarlo en el cuello de chico, de tal forma que sirva de correa para perros, el chico no ejerce resistencia, no tiene las fuerzas para ello, ella jala del extremo de la correa, levantando la cabeza del menor un poco, éste la mira y ella a él, sabe que está a su merced y no puede hacer nada, y ella sabe que él lo sabe, se lo dejó bastante claro y esa era, precisamente, su intención.  

Acerca su rostro al del chico, lame la comisura de sus labios, saboreando el momento, éste no lo siente, su cuerpo está adormecido, ya no siente ningún dolor, solo cosquilleos en algunas partes que no puede identificar. Ella ladea la cabeza del muchacho, éste ya no ejerce ninguna resistencia, expone el cuello de éste, haciendo a un lado la correa que lo somete, se le acerca y lo lame, le susurra cerca del oído. >Suplícame<  Él sabe a lo que ella se refiere, no quiere hacerlo, no quiere perder lo único que ella aún no le a robado, su libertad. Pero sabe que si no lo hace, volverá a jugar con él, volverá a sentir ese dolor agónico otra vez, no quiere mas dolor, quiere que ésto termine. Su ladeada cabeza mira hacia un lado, no la ve a ella, está viendo a uno de los tres que la siguen, parado en el umbral de un callejón, haciendo guardia, dejando que su ama saboree a su presa tranquilamente a la luz de la luna, sabe que debe responder, sintiendo la respiración de su agresora en su cuello, sabe que debe decir, pero no quiere hacerlo, entonces ve algo mas. Una silueta se nota frente al hombre que hace guardia en el callejón, y no solo es una, son varias, muchas siluetas de personas paradas al rededor del hombre miran en conjunto como la mujer devora en mas de un sentido a su persona. Éstos, al parecer, no son vistos por el guardia de traje negro, aún estando a escasos centímetros de éste, son un grupo, un grupo bastante numeroso de fantasmas, acercándose, mirándoles, y nadie mas que él los ve.

Estira su mano en dirección a ellos, temblorosamente y con dificultad. -A....... Ayuda....-  El grupo de fantasmas, que se supone iban a ser su presa ésta noche, se miran entre ellos, no saben si el chico les está hablando a ellos, pero atrás no hay nadie. La mujer se percata de que habló, se separa un poco y mira en la dirección que está mirando mientras sus cabellos negros caen con lentitud seductora. >¿A quien le hablas?<.  El chico con dificultad la mira, nunca estuvo tan feliz de ver fantasmas y sonríe al ver que el grupo de fantasmas están atacando al guardia, él no puede verlos ni tocarlos, pero ellos a él si. Se separan, los muertos vuelan hacia los hombres trajeados que hacían guardia, la mujer sobre el maltrecho chico se asombra al ver que sus subordinados están luchando solos, y algunos son arrojados contra la pared. No pasa mucho hasta que ella también es agredida, un considerable número de fantasmas atacan a la sádica mujer, arrojándola algunos metros desde donde estaba. Los fantasmas restantes luchan y retienen a los sujetos que la acompañaban, mientras ésta es ahora, agredida con invisibles manos que causan daños considerables a pesar de no ser tan débil como un humano. Algunos ayudan a Yuu a pararse, sosteniéndolo para que se levante, lográndolo. Él la mira, mira como la mujer que estuvo a punto de quitarle todo está luchando con personas que no puede ver, pero él si. El resto de fantasmas atacan a la mujer, la levantan y jalan de todas partes, ésta gimotea y lucha en vano, y aun que no pueden hacerle suficiente daño, no puede moverse con libertad.

En un instinto animal, proveniente de lo mas profundo de su ser, el chico corre, aprovecha la situación para correr lo mas rápido posible lo mas lejos que pueda, corre sin mirar atrás, corre por las calles y callejones de la zona roja, la cual ahora no hay nadie, seguramente todos muertos. Logra salir a una avenida principal, sigue corriendo, las luces nocturnas guían su camino, no sabe a donde va y poco le importa, no quiere volver a saber de los sujetos que lo atacaron, solo sigue corriendo, ignorando el fuerte dolor que siente en todas partes ahora que se a movido, con la correa de la mujer aún colgando de su cuello y los harapos que antes eran su ropa colgando y meneándose. Las luces lo guían a un parque, un parque conocido, el mismo parque que hace solo horas atrás él estuvo trabajando, donde fríamente deportó a un asustado muerto al otro mundo, sin un ápice de remordimiento.
Se arrodilló en medio del parque, donde solo unas pocas luces parpadeantes iluminaban el lugar, y se echó a llorar, abrazándose a si mismo y con todas sus ganas, lloró, por felicidad de haber escapado, por impotencia de no haber podido hacer nada, por liberar todo el cúmulo de emociones que se habían quedado atoradas.

Unas horas pasaron, el chico sentado en una banca en el parque estaba ya mas calmado, no quería moverse, no podía, sus heridas le dolían, su orgullo le dolía, había sido tratado como un juguete por los vivos y había sido salvado por los muertos, tenía mucho en que pensar.
Mete la mano en su roída ropa, saca la libreta color café donde tenía apuntado los trabajos que hacía, y varias notas mas, y la tiró a la basura que estaba junto a la banca, sonrió un poco.
Justo frente a él, una niña pequeña de cabello largo lo mira, se nota preocupada, como si quisiera hacer algo por él, no estaba viva, él lo supo nada mas verla. Si la hubiera visto hace horas atrás, la hubiese exorcizado nada mas verla, sin remordimientos.

El chico estira su mano y acaricia la cabeza de la pequeña fantasma, ésta se sorprende al ver que puede verla y tocarla, éste le sonríe y la pequeña se le acerca para consolarlo.



-FIN-


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