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[OneShot] Diario Inmortal

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Finalizada [OneShot] Diario Inmortal

Mensaje por Murakami Yuu el Sáb Oct 15, 2016 2:37 am

Desde lo profundo de la obscuridad y gélida soledad escribo éstas palabras, antes de que olvide por completo quien soy, probablemente sean éstas las últimas palabras que escriba antes de convertirme por completo en algo que no soy, pero que sin duda seré. Culpándome completamente a mí mismo, les dejo el testimonio de lo que soy, de quien soy, o al menos, de quien fui, ésta es mi historia...

Era el año 1470, la época de la siembra estaba en el aire, los granjeros cosechaban los frutos de sus esfuerzos de todo el año, era una época feliz, el aroma a flores te abrazaba con gentileza dándote la bienvenida a lo que es, o era, un pueblo feliz. Lo más alejado de las ciudades principales de Rumania, a unos días de carreta de una ruta de comercio no muy concurrida, estaba mi pueblo, mi ciudad, un lugar donde las llamadas, "nuevas tecnologías" no se habían hecho sonar aún, un lugar rustico, floreado en ésta época. Casas de madera y cercos robustos, cerdos chillando en jugarreta, niños jugando a la orilla del río cercano al castillo principal donde se erigía toda la ciudad, uno de los pocos castillos de la antigua época, como la llamaban en ese momento. La llegada de la estación de cosecha trajo consigo no solo comida abundante, sino un regalo para la ahora feliz familia dueña del castillo. La señora de la gran residencia de piedra y mármol, había tenido un hijo, su primer hijo, un varón sano, el heredero de la familia y de todas las tierras hasta donde la vista alcanzaba a ver. Ese, sin duda, era un motivo para celebrar, todo el pueblo se regocijaba por la llegada del nuevo señor del lugar, una gran fiesta fue erigida en honor al ahora llamado, "Alexander", nombre puesto por el conquistador griego de la antigüedad, o eso dijo su padre, en realidad, el nombre lo puso su madre porque así se llamaba su abuelo más querido, el cual había muerto hace unos años atrás, de viejo. La señora de la ciudad cuyo nombre ya he olvidado, siempre soñó con un hijo y su esposo con un heredero, por lo que la familia ahora era feliz, más de lo que nunca fue.
Los años pasaron igual como para cualquier otro, el bebé ahora era un muchacho de ocho años, diestro en estudios y esgrima, dotado de buena salud y perspicacia como ningún otro, un dotado en tanto las artes como la ciencia era una luz de un buen porvenir para la ciudad, un padre orgulloso y una madre amorosa era lo que le rodeaba, sirvientes fieles y amistosos le saludaban al caminar, su vida no era mala en absoluto, pero el destino siempre tiene preparado la piedra perfecta para cada quien. Su padre contrajo una enfermedad muy rara para la época, calló en cama a los pocos días de la primera fiebre, los médicos y curanderos no podían hacer nada, habiendo llamado a todos quienes podrían haberlo sanado y habiendo fallado. En su lecho de muerte, le pidió a su hijo heredar sus tierras, cuidar a su madre y a su pequeña hermanita de un año de edad, el muchacho claramente y con voz temblorosa, aceptó esa responsabilidad, viendo morir a su padre postrado en cama con una sonrisa de satisfacción al saber que dejaba a su familia en las buenas manos de su hijo.
El muchacho, ignorante a lo que su madre le ocurría, se esforzó por dirigir la ciudad por dos años los cuales se fueron volando, ya no tan felices, pasillos sombríos y cuartos solitarios eran ahora la bienvenida que daba el castillo, su alegre padre ya no estaba allí para guiarlo. Su madre, por su parte, pasó los próximos dos años llorando a su difunto esposo, y durante ese tiempo, su mente se nubló y perturbó, su mirada perdida y vacía, como si de un cascarón sin alma se tratase. Lamentablemente, siempre existen buitres hambrientos que están a la espera de aprovecharse de alguien así, y es exactamente lo que ocurrió. Es increíble que recuerde el nombre y rostro de esa persona más que los de mi propia madre, pero por respeto a ella, no lo nombraré, ya que me gusta pensar, que de cierta forma, durante ese corto lapso de tiempo, y de cierta y enfermiza forma, ella fue feliz.
Un hombre llegó al castillo, dicha persona traía consigo una repugnante sonrisa la cual me helaba la sangre cuando la veía, su cuadrilla de hombres lo seguía, dijeron que habían sido llamados ahí por mi padre antes de morir, pero no habían podido llegar antes a presentar respetos a él, o esa fue la excusa que dieron para entrar como invitados del castillo, en su inocencia e ignorancia, el muchacho les permitió entrar. En ese entonces no sabía cómo, pero poco a poco los altos cargos que me ayudaban en mi labor de guiar al pueblo, comenzaron a ponerse del lado de cierto nuevo y autoproclamado “salvador” de la ciudad. Enamoró a mi madre, haciéndole pensar que era mi padre que había vuelto de un largo viaje, con su mente turbada y un poco de control mental, mi madre calló rendida a sus pies, al cabo de medio año, esa ya no era mi ciudad, si no suya, el hombre de ojos dorados.
Desde entonces no tuve que llevar la ciudad a cuestas, mis antiguos hombres de confianza ahora eran sus lacayos, regían la ciudad a gusto de ese hombre, mi pueblo, los cuales antes rechazaban su llegada, poco a poco comenzaron a idolatrarlo como un rey, como su rey. Mi madre también cambió, sus hermosos ojos azules, los cuales habían enamorado a mi padre, ahora eran dorados como el oro, su rosada piel se tornó mucho más clara y su cabello mucho más largo, el cambio había comenzado, tan solo al cabo de un año, todos en la ciudad eran ya vampiros, la vida diurna había muerto dando paso a unas noches de desenfreno y sangre, usaban humanos comunes, sus mismos vecinos, amigos y familiares como comida, manteniéndolos vivos para así saciar su sed a la noche siguiente. En cuando al castillo, a mi hogar, no, ese ya no era mi hogar, era un nido de sanguijuelas hambrientas de lujuria y sangre, donde antes había paz y amor, ahora solo había aberración.
Cumplí mis veinte años, no hace muchos años que fui convertido en vampiro junto a mi hermana, por alguna razón nos dejaron como humanos durante años, y no sé por qué, pero fue nuestra madre misma quien nos convirtió. Entre orgías, sangre y lujuria, fue como nos terminamos de criar, corrompiendo mi cuerpo con incluso mi propia sangre, a la que alguna vez llamé hermana, ahora no era más que una muñeca al servicio de quien quisiese, vacía y corrompida por todos, y aun que me gustaría culpar a alguien por ello, sería hipócrita de mi parte, ya que yo también me convertí en eso, en solo un muñeco más. Mi madre por su parte, era “feliz” creyendo que ese hombre era mi padre, había vivido engañada todos esos años, y por alguna razón, mi madre era la única que era intocable por orden del nuevo señor de la ciudad, un trofeo tal vez, de una nueva ciudad conquistada seguramente, ya poco me importaba. Si mi padre me hubiese visto entonces, estoy seguro que se avergonzaría de lo que me convertí, de cómo rompí su promesa de mantener a su ciudad protegida y a salvo, ahora, no quedaban nada más que recuerdos de lo que alguna vez fue.
Una noche, habiendo terminado un libro que cogí de mi biblioteca personal, a la cual nadie entraba, ya que a nadie le importaban los libros ahí, salí de recorrido por los pasillos del castillo, solo vi repulsión en cada esquina, pero ya estaba habituado a ello. Me dirigí a los aposentos de mi madre, no la había visto en semanas, no, tal vez meses, no lo recordaba, pero por ello justamente quería verla. La gran puerta de su habitación estaba sin guardias, cosa que me extrañó, ya que ese hombre malicioso siempre tenía bien custodiada a su trofeo para que nadie pudiese tocarla, pero ahora no había nadie. Entré en sus aposentos y entonces lo vi, claro como el agua. Había sido un estúpido, un grandísimo estúpido, la imagen del cuerpo de mi madre, claramente sodomizado sobre, lo que antes era un bello cuarto, ahora una mazmorra lúgubre y ensangrentada, implementos colgando de las paredes los cuales el solo pensar que pasaron en la tersa piel y de mi progenitora, aún hoy me hacen hervir la sangre.
Aún hoy no sé si fue mi sangre vampírica despertando por completo de golpe, o el simple hecho de mi furia explotando lo que me llevó a hacer lo que hice. Un día, ese tiempo fue todo lo que me tomó para incinerar vivos a los durmientes ocupantes de mi ciudad. Yo?, miraba con mis vacíos ojos como se quemaban vivos y escuchando como gritaban de dolor, mirando desde lo lejos como la ciudad que mi padre una vez amó, ahora ardía en las incandescentes llamas del infierno, y he de admitir, que gocé cada segundo que pasé observándolo.

¿Cómo sigue viviendo un hombre que lo ha perdido todo?, esa pregunta rondaba mi mente una y otra vez, mientras mi inerte cuerpo caminaba sin rumbo, recorriendo los prados, páramos y bosques de mi país. No fue sino hasta que llegué a las montañas más alejadas del fin del mundo cuando lo encontré, a quien se convertiría en mi único y mejor amigo.
Había caído preso de una ventisca en las gélidas montañas del sur, cubierto completamente por la blanca nieve y habiendo perdido ya las ganas de dar otro paso más, cuando un hombre me encontró, aunque aún no se si debo decir, por suerte o por mala suerte. Desperté en una cueva, una simple fogata era lo que calentaba el lugar, y frente a mí se imponía un hombre cuyo nombre me dijo que era Maxwell. Me contó su historia, o al menos parte de ella, me dijo que era igual que yo, un vampiro vagabundo, sin hogar ni lugar al que volver, pero con muchos más inviernos sobre sus hombros. Comenzamos a viajar juntos, él me enseñaba lo que sabía, cosas que yo no tenía idea que existía. Me educó en las artes mágicas de muchos lugares, viajé a los rincones más alejados del globo, visitando las bibliotecas arcanas de las antiguas civilizaciones, juntos logramos cosas grandiosas, creamos hechizos y contra hechizos que aún hoy, y tal vez después de hoy, se sigan usando. Me volví inmortal, tanto que ya ni siquiera yo mismo podía matarme, un grave error.
Luego de algunas décadas compartiendo el mismo camino, optamos por separar nuestros pasos. Aún recuerdo ese día, fue como si el maestro le estuviese diciendo al discípulo, que ya no hay nada que pueda enseñarle y ahora debía seguir su camino por sí mismo, y tal vez así es como fue, él era mi maestro, Maxwell El Sabio. Aún hoy le extraño mucho, sus malos chistes, sus buenos concejos, sus amistosos y alentadores palmeteos en la espalda, ese hombre fue como un segundo padre para mí, me enseñó no solo a defenderme, si no a recuperarme de las cicatrices que ese hombre de ojos dorados había dejado en mí, me dio más de lo que jamás podré devolverle.
Volví a mi país, a mi destruida ciudad, la que ahora era nuevamente un bello pueblo rustico, levantado de las cenizas de los recuerdos olvidados de mi antiguo castillo, cuyo cual ya no estaba, supongo que el fuego quema incluso la piedra y los malos recuerdos. Me quedé allí una temporada, recordando lo que alguna vez fue en ese lugar, antes de los malos recuerdos, cuando mi familia era feliz, como mi padre me sacaba a pasear por la ciudad, como las personas saludaban a mi padre con gentileza, como mi madre cuidaba de sus jardines, enseñándole a mi hermana todos los secretos de cómo cuidar los rosales, aunque claro, dudo que a una bebé le pudiese entender mucho.

A éste capítulo de mi vida lo llamo, La época feliz. Recuerdo perfectamente el día en que la conocí, en ese tiempo solo era una camarera y yo un cliente, fui a buscar un trago al bar para saciar mi sed, pero no fue precisamente alcohol lo que andaba buscando. Mi mirada revoloteaba entre las personas del lugar, buscando alguien en quien pudiese alimentarme, entonces un destello dorado llamó mi atención. Las curvas de su cuerpo hicieron a mis ojos enrojecerse nada más verla, su dorado cabello rizado alargó mis colmillos, su risa inocente e inconscientemente coqueta, hizo que mi respiración acelerara a un ritmo casi vertiginoso. Sí, me había enamorado, jamás creí que yo me enamoraría a primera vista, nunca creí en esas cosas, uno nunca cree en “esas cosas” hasta que te ocurren a ti, y claro, me estaba pasando. Una simple mortal de cabellos dorados que fácilmente por la edad que tenía en ese entonces, pudiese haber sido mi hija, pero no lo era, y la deseaba.
Opté por tomar el camino largo, reconstruí mi hogar desde las cenizas de mi antiguo castillo, ahora siendo una mansión, mucho más pequeña en comparación con mi antiguo hogar pero igualmente hermosa. Éste lugar no lo hice para mí, sino para un hogar en donde pudiese formar lo que deseaba.  Elisabetta, recuerdo su dorado cabello rizado caminando entre amables personas que visitaban la taberna donde ella trabajaba. Concurría muy seguido allí, no para beber, ni para cazar, sino para llevar, todas las noches, un ramo de rosas a la mujer que en el futuro yo llamaría, mi esposa.
Fue el día más feliz de mi vida, una boda en los patios de la mansión, todo el pueblo asistió, un banquete en nuestro honor y una noche que jamás nunca olvidaré. Quería ser abierto con mi esposa, por lo que desde un principio le conté todo lo que fui y lo que era, temiendo al rechazo que generalmente los humanos tenían por nosotros los nocturnos, pero no fue así, ella me aceptó tal y como soy, con todos mis defectos y virtudes, ella aceptó pasar el resto de la eternidad juntos, cosa que alegró mi maltrecho corazón, al fin, yo era feliz.
A los pocos meses tuvimos a nuestro primer hijo, un varón, Maxwell, en honor a mi maestro. Y unos pocos años después una hija, Isabela, mi princesa, como la llamaba yo. Juntos formamos una familia cuyo cual los mismos dioses pudieron estar envidiosos, la felicidad siempre marcaba una sonrisa en el rostro de mi esposa. Aún recuerdo como mi mujer cuidaba de unos rosales rojos en los jardines de la mansión, como le enseñaba cosas simples y delicadas a mi pequeña hija. Aún recuerdo a mi hijo esgrimiendo su primera espada, como le enseñaba a levantar más el codo al dar estocada, a bajar un poco los tobillos al cabalgar. A veces me pregunto, si mi padre se sentía así cuando era yo al que le enseñaban a levantar el codo al dar estocada, supongo que sí.
Los años pasaron, mi hijo era un hombre de veinte años y mi hija una hermosa dama de dieciocho, y mi esposa, la mujer más hermosa que jamás había conocido, su belleza irradiaba luz incluso en el cuarto más obscuro, incluso en la noche sin luna ella danzaba entre luces provenientes de su sonrisa.

Fue corto, ahora que lo pienso, solo un suspiro en la vida de un inmortal, ya que al igual que a la familia de mi padre le arrebataron todo, la mía estaba destinada a lo mismo. A veces me pregunto, ¿habré sido yo?, ¿maldito por alguna razón que no logro comprender por lo que los dioses me impiden ser feliz?, no, solo deliro.
Los humanos se estaban organizando en nuestra contra, la llamaron “cruzada santa”, aún hoy aborrezco ese nombre y a todo cuyo cual porta lo “santo” con él, y quien podría culparme.
Un ejército enviado desde las tierras santas arrasaba pueblo tras pueblo, buscando a las supuestas brujas y herejes, a los pecadores, a personas como nosotros. Así fue como llegaron a mi ciudad, en nombre de su supuesto “dios”, ellos derribaron las puertas y entraron en busca de los herejes, en busca de mi familia. Defendí la ciudad con todo mi poder, toda mi ira cayó ellos, solo eran humanos, moscas que debían caer ante mí y por el bienestar de mi familia, pero soy solo un hombre, solo uno, contra miles que invadían mi hogar, cuando me di cuenta, ya todo estaba pedido, la ciudad ardía, las personas gritaban, mi familia peligraba. Ellos traían consigo humanos capaces de usar magia, aunque tal vez no eran precisamente humanos, pero aparentaban serlo, ellos me derribaron, me capturaron y a mi familia conmigo.
Ellos no pudieron matarme, no supieron como, por más que mi cuerpo era triturado, quemado, descuartizado y despedazado, siempre volvía, una y otra vez, era inmortal y ellos unos simples humanos que no sabían cómo matarme, por lo que optaron por matar a lo único que podían llegar. Todos los días, aún hoy, antes de dormir, pueblo escuchar los gritos de mi hijo siendo torturado, de las deformes caras de los soldados humanos viendo y disfrutando como trituraban el cuerpo de mi joven primogénito. Me obligaron a ver como hacían fila para violar a mi esposa y a mi hija en frente de mí, como los cálidos ojos de mi amada esposa se volvían vacíos, como ya no podían soltar ni si quiera lágrimas de ellos, como mi hija era partida en pedazos, como quemaban sus cuerpos y como bailaron como puercos en el fango sobre las cenizas de sus cuerpos, aún hoy lo recuerdo todo, y esas imágenes me perseguirán hasta el fin de mis días.
Al no saber qué hacer conmigo, optaron por encerrarme en una torre sin puertas ni ventanas, donde la única habitación era una celda a la cual la magia era suprimida y los barrotes eran del material más duro que jamás conocí, en la parte más alejada y gélida de las tierras del norte, donde solo el mar congelado y las montañas frías podían existir, donde la vida en ese lugar era imposible. La torre era una prisión para un solo reo, uno que pasaría allí el resto de la eternidad, al no poder morir, sufriría de congelamiento una y otra vez, hasta que su mente se quebrara y muriese por dentro.
Recuerdo los primeros años aquí, solo gritaba de dolor por la pérdida de lo que más amaba, mi garganta se rompió quien sabe cuántas veces, mis ojos se secaron y mi cuerpo se deterioró no por el clima, sino porque realmente estaba muriendo por dentro.
Cien años han pasado, o eso creo, hace mucho que dejé de contar, desde la obscuridad de mi celda escribo mi historia, con la sangre que alguna vez caminó como mi descendencia ahora pinta éstas palabras en las paredes de mi prisión. Me estoy convirtiendo en algo que no soy, siento que mi mente morirá en cualquier momento, dejando paso a solo a un cuerpo lleno de ira y resentimiento, el cual, sin duda, se convertirá en un monstruo. Espero que mi historia llegue a quien desee leerlo, para dar testimonio de que, un monstruo puede vivir dentro de incluso un humano.


Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que vi éstas palabras, desde la última vez que recordé mi historia. Ahora me encuentro en medio oriente, sentado en la terraza de una posada maltrecha viendo el paisaje anaranjado de estas tierras. Mi historia estaba escrita en las paredes de mi antigua celda, con mi propia sangre como tinta, pero ya no más, e traspasado las palabras a un viejo cuaderno de viaje, un diario, una vez que salí de la torre. Escribiré aquí lo que ha pasado desde que al fin fui libre.
Mi maestro Maxwell, unas décadas después de la llegada del ejército santo a mi ciudad, y de mi cautiverio en la torre, llegó a la ciudad donde yo vivía, seguramente para darme los respetos y felicidades por mi boda y mi familia, pero lo que encontró fue una ciudad destruida y en ruinas, vestigios de lo que alguna vez fue una viva población. Averiguando lo que había ocurrido, se enteró de le llegada de los humanos a mis tierras y de todo lo que había ocurrido en el lugar, pero no supo en donde estaba yo.
Por los relatos que me cuenta mi maestro, me buscó por todas partes del mundo, tomándole años el poder hallar tan solo una pista de mi paradero, y cuando me encontró, yo estaba al borde de la demencia, incluso para los nocturnos, la absoluta obscuridad es una tortura, me sorprende inclusive a mí, el no haber perdido por completo el juicio. Sí, mi maestro fue quien me sacó de esa prisión. Al salir, recuerdo que la luz de la luna ya era mucho para mis ojos, por lo que los primeros meses tuve que usar vendas en los ojos y gradualmente, acostumbrarme a la luz.
Lo que aún no se había apaciguado era mi sed de venganza y dudo que alguna vez se calme, me hicieron algo imperdonable, algo que jamás podré olvidar, y cobraré mi venganza, tarde o temprano, mataré a todos y cada uno de los humanos que me hicieron esto. Pero por ahora, mi maestro me ha dicho que comenzaremos otro viaje, no se para que, quizá quiera ponerme al día de lo que ha cambiado en el mundo estos últimos cien años, no me apetece, pero es algo, como él dice, necesario. Por ahora, llevaré éste cuaderno de viaje conmigo, me recordará mi historia, mi vida y mi venganza contra los humanos.


Han pasado más de trecientos años desde el día en que mi padre celebró mi nacimiento, a veces me pregunto, si mi padre me viese ahora, ¿Cómo reaccionaría?, a mi edad, se puede decir que ahora soy más fuerte y sabio que mi padre, tengo más experiencia y más conocimientos que él, pero por alguna razón, aún siento que soy el mismo niño ingenuo que intentaba guiar una ciudad él solo, o al menos, mi maestro me hace sentir así.
Es el año 1775, el mundo ha cambiado muchísimo desde escapé de esa torre, muchísimo más desde que fui encerrado, y aún más desde que abracé por última vez a mi familia. Recuerdo mi pasado, re leo mi historia escrita aquí mismo, y todo lo que veo es como el mundo me ha dado tanto y al mismo tiempo me lo quita de las manos, a veces culpo a los humanos, pero mi maestro ha estado conversando conmigo, me ha llevado alrededor del mundo, enseñándome las maravillas que los humanos han creado, las buenas personas que se ayudan mutuamente. Aunque también he visto la violencia con la que los humanos se matan mutuamente, actualmente el mundo está en guerra, otra vez, humanos de los mismos países intentan matarse mutuamente por sus propias ideas, yo mismo he participado en alguna de esas guerras, y todo lo que veo es una persona muriendo tras otra, sin sentido alguno. Le pregunté a mi maestro, porque los humanos son tan autodestructivos, la cruzada santa, donde murió mi familia, luego más guerras, ahora esto, ¿luego qué?, ¿seguirán los humanos levantando sus armas contra ellos?, para que realizar mi venganza contra los humanos si tarde o temprano ellos se autodestruirán solos, no necesito mover ni un dedo, y de hecho, eso es precisamente lo que debo hacer, no hacer nada, si no intervengo, los humanos se matarán ellos y mi venganza ya no tendrá sentido.
Estoy algo perdido, el último tiempo he estado pensando demasiado, hombres que hablan de patriotismo e independencia hay por todas partes, pero yo, yo no pertenezco a ellos, provengo de una nación que murió hace siglos atrás, ahora no tengo un lugar al que regresar, no tengo un propósito, sé de dónde vengo pero no sé a dónde voy, ni lo que quiero hacer. A veces creo que los humanos, con sus cortas vidas, hacen mucho más con esas de lo que yo he logrado en siglos. Por ahora, seguiré mi camino, mi maestro me ha dicho que nuestro viaje a está a punto de terminar, no se a lo que se refiere, pero espero encuentre una respuesta a mis preguntas a donde voy.



En mi último viaje con mi maestro, él me llevo a su ciudad natal, allí me guió hasta la tumba de su propio maestro, el cual le había enseñado todo lo que sabía, como él lo llamaba, su “verdadero padre”. Allí me preguntó una vez más si deseaba realizar mi venganza, si aún deseaba matar a todos los humanos del mundo. Recuerdo claramente que me miró, como si esperase una respuesta a su pregunta, y eso es precisamente lo que quería, la respuesta que había encontrado yo mismo a lo largo de nuestros viajes y luego de haber visto la inmensidad del mundo.
No, mi sed de venganza se ha calmado. La inmensidad del mundo abarca a tantas personas, que juzgar a todos por el acto de algunos, es una tontería. He visto la bondad en los humanos, como se ayudan, como crean cosas maravillosas a las cuales jamás había visto, pero también he visto la maldad en ellos, no solo por la antigua cruzada santa, sino por las guerras actuales y las que seguramente abran de venir. Pero no está en mí juzgarlos, soy solo otro hombre que intenta sobrellevar el peso de su pasado en sus hombros, al igual que todos los demás, y en escala distinta, no me diferencio mucho de los humanos, ya que, alguna vez, yo también fui uno.
Mi maestro me sonrió cuando escuchó mi respuesta y entonces me confesó, que si aún tenía deseos de venganza, no hubiese tenido más remedio que matarme allí mismo, yo le sonreí también, yo ya sabía eso.
Allí mismo, junto a la tumba de su maestro, me enseñó la última cosa que un maestro le enseña a su discípulo. Me dio el poder de morir, la capacidad de dejar de existir en éste mundo y descansar en paz, cosa que todo inmortal modificado con magia desea, como yo y como él. Habiéndome dado la última enseñanza, usó la misma para terminar con su largo viaje y al fin descansar en paz. Ahora, la tumba de mi maestro yace junto a la tumba de su maestro, y algún día, mi tumba estará junto a la de ellos también, pero para eso, falta mucho aún.
Ahora, me encuentro en el lugar donde antes solía estar mi hogar, mi ciudad, mi castillo y mi familia. Ahora no hay nada más que ruinas, pisoteada por el paso de los siglos. Sentado donde alguna vez yo y mi esposa nos sentábamos a ver como jugaban nuestros hijos, si me concentro, aún puedo ver a mi pequeña princesa correr tras su hermano mayor, a mi esposa sonriéndome amablemente, pero ya no son más que recuerdos.

Es el año 1999. El mundo está cambiando y yo debo cambiar con él. Ahora empezaré otra vez, estamos en la era de la tecnología electrónica, tal vez me sumerja en ese mundo también, tengo todo el tiempo del mundo, después de todo. Ésta será mi última entrada en el desgastado diario que me ha acompañado tanto tiempo, que ha visto tanto junto conmigo.  Mi nombre es Alexander Mihail, y ésta es mi historia.


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